El primero de la familia

por Carlos Leiva Barahona



Sobre Carlos Leiva Barahona

Por Carlos Leiva Barahona, director de El Primero de la Familia

Despertar súbitamente con amargor en la boca; prender la luz rápido y ver correr dos baratas por las sábanas de mi cama, entre que escupo un par de veces y trato de bajarme del camarote, cagado de susto. En la cama de abajo mi hermano duerme profundo y en la cama de al lado mi abuela y hermana, también. Busco las baratas pa matarlas pero se escabullen por la pared y se esconden en recovecos del techo. Intento alejar un poco que sea el camarote de la pared pero el velador está como clavado entre camarote y la otra cama. Miro pa todas las paredes buscando más baratas o alguna de las brígidas arañas de rincón que también aparecían por las paredes. Dejo la luz prendida, no puedo volver a dormir. Mi abuela enojada me reclama; la vuelvo a apagar y ahí me quedo más asustado que la chucha, como muchas noches de mi adolescencia, intentando prever en qué momento algún bicho podría bajar y meterse de nuevo dentro de mi boca. A la mañana siguiente, el sabor amargo parecido a la parafina me acompaña todo el día.

Vivo en población Yarur, a la vuelta de la Penitenciaria, estudie Dirección Audiovisual con beca y siendo el “vulnerable” de la Universidad, siempre peleé mis proyectos porque no tenían nada que ver con lo que hacían mis compañeros. Hace un tiempo grabé mi primera película en el mismo barrio donde crecí y ahora se estrena en Chile esta semana. En una de las escenas de la película el personaje principal mata una barata para poder dormir tranquilo. Cuando estábamos preparando la grabación le conté al actor que una noche se me metieron dos baratas a la boca, y que eso dejaba un sabor amargo, no tenía otra forma de explicarle cómo tenía que actuar. En el proceso de montaje también discutí con la montajista, que quería cortar la escena, contándole lo mismo. Creo que es la única escena que casi nadie en el equipo entendió bien su sentido. Podría haber contado varias cosas más; que a partir de ese día le agarré un miedo terrible a esos bichos, que muchas noches dormí con la luz prendida, que revisaba obsesivamente toda la ropa que estaba en el suelo pa que no estuviera con arañas, que vivir en el hacinamiento es una mierda. Que no tienes intimidad, que no puedes llevar una polola, que no hay lugar dónde ir cuando te dan miedo los bichos, cuando no hay otra cama en la que dormir.

El hacinamiento no es solamente físico y en realidad nunca abandona. Por estas fechas se cumplen tres años en las que puedo decir que tengo una pieza propia, con una cama grande y sin baratas en las paredes. No obstante el olor a parafina en mi boca en realidad nunca se me irá. Hice una película como una forma de enjuagarlo, de estar escupiéndolo constantemente; porque vivimos en una sociedad brutalmente desigual, en la que muchos otros –sin igual suerte que yo– continúan saboreando ese amargor parecido a la parafina.

Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=qjYK_YcJCEA




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