Homenaje a Illapu: 45 años junto al pueblo

por Farruko



Sobre Farruko

Por Farruko

El 12 de noviembre recién pasado, el grupo Illapu celebró sus 45 años de existencia con un concierto en el Movistar Arena. El grupo de flacos rulientos que cantan el “que hacen aquí”, “el vuelvo” y “el negro José” se presentaron ante miles de personas, ratificando una vez más por qué están tan arraigados en el pueblo chileno. Pero el cariño que la gente común y corriente le tiene a este grupo que combina la excelencia musical con el compromiso político, se funda en una larga historia que es necesaria recordar para explicar por qué tanto cariño.

Los Illapu fueron los cachorros del movimiento de la Nueva Canción Chilena. Con Violeta Parra ya fuera de este mundo; y Víctor Jara, Rolando Alarcón, los Inti Illimani y Quilapayún como conjuntos ya consolidados y banda sonora oficial del proceso de la Unidad Popular, los chascones que nacieron en Antofagasta y eran hijos de padres salitreros llegaron a Santiago como una promesa. Su primer disco “Música Andina” sale a la luz recién en 1972 editado por DICAP, sin un gran éxito en un ambiente poco acostumbrado al sonido andino más “puro” que Illapu cultivaba, a diferencia de los otros conjuntos que adoptaron el charango y la quena, pero la fusionaron con la música docta y el folklore latinoamericano. Este nuevo grupo traía melodías y versos tradicionales del altiplano, y sus interpretaciones, cargadas de gritos, arengas y ánimos, eran lo más parecido a un ruidoso carnaval del norte, diferenciándose a ratos del aire sacro que los exponentes de la Nueva Canción le daban a los sonidos del continente.

Huaynos, tinkus, taquiraris, diabladas, morenadas, que ya sonaban de vez en cuando gracias a los grupos folklóricos del momento, ahora llegaban en su estado más original para todo el país. Pero los Illapu, que recién comenzaban su camino, se toparon rápidamente con el golpe de Estado de 1973. De izquierda y comprometidos, pero no tan conocidos, se salvaron de la represión que dio muerte a Víctor Jara y exilió inmediatamente a los músicos que quedaron vivos. Sin la intención de huir, los Illapu siguieron tocando, con presencia incluso en la televisión, haciéndose conocidos en los peores años de la dictadura gracias al “Candombe para José”, que logró pasar la censura para convertirse en éxito. Pero el grupo no se callaba, y cada vez que salían al extranjero no vacilaban para decir lo que pasaba en Chile. Por eso, y sin previo aviso, cuando regresaban de una gira en 1981, en el aeropuerto les dijeron que ya no podían ingresar al país. El bando militar respectivo anunció públicamente que los hermanos Márquez y Eric Maluenda eran “activistas marxistas que participan de la campaña de desprestigio a Chile en el extranjero”.

Así se radicaron en Francia y luego en México, época en la que alcanzan su punto más alto como músicos y producen sus discos más notables, haciendo gala de una fusión a ratos perfecta de distintos estilos, instrumentos y tradiciones folklóricas de América Latina. Entre actos de solidaridad con Chile, de denuncia de la tortura y el exilio, con varios cambios de integrantes de por medio, Illapu siguió fiel a su línea. Diversificaron su música, pero sin jamás abandonar la zampoña y el charango; recorrieron todo el mundo sin olvidar nunca su tierra, no perdieron oportunidad para cantarle a grupos de exiliados y de pregonar un mejor futuro. Mientras la mayoría de los sobrevivientes de la Nueva Canción Chilena comenzaban a alejarse de la militancia dura y, en algunos casos, incluso a renegar de lo hecho hasta el ’73, los Illapu seguían al pie del cañón. Musicalizaron a Neruda y Roque Dalton, versionaron a Violeta Parra, hicieron temas sobre las familiares de Detenidos Desaparecidos, los pueblos indígenas, los presos políticos. Dejaron para siempre en la memoria el asesinato de Rodrigo Rojas De Negri con “Para seguir viviendo” y pidieron libertad y amor.

El “primer mundo” quedó maravillado con este grupo de seis y, algunas veces, cinco integrantes multi-intrumentistas, que sonaban como si fueran cien y proyectaban una energía enorme que no opacaba su gran calidad vocal y musical. Los Illapu hacían que las interpretaciones en vivo sonaran mejor que los discos, levantando de sus asientos a alemanes, mexicanos, suecos, rusos o australianos por igual.

Cuando en 1988 se les permitió volver a Chile, su primera presentación fue en la Vicaría de la Solidaridad y luego en el recordado concierto del Parque La Bandera junto a Inti Illimani, en el marco de la campaña por el “NO”. Entre plebiscitos, se les vio actuando para los presos políticos de la Cárcel Pública, en las universidades o teatros que hervían de emociones. Iniciada ya la transición, coronarían su regreso con el disco “Vuelvo amor, vuelvo vida” (1991), un álbum que es recordado por la canción “Vuelvo para vivir”, que todavía saca lágrimas a todos los exiliados y que, en el mundial de Francia 98, sonó en el entretiempo del partido Chile-Italia, coreado por cientos que todavía no volvían a su país. También venía la desgarradora “Tres versos para una historia”, dedicada a los Detenidos Desaparecidos, una canción que pone la piel de gallina y que es el himno de todas las familias que aún no saben el paradero de sus seres queridos.

Fue todavía más sorprendente lo que pasó un par de años después, cuando el disco “En estos días” (1993), que trajo el hit “Lejos del amor”, se convirtió en el primer disco de oro en la historia de la música chilena. Ni Los Prisioneros, ni Los Tres, ni La Ley; Illapu. La fama los convirtió en habituales del Festival de Viña y de Olmué. Pero si los noventa para la mayoría fue el tiempo de dejar las ideologías, las causas sociales y abrazar el “no estoy ni ahí”, para el grupo significó seguir cantando las verdades verdaderas, como dijera Víctor Jara. Los viejos estandartes de la Nueva Canción Chilena estaban dedicados a la experimentación musical o simplemente habían desaparecido de la luz pública, mientras Illapu, sin ninguna intención de vivir de la nostalgia, en los cuatro discos de la década (todos exitosos), cantaron mirando al futuro y sobre las problemáticas contigentes del momento: preguntaron Qué nos está pasando, hablaron sobre el SIDA, las relaciones entre la juventud y las viejas generaciones, musicalizaron a poetas de antaño y actuales, homenajearon a Salvador Allende; y en pleno renacer de la causa mapuche y el conflicto por la represa Ralco, cantaron “Bío-Bío, sueño azul” con versos de Elicura Chihuailaf, y dejaron bien clara su postura: soy quien viene a tocar tu corazón a ver si crece la lucha total a nuestros enemigos. Después, la historia de Margarito, escrita por Pedro Lemebel, también sería musicalizada dando origen a la canción “Solo sueña”. Cuando el escritor muere en 2015, los Illapu fueron a despedirlo y le cantaron “El necio” de Silvio Rodríguez.

Sin ser inmunes al paso del tiempo, no estuvieron exentos de quiebres y problemas. Cuando Eric Maluenda, la voz alta característica del grupo, se retira en 2003 por diferencias con Roberto Márquez, líder del conjunto, hubo rumores de separación definitiva y, entre la radicación del grupo en México por unos años, y los constantes cambios de integrantes, Illapu desapareció brevemente de la escena chilena. Un par de años después, Maluenda fallecería a causa de un cáncer, dejando un vacío que hasta el día de hoy ha sido muy difícil de llenar. Pero Illapu siguió: en 2006 lanzó silenciosamente un disco dedicado a la Revolución Pingüina, y dos años después un DVD que sorprendió en el mercado al sobrepasar en ventas a Madonna. En 2011 se les pudo ver ante el millón de personas en el Parque O’Higgins un día, y al otro en algún colegio tomado. Cuando se sabía de ellos, estaban apoyando una huelga de trabajadores o grabando un nuevo disco. Chile comenzó a cambiar, y el conjunto, que ya no estaba en la primera plana como en los 90, siguió tocando en cada acto estudiantil, en cada peña por los presos políticos mapuche, en cada conmemoración del 11 de septiembre. No es difícil verlos gratis en alguna población, y todos los veranos recorren Chile tocando un día en teatros llenos, y otros en el último festival de un pueblo de 500 personas.

Ir a ver a Illapu hoy sigue siendo un gusto. Su último disco es, otra vez, algo rupturista. Uno podría suponer que, tras 45 años de carrera, los músicos jóvenes están llamados a versionar las canciones del grupo, pero el álbum “Con sentido y razón” es todo lo contrario: Illapu interpretando a Jorge Drexler, Raly Barrionuevo o Alexis Venegas y hablando sobre el conflicto de Aysén, la educación y las luchas indígenas. En sus presentaciones, entre canciones suben al escenario representantes del pueblo mapuche, las familiares de detenidos desaparecidos y los estudiantes; todo como para decir bien fuerte que aquí estamos, no hemos cambiado y seguiremos por el mismo camino.

Por eso queremos a Illapu. Porque finalmente el pueblo reconoce lo que le pertenece, y por eso están en cada hogar humilde del país, con sus discos y dvd’s pirateados entremedio de los compilados de bachata, cumbia y reggaeton; sonando hacia la calle en una tarde de domingo, recordando por qué existe el taller de baile andino de la población, sacando lágrimas a los viejos que sobrevivieron a la dictadura escuchando sus cassettes en volumen bajo o sintonizando escondidos la Radio Umbral, donde la canción “Pampa Lirima” era la cortina característica (y todavía anuncia la hora en la Nuevo Mundo, la radio de los comunistas). Están en cada conjunto amateur que agarra una guitarra y un charango para aprender sus primeros temas y luego ponerse en el paseo peatonal a tocar por unas monedas y sentirse como los hermanos Márquez con ese pelo largo y el ¡Con sentimiento! que escapa del alma cuando cambia el ritmo de la canción. Porque cada grupo que vende sus compilados en el Paseo Ahumada es, en mayor o menor medida, un homenaje tácito a Illapu.

Que se sienten los doctos, los críticos especializados, los que amarillaron o los que no tienen huevos ni ovarios para defender alguna causa. Que se ponga de pie la gente más humilde, los territorios en resistencia del Wallmapu; los movimientos sociales, las víctimas de la dictadura, que bailen los grupos de tinku y caporal. Juntémonos y cantémosle el cumpleaños feliz a este grupo. Mil gracias por estos 45 años de música y compromiso al alcance de todas las manos, mil gracias por estar siempre ahí cuando los más necesitados, los oprimidos y desplazados lo necesitan. ¡Fuerza Illapu!

 




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