Fidel, el hombre de tres siglos

por Gustavo González



Sobre Gustavo González

A su modo, Fidel Castro fue el continuador de la gesta de la independencia cubana de fines del siglo XIX, grabó su impronta en el siglo XX como líder de la primera revolución socialista de América Latina, se marchó del poder en los albores del siglo XXI llevando en alto las raídas banderas de la utopía comunista y falleció cuando el mundo ingresa a una crisis posiblemente sin retorno de la globalización neoliberal.

Tal vez ningún otro personaje histórico resulte tan difícil de insertar en categorías preconcebidas. A la hora de su muerte y en medio de la incertidumbre por el futuro de Cuba y del mundo en la antesala de la “era Donald Trump”, Castro permanece como un excepcional hombre de su tiempo, un tiempo que él mismo prolongó con un protagonismo de más de cinco décadas.

“La historia me absolverá”

No cumplía aún los 27 años, cuando el 26 de julio de 1953 encabezó el asalto al cuartel Moncada. Una derrota militar en toda línea, preámbulo de su trascendental alegato “La historia me absolverá” de octubre del mismo año, en la fase final del juicio en que fue sentenciado a prisión, donde permaneció 22 meses antes de irse exiliado a México.

En ese texto, el joven abogado, que se había graduado en 1950 en la Facultad de Leyes de la Universidad de La Habana, invocó al poeta y prócer independentista José Martí como su mentor y “autor intelectual” del intento de rebelión contra la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1959).

“Cuba, primer territorio libre de América”. La frase que campeó en los discursos revolucionarios de los años 60 resumía el tránsito de la última colonia de España en América Latina, que ingresó al siglo XX como la avanzada del dominio estadounidense en el Caribe hasta que el ejército rebelde conducido por Castro se hizo del poder en 1959.

“Convertir los reveses en victorias” es otra sentencia que da cuenta de la voluntad, el empecinamiento y, al mismo tiempo, del genio estratégico de Castro, que con los escasos sobrevivientes del desembarco del Granma, en abril de 1956, entre ellos el argentino Ernesto “Ché” Guevara, construyó la fuerza guerrillera que en tres años derrocó al dictador.

El periodista estadounidense Robert Taber, uno de los primeros que subió hasta la Sierra Maestra para entrevistar en 1957 a Castro en plena campaña, adoptaría la rebelión cubana como prototípica de “La guerra de la pulga”, un antológico tratado sobre las experiencias guerrilleras que publicaría en 1965.

La analogía de las fuerzas irregulares con pequeños destacamentos de pulgas que se alimentan y van multiplicando mientras desangran sin prisa y sin pausa al perro (o sea, al Estado) era para Taber una de las mayores enseñanzas del líder chino Mao Zedong (1949-1976), quien invocaba a su vez a Sun Tzu, el milenario maestro del arte de la guerra.

La sistematización que en 1967 hiciera el intelectual francés Régis Debray de la llamada “teoría del foco” en su libro “Revolución en la revolución” elevó la variable cubana de la “guerra de la pulga” a la categoría de modelo revolucionario para la toma del poder en el Tercer Mundo y en particular en América Latina.

El papel de Castro, y en mayor medida de Guevara, en el debate sobre las estrategias políticas, marcó en los años 60 no sólo la influencia innegable de Cuba en el acontecer de la región, sino que enmarcó episodios y abrió procesos de ajuste en la guerra fría.

En 1961, ante la inminente invasión de Bahía Cochinos preparada por la CIA (Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos) con el aval del gobierno de John F. Kennedy (1961-1963), el gobernante cubano proclamó el carácter marxista de la Revolución Cubana que pocos años antes había triunfado con el beneplácito de sectores de Estados Unidos.

La intervención de los ingenios azucareros y otras medidas nacionalistas del gobierno cubano fueron marcando un distanciamiento con Washington que derivó en una franca confrontación, resuelta en primera instancia en la derrota, en sólo 72 horas, de la invasión en Playa Girón.

Pero vendría más tarde, en octubre de 1962, la “crisis de los misiles”, uno de los episodios más tensos de la guerra fría, que tuvo al mundo al borde de un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, evitado a última hora por negociaciones entre Kennedy y el líder soviético Nikita Jruschov (1958-1964).

La política de coexistencia pacífica que acompañaba el deshielo entre las dos superpotencias fue mal vista por los destacamentos de jóvenes revolucionarios latinoamericanos, lectores de Debray, como una consagración de las zonas de influencia en el mundo bipolar.

Según ese razonamiento, los partidos comunistas latinoamericanos, dependientes de la Unión Soviética y admiradores de los avances electorales de sus pares italianos y franceses, optaban también por la seducción del sufragio y dejaban espacios para que el “foquismo” llenara el vacío revolucionario.

En 1965, Castro había impulsado la creación del Partido Comunista de Cuba, como fusión del Movimiento 26 de Julio, de los viejos comunistas ortodoxos de la isla y de los otros grupos que confluyeron en el frente que derrocó a Batista. Un partido que, de la mano de la guerrilla, desafiaba a Moscú y apostaba por el tercermundismo.

Cuba era el David de los pueblos enfrentado al Goliat imperialista que contaba con la subordinación de casi todos los gobiernos latinoamericanos que en 1962 apoyaron la exclusión de la isla de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y se sumaron al embargo político, económico y diplomático contra La Habana.

Guerra fría e internacionalismo

Vistos a la distancia, y con el perfil internacionalista del “Ché” Guevara en el centro, los años 60 y 70 fueron los de mayor irradiación política y moral del comandante Castro y de la Revolución Cubana entre los jóvenes latinoamericanos, mientras en el mundo parecía eternizarse una guerra fría que terminaría abruptamente en 1989.

En los albores de la revolución, Castro tuvo la adhesión de la intelectualidad progresista del mundo, admiradora del desenfado de las creaciones narrativas, musicales y fílmicas cubanas, en una relación que con los años derivaría en grandes lealtades, como la de Gabriel García Márquez, o en grandes odios, como el de Mario Vargas Llosa, para citar sólo dos casos.

Desde la multiplicación y fracaso de los experimentos “foquistas” en América del Sur de fines de los 60 hasta el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua en 1979, Castro hizo de Cuba un protagonista activo de la arena internacional y de los alineamientos en el campo del socialismo.

En 1968 el líder cubano respaldó la intervención militar de la Unión Soviética y otros países del Pacto de Varsovia que abortaron la “Primavera de Praga” en Checoslovaquia y en 1970 apoyó entusiastamente el triunfo de Salvador Allende en Chile, como muestra de que era posible conquistar el socialismo en las urnas y por una vía pacífica.

Desde 1975, tras el desmembramiento del viejo imperio colonial portugués en África, Cuba se involucró en las guerras de liberación de Mozambique, Guinea-Bissau y Angola, con el envío de tropas a este último país que combatieron junto al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), prosoviético.

Esto hizo que Cuba se distanciara definitivamente de China, que apoyaba a la guerrilla de la Unita (Unión Nacional por la Independencia Total de Angola), y que también se acusara a Castro de prestar a sus soldados como “carne de cañón” para defender intereses estratégicos de Moscú en África.

El líder cubano alegaba en su favor el internacionalismo, un precepto que acompañó al marxismo desde sus orígenes, encarnado en las gestas del “Ché” en África y en Bolivia, como asimismo en la asistencia externa humanitaria en educación y en salud que Cuba mantiene hasta hoy como un sello propio.

En los 49 años al mando de su país, el comandante en jefe, como lo llamaban sus compatriotas, fue actor de primera línea en un escenario internacional que evolucionó desde la descolonización posterior a la Segunda Guerra Mundial y la instalación y auge de la guerra fría, hasta la bancarrota de los regímenes socialistas y el inicio de una supuesta nueva era unipolar y globalizada.

Fue también una referencia de las propias contradicciones de los proyectos revolucionarios, como el conductor capaz de batirse, a comienzos de los 90, “solo contra el mundo” desde su isla cercada por el embargo y la falta de petróleo, mientras sus antiguos aliados de Europa oriental abrazaban el capitalismo.

El fin de los “socialismos reales”

Esa resistencia fue vista como heroica por unos, y por otros como muestra de empecinamiento en la adscripción a un modelo de mucho centralismo y poca democracia, cuyos vicios burocráticos quedaron en evidencia en la caída sin pena ni gloria de la Unión Soviética y demás exponentes del llamado “socialismo real”.

La misma imagen de Castro comenzó a desteñirse en las simbologías revolucionarias, con nuevas generaciones contestatarias, pero al mismo tiempo iconoclastas, que ya no veían en él al vigoroso y casi venerado líder antiimperialista de antaño, sino a un anciano patético, aferrado a un poder demasiado personalista.

El endurecimiento de la represión contra los disidentes, especialmente en abril de 2003, fue un punto en contra del líder cubano entre vastos sectores humanitarios de todo el mundo que rechazaron la dicotomía forzada de los seguidores de Castro de que se estaba junto al gobierno de Cuba o se estaba a favor del embargo estadounidense.
Una dicotomía impuesta también por el presidente George W. Bush, que en su proclamada cruzada antiterrorista desempolvó contra Cuba y la izquierda latinoamericana las añejas consignas del “destino manifiesto” de fines del siglo XIX.

Así, y aun sobre el desgaste de su líder, la Revolución Cubana pudo seguir siendo una causa defendible frente a los afanes de Estados Unidos, mientras la rueda de la historia comenzaba a marcar en el inicio del milenio otro desgaste más acelerado: el del modelo neoliberal.

Y es que mientras las recetas del Consenso de Washington se mostraron incapaces de acabar con la desigualdad y multiplicaban la extrema pobreza en la región, La Habana se ufanaba de logros en educación y salud, pese al bloqueo estadounidense.

Cuando Castro salió de la escena política en julio de 2006 por una grave enfermedad, Cuba se aprestaba a un año excepcional en crecimiento económico, mientras en lo político la causa antiimperialista ganaba adeptos con triunfos de la izquierda en casi todas las elecciones presidenciales latinoamericanas.

Venezuela con Hugo Chávez, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador dieron alas a un “socialismo del siglo XXI”, una aspiración acompañada con simpatía por gobiernos de centro-izquierda como los de Lula y Dilma Roussef en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina y Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay.

La crisis venezolana bajo el gobierno de Nicolás Maduro y la contraofensiva de golpes de Estado encubiertos contra el progresismo, que partió en Honduras con la destitución de Manuel Zelaya (2009), siguió en Paraguay con Fernando Lugo (2012) y culminó en Brasil este año con la defenestración de Dilma, pareció marcar la revancha política de la derecha neoliberal en la región.

En este escenario de avances y retrocesos, la porfiada isla caribeña, presidida por Raúl Castro desde la renuncia al gobierno de Fidel el año 2008, introdujo reformas económicas que favorecieron la iniciativa privada en pequeña escala e inició un proceso de normalización de las relaciones con Estados Unidos.

De Obama a Trump

El 17 de diciembre de 2014, gracias a la mediación del Papa Francisco, Raúl Castro y Barack Obama anunciaron el restablecimiento de las relaciones Cuba-Estados Unidos, un hecho histórico que en esencia fue el reconocimiento por parte de Washington del fracaso de su política de ahogar económicamente al socialismo cubano con el embargo comercial y desestabilizarlo políticamente con acciones de propaganda y terrorismo.

La muerte de Fidel se produce en la antesala del ingreso a la Casa Blanca de Donald Trump, cuyo triunfo electoral con proclamas de proteccionismo y rechazo a los emigrantes es una vuelta de tuerca a la globalización neoliberal que en los albores de este siglo prometía un mundo unido con las bondades del libre comercio y la democracia occidental.

Los “gusanos” que salieron a las calles en Miami a celebrar el fallecimiento de Castro son los mismos que votaron por Trump, quien les prometió en su campaña revertir el acercamiento a Cuba, aunque en su carrera de magnate no tuvo empacho en desafiar el embargo estadounidense contra la isla para hacer buenos negocios.

El panorama no es auspicioso. Se prevé que con Trump se intensifiquen tendencias dominantes hoy en la política mundial, asociadas a conflictos provocados por el nacionalismo y los fanatismos religiosos, no solo en Siria y el Medio Oriente, sino en la propia Europa, donde se hacen del poder partidos xenófobos y la corrupción deviene en pan de cada día.

¿Qué rescatar del legado de Fidel Castro en esta hora? Sobre todo principios y valores como el internacionalismo, la solidaridad y el desarrollo social, que están hoy a mal traer y cuyo olvido alimenta la crisis mundial y particularmente la decadencia de una izquierda que se desplazó a la socialdemocracia y desde ahí involucionó al neoliberalismo.

Como el devenir político no tiene categorías absolutas, hay quienes dirán que la historia absolvió largamente al joven abogado que el 26 de julio de 1953 irrumpió en la vida pública con un ataque suicida a un cuartel militar. Para otros, su partida dejará en evidencia una vez más las grandezas y miserias del poder y de las utopías que lo alimentan.

(Nota: Este artículo es una versión actualizada del análisis que escribió el autor en enero de 2008 para la agencia Inter Press Service, cuando Fidel Castro se retiró del gobierno)




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