Amigo haitiano, colombiano, peruano: quédate con nosotros, por favor

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

¿Cómo la derecha chilena puede ser tan vil, mezquina y desprovista de tanta humanidad como para no comprender que con su ofensiva xenófoba, con la instalación en todo el país de la idea de odiar al inmigrante, de desconfiar del negro, no hace más que dañar, que potenciar la orfandad, la sensación de inseguridad y soledad que vive el haitiano que no habla una sola palabra de español, y que aún así, despojado del lenguaje -de lo más elemental de una persona para sobrevivir en la jungla que es una ciudad- recorre las calles de Santiago limpiando la basura, recogiendo la mierda que los chilenos más embrutecidos reforzamos? ¿Cómo Sebastián Piñera, cuando habla de “la estupidez” de contar con una ley migratoria supuestamente permisiva, no logra detenerse, aunque sea un minutito, en que lo que logran sus frases brillantes en el diario es hacer aún más difícil el paso de las horas de una mujer negra, haitiana, que ya se cansa de entregar tantas sonrisas en una fuente de soda para dar a entender que trata de ser amable, aunque no encuentre las palabras para ofrecer un completo, un shop, porque simplemente no las tiene? Las busca, se esfuerza, llora sola en el baño esperanzada en que no la reten, y aún así no encuentra las palabras que por lo menos le den un poquito más de validez. Por las noches, acurrucando a niños que de a poco se hacen amigos en barrios hacinados, las pesadillas le recuerdan a esa mujer la tierra de la que arrancó, allá en las islas caribeñas donde viven los ancestros, donde primaban el hambre, la violencia y las balas. A eso no quieren volver. De eso buscan refugio, acá, en este país, al que de pronto se le ocurrió que las ideas de Donald Trump en Chile también pueden funcionar. Permíteme decirte, amigo haitiano, amiga colombiana, niña dominicana amarrada en trenzas tensas para ir al colegio, que no se asusten, por favor. No teman, porque no somos todos los que quieren que se vayan. Existimos los que luchamos, en el almuerzo familiar, en la hora de colación en la oficina, intentando proyectar con la más pequeña frase el respeto a ustedes, el reconocimiento de su dignidad, el asumir que todos ustedes a nosotros son iguales. En derechos son iguales.

No te asustes, compañera peruana, con estos miserables, son así. Los soportamos día a día. Un mes nos dicen que los homosexuales somos enfermos, que vamos a pervertir a niños por el sólo hecho de besar a otro hombre. Otras veces, en invierno, nos recuerdan que las mujeres prestamos los cuerpos, que si en el descampado violan a mi hermana tiene que mamárselo, hasta expulsar de su vientre la prueba del dolor. No te asustes, amiga dominicana mirada con desdén por los que no aceptan las formas de tu cuerpo. No te asustes con los que inventan falacias para validar fronteras que quieren construir. No te asustes, porque existimos millones que no lo vamos a permitir. Existimos millones que comprendemos que las fronteras ya están levantadas, están erigidas en las mentes y en los corazones de quienes amedrentan con la terrible invasión de los latinoamericanos pobres, no entendiendo que la única invasión es la de su brutalidad buscando activar temores sobre la ignorancia. No hay invasión en un país con un triste 2,7% de migrantes, frente al 3,1% del promedio mundial y el 10% de los países desarrollados. No hay invasión en un país que se mira al ombligo como si fuera una isla, buscando cobardemente las culpas de problemas propios en lo foráneo, en lo que no es de nuestra responsabilidad, y que más encima es negro, tosco. Ossandón miente, Piñera miente, Paulina Núñez miente. Según Carabineros, la presencia de extranjeros en delitos es de menos del 0,3%. Y según las autoridades de educación, apenas uno de cada veinte alumnos de la educación municipal es extranjero, el apuntado, el burlado, el mirado, el ser más vulnerable de un mundo de ideas que no cesa en generar violencia.

Amigo colombiano, refugiado de masacres que te quitaron un hermano, por favor no te vayas. Quédate, cuéntanos más palabras parceras mientras nos tomamos una Coca Cola en la contru, sigue explicándonos cómo es Medellín mientras nos vamos de rumba escuchando a los artistas de tu montaña. Amigo dominicano, no te vayas, por favor no te vayas, no dejes San Bernardo sin barberías a cinco lucas. Acá no cortamos tan bien el pelo, enséñanos, escuchemos bachata, esa que tú conoces desde el barrio, no la comercial que nos metieron hace años. Hablemos de Juan Luis Guerra y saludemos al vecino que nos enseña palabras en creole mientras se baja de su bici. Deberían verlos los fascistas del siglo XXI llegando a las ocho de la noche del trabajo, extenuados, saludando agradecidos el recibimiento de una población, pensando en cómo poner de forma más exacta mañana las cerámicas en la obra, pensando en que quizás este mes se pueden dejar una platita –aparte de la que mandan a su país- para comprarse unas zapatillas. Deberían verlos los canallas que saben que con sus palabras están metiendo al mismo saco a tanta gente que lo único que quiere es vivir en paz.

¿Son ustedes, diputados y candidatos presidenciales, los mismos que aplauden la Teletón? ¿No tienen vergüenza? ¿Qué le van a decir a ese niño peruano que se saca las mejores notas de su curso, pero que se pone triste cuando un cabro pesado le dice que escuchó en las noticias que lo van a echar a él y a toda su familia del país? No sean cobardes, y háganse cargo de lo que producen sus palabras, caldo de cultivo para la tergiversación y la creación de mitos que pueden terminar matando.

Pero no se vayan, por favor no se vayan, amigos migrantes. En la Academia de Humanismo Cristiano se acaba de instalar un curso de muchachos y muchachas que enseñarán español a los haitianos. En los colegios de Santiago profesores han luchado toda una vida para entonar el himno de sus países los lunes, y al fin lo están logrando. En el barrio están naciendo las primeras guaguas negras, y las vecinas les hacen cariño con sincera ternura. No le creas a la idiotez de los que te culpan por no tener trabajo. No te sientas culpable de tener más años de escolaridad que nosotros, no te sientas culpable de saludar y dar el asiento con modales que a veces no entendemos. Quédate. Quédense y respondamos con dignidad a la insidia, con trabajo al mediocre, y con amistad al que siempre tiene miedo. En diez años quizás sean diputados, quizás sean las estrellas de nuestra Selección –a la que le falta tanta altura-, probablemente sean los primeros carabineros negros. Y ahí, los tacaños, los que se creen el centro del mundo en una burbuja subdesarrollada que atenta contra el Estado de Derecho –porque la idea de expulsar a alguien sin juicio atenta contra el Estado de Derecho-, los van a tener a aceptar. Antes que eso pase, la cara hay que dar. Y sepan, por favor, que para ayudarlos a conversar son muchos más los dispuestos que los desentendidos. Quizás nos cueste más sacar la voz, porque somos chilenos, tímidos, quedados, pero fíjense, cuando algún idiota los insulte en un lugar público, que serán mayoría los que al odioso salgan a enfrentar. Inmigrantes, con ustedes vamos a estar. Comiendo papás rellenas junto a una empanada, metiéndole mango a competir al mote con huesillos. Con ustedes vamos a estar. Porque Chile nunca ha sido sólo para los chilenos. Chile es para todos y todas.

Foto: Claudio Santana




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