El migrante llega en silencio

por Martin Espinoza C



Sobre Martin Espinoza C

Es el sol de Antofagasta, de uñas áridas y violentas, el encargado de extender la empolvada alfombra que da la bienvenida al migrante después de un viaje extenso, tortuoso, sufrido.

Llega silente el migrante, con la piel seca de tanto calor y las piernas cansadas de tanto viaje. Pero más que cualquier otra cosa, llega solo, llega sin nadie.

La oscura soledad del migrante recién llegado es lo que no logran comprender aquellos populistas fascistoides empeñados en que nada ni nadie logre incomodar su trono nunca satisfecho de privilegios.

Tampoco logran comprender que, además de solo, el migrante llega sin nada. Las sandalias ajadas por culpa del peregrinaje y unos trapos sucios de sal de sudor son todo lo que lleva. El migrante llega con la esperanza de algo nuevo, algo que sirva para ventilar la pobre caldera que significó la vida que deja. Llega sin casa y sin trabajo a vivir a la región más cara de Chile. Llega con sus brazos fuertes y su piel oscura a encontrar arriendos que deberían ser motivo de vergüenza en la ciudad en que los ricos lucran de los tajos del suelo y en la que los pobres pican la tierra por ellos.

El migrante llega con el único amparo que le presta un artículo de la Declaración de los Derechos Humanos. Ese que afirma que toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio. Sabe que no es garantía. Durante su vida se le han vulnerado tantos otros.

Ni trabajando la extenuante doble jornada de 16 horas al día al migrante le alcanza para dormir bajo la indigna legalidad de un suelo sobrevaluado. Cae en la irregularidad de la toma. Un terreno habitado por muchos de sus pares que, a pesar del techo de cartón y el suelo de tierra, sonríen en medio del aire sofocante que, contaminado por la sucia industria minera, se ven obligados a respirar.

Durante los últimos 5 años la cifra de campamentos en la región de Antofagasta ha crecido en un 478%. Si bien no son todos migrantes -los chilenos también sufrimos las consecuencias del inaccesible costo de vida de la región con un PIB digno de Europa- forman una porción importante. ¿Y con qué cara los vamos a apuntar con el dedo? Vienen a hacer el trabajo que nosotros no queremos, tristemente por menos dinero y además están obligados a reprimir sus quejas para que no los expulsen de su nuevo hogar. Guagua que no llora no mama, y no hay nadie a quien le cueste más mamar que a un migrante en un país lleno de una xenofobia cada vez menos discreta.

Entiéndelo Piñera, entiéndelo Ossandón, la migración no es un fenómeno evitable. Mientras más fuerza apliques en su contra, más fuerte será la emboscada.

El migrante termina la faena y vuelve a casa. Recuerda, sumido en la nostalgia, a su familia. Acá tiene poco más que allá. Y hablamos de dinero. Si alcanza guarda un poco en un sobre que mañana mandará de viaje.

Hoy el migrante lucha contra la discriminación de muros que, rayados, lo acusan de delincuente. Carga con el juicio de quienes en la calle le gritan que se vaya. Hoy, además, tendrá que llevar en sus desgastados hombros el peso que significa que un Estado racista y un gobernante xenófobo lo apunten con sus dedos claros por el hecho de hablar distinto, de hablar bien, de hablar poco.




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