Me ardió la sangre con la discriminación en la piscina

por Diego Vrsalovic Huenumilla



Sobre Diego Vrsalovic Huenumilla

Como Lemebel, también tengo “una madre de manos tajeadas por el cloro envejecidas de limpieza”, hija de una abuela que trabajó desde los nueve años para sobrevivir a la vida. Raquel, Nana, mi vieja, partió a los quince cuidando a los niños de una conocida senadora de derecha de otra Región, con la buena fortuna de tener patrones buenos. No eran tiempos de pensar en Navidades y Años Nuevos juntos porque esos días eran de trabajo. La patrona y su familia jamás tuvieron un problema en compartir con nosotros; es más, los más bellos recuerdos son de ellos visitándonos en medio de la cena navideña para compartir un lindo regalo.

La patrona y su familia jamás tuvieron problema alguno con sentarse a la mesa con nosotros. Sé que jamás hubieran impedido que mis hermanos o yo nos bañáramos en su piscina. Jamás les molestó convivir, independiente de nuestras vidas tan distintas.

Anteayer, una hija de Nana fue discriminada por jugar en la piscina de un condominio. Como a muchos, me ardió la sangre.

Hace cinco años, en un Club de Golf del reino de Chicureo, quedaba establecido que “se prohíbe el uso de la piscina al personal de empleados del edificio, como igualmente a sus familiares. Quedan incluidos dentro de esta prohibición, los empleados de servicio de los Señores residentes y sus familiares. Debido al aumento de niñeras en el sector piscina, les recordamos a nuestros socios el Artículo Nº21. (…) En caso de utilizar espacios exteriores podrán ser acompañados por nanas o niñeras; (…) deberán vestir su uniforme o tenida que las identifique como tales”.

Han pasado cinco años y todavía queda gente que no tolera que la nana use uniforme, que sus hijos se sienten a la mesa con los patrones, que la niña juegue en la piscina del condominio. En el fondo, que convivamos entre los distintos.

¿Será que seguimos sin entender el modo de vida de gente que cree que por recoger las vergüenzas de otro nos convertimos en una categoría inferior? ¿Será que tanto se nos metió en nosotros que la nana no puede ser parte de la familia porque no tiene “clase”? ¿Tanto nos molesta que otra gente no veranee en las Termas de Chillán o en Zapallar? ¿Tanto nos cuesta compartir el espacio con alguien que proviene de otra realidad?

Como hace cinco años vuelvo a preguntar: ¿Tendrá idea quien hizo el reclamo lo que significa llevar a la niña al trabajo porque no tiene con quién dejarla? ¿Sabrá lo que es levantarse muy temprano por la mañana y recorrer la ciudad para hacer lo que otros no quieren, volver cansado a la casa, repetir el trabajo en el hogar propio, atender a los hijos, ya no querer más del día?

Esa mentalidad es la que nos tiene separados como sociedad, segregados como país, con miedo a juntarnos con los otros porque son flaites, porque son delincuentes, “porque son de otro país y nos vienen a quitar los trabajos”.

Esta mentalidad retrógrada es la que nos tiene levantando muros de dos metro y medio, comprando ropa de marca que no necesitamos con pago a 48 cuotas, leyendo El Mercurio para diferenciarnos. Esta mentalidad es la que tiene reclamando a algunos su “derecho” a pagar por la educación de sus hijos, protestando contra quienes pretenden juntarnos en la Escuela Pública nuevamente.

La nana no puede entrar sin el uniforme a la selecta mesa del club: debe mostrar que está trabajando y no roba, que salió de su sector para ir a servirles el desayuno y levantar la ropa interior que por flojera no dejaron en la lavadora, debe demostrar que cuida a los niños. ¡¿Para qué hacer una tremenda obra y dejar que se bañen ella y sus hijos, si no pagan la admisión?! ¡Que se bañe con el agua del grifo de su población la rota!

Esta es la mentalidad de la gente que va a misa en Américo Vespucio con Colón, al barrio alto, a decir cómo caló la Palabra de Dios en la Santa Misa, ofreciéndose para celebrar la Navidad en el Parque Bicentenario de Vitacura, y que se espanta al ver un roto entrar en la Casa del Padre.

Lamento, desde el fondo de mi corazón, que algunos sigan viviendo mentalmente en la Colonia. Y todo, por el simple acto de ver a la hija de la nana del otro departamento jugar en la piscina. Chile, sus ciudadanas y ciudadanos, no nos merecemos esto para el futuro, porque en el fondo todos queremos vivir en un país de hermanos. Y para ello, honrar primero que todo a todas aquellas madres que tienen “las manos tajeadas por el cloro envejecidas de limpieza”.

Construir una sociedad mejor depende de todas y todos, de que desterremos esta mentalidad del país y que no tengamos problemas al ver a una niña jugar en la piscina.

Muy atentamente,
Diego Vrsalovic Huenumilla.
Profesor, Hijo de Nana.




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