Homenaje a Esteban Paredes

por Javier Manriquez



Sobre Javier Manriquez

Es bueno Paredes, define, encara, descarga bien, es habilidoso, pica, se engancha. Sabe jugar, Paredes. Juega bien, de 9, de 10, de 7. Es potente, hay que aguantarlo, es mañoso, le pega fuerte.

Es bueno Paredes: tira la talla, saluda a todos. Saluda y se despide siempre, dicen. Recibe a los niños, se saca fotos, es caballero, respetuoso. Bueno. Buena gente.

Es especial, Paredes. Decían la otra vez que cuando chico se ponía a chutear en el living, en plena madrugada, aún durmiendo. Sonámbulo. Chuteaba durmiendo y los despertaba a todos. Es que es muy grande Paredes. Garrero de corazón, del piño de los Gangster, parece.

Uno lo quiere, a Paredes. Tiene golazos. El que le hace a Católica arrancando de mitad de cancha, caño incluido, definición superclase. Ese que le hace a Johnny, centro de Felipe Flores, y se inventa un cachetazo descriteriado en el área chica, como entrenando a Estadio lleno, borde externo, globito delicadísimo, burlón. No te lo puedo creer. No te puedo creer lo que hizo Paredes. Y así tiene más de trescientos.

Ningún jugador chileno jugando hoy día ha hecho tantos.

Uno lo ve jugar y la expresión casi que sale sola, puta que es bueno Paredes. Tiene una vertiente de goles en los pies Esteban y supongo que de alguna manera, todo tiene algo que ver. Como si en él las palabras se mezclaran, y su vida y su juego fluyeran en la misma dirección, es bueno, con la gente, con la pelota. Es grande, abarca más que la cancha, tiene que ver con el club, con el fútbol, con el gesto. Es regalón Paredes, porque cómo no, si puede hacer lo que quiera, en la Selección, en Macul, en todas partes, total te gana un partido solo. La hinchada, como una mamá orgullosa, lo mima porque sabe que al final del día el niño le va a dar la razón.

Ahora que el tiempo cambia, que los campeonatos son más cortos, y que todo es de alguna manera más rápido y más desechable, Paredes sigue ahí, porfiado, escribiendo la Historia que al resto del mundo ya se le olvidó cómo. Porque Esteban Paredes es un viejo crack que cuando lo retiran sale cinco veces goleador y va a salir cinco veces más porque no le importa nada, o precisamente, porque sí le importa todo. Es un sobreviviente, el conductor de un DeLorean hecho a mano viajando directo de ese tiempo en que todo era un poco más feo y también un poco más cierto. Y marca diferencias, en el área y en la vida, porque sigue actuando como si la jineta fuera un símbolo y un orgullo, como si ser referente fuera para la gente, para los valores sociales. Y nos convence. Nos ilusiona. Paredes es volver al equipo del que te echaron los dirigentes que poco entienden de fútbol y nada de todo lo demás, y ponerse la 30 en la espalda cuando todo se caía a pedazos. Eso es poesía. Ponerse la estrella número 30 literalmente en la espalda y ganarla. Porque por la cresta que de eso se hacen los ídolos. De irse expulsado besando el escudo. De rebeldía, de orgullo, de sangre altiva y noble corazón, porque Paredes nunca bajó la mirada y también supo pedir disculpas cuando había que pedirlas. Esteban Paredes tenía que ser de Colo Colo. No del Ajax, no del United, no del Madrid. De Colo Colo, del popular, del transversal, del equipo del que es hincha desde un cura hasta un ladrón. El de los viejos chichas. Porque a mí el Bayern Munich, el Leverkusen, el Barcelona y el City me dan lo mismo. El que veo yo todas las semanas, el que me hace llorar, el que me alegra de cabro chico, es Colo Colo. Y Colo Colo es Chile, y Chile son las canchas impresentables, los besos en la pelada del árbitro que da el Loco Peric. El barro, el puerto, Moisés Villarroel, la bandita de Magallanes y hasta el Señor PF. Chile es el estadio más grande del mundo que queda en El Salvador y que no se llena nunca. Y Esteban es justamente un símbolo de todo eso. Porque al final Esteban Efraín Paredes Quintanilla nació aquí, salió desde aquí y aquí se quedó. Pertenece. En este barrio viejo y querido. Al final, Paredes es un símbolo, una imagen, una foto añosa y entrañable, es el asado con los papás el domingo y los goles que auguran una buena tarde. Es la pena que se ahoga en un grito tras carrerón y sutileza desde 40 metros por sobre el arquero. Es la rabia que se aplaca en ese segundo en que el Tanque definió de primera. Es el viejo del kiosko que comenta que nos faltó campeonato. Es la señora que tapiza su local con fotos de Chuflinga Herrera, Jorge Toro y Cua Cua Hormazábal. Es el viejo que barre en la esquina. Es el viejo con la camiseta del 91’ que te sonríe amigo cuando vas pasando con la del 2006 porque al final somos todos iguales bajo los mismos colores. Es un vecino, es un amigo, es un tío, es un referente. Es real. Es de esos que son buenos para la pelota no porque se los pasan a todos, o por que hacen bicicletas y piruetas para la galería, sino porque simplemente saben jugar muy bien al fútbol. Con la elegancia de la cancha chilena, del crack de arco sin red y reja rota. Es Caszely, Chamaco y Paredes. Nada más. Es la Historia grande. Esteban Paredes es el último ídolo y tenía que ser así.

Muchas gracias por tanto, Visogol. Nos vemos en la Libertadores. Todavía queda mucho por escribir.




47 comentarios sobre “Homenaje a Esteban Paredes”