Gracias, Mon Laferte, te lo mereces

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Nos descolocamos con Mon Laferte. Nos deja fuera del entendimiento, pegados en un lugar del corazón al que tememos, ese lugar que no queremos ver, que no miramos: el de la desnudez, el del alma rota, el de la emoción sin escudos, sin complejos, sin el más mínimo complejo. En el desgarro de su voz quedamos conmovidos, porque allí ubicamos la verdad de tanto de este Chile. Porque Mon sabe que pertenece a este Chile, al ingrato, el injusto, el difícil, el que cuesta, el de sus compañeros de la básica, esos a los que identificó desde el escenario, esos que hoy la fueron a ver, esos que se quedaron sin palabras, esos que como ella se quedaron para adentro, estupefactos, mirándola, viéndola tan frágil y potente, contemplando en su brazo erguido, en su gaviota, lo que debe atravesar uno de los nuestros, uno de los comunes, para alcanzar la gloria. La más auténtica de las glorias. Nos descoloca Mon Laferte. Nos destruyen sus melodías porque no esconden la pasión, la derrota, la ilusión muerta en los concursos que no se ganan, muerta en los fondos que se acaban, la ilusión abandonada en nada más que el seguir echándole para adelante, con la fe en el talento intacto, en los valores que sobreviven al desprecio, que sobreviven a dueños de bares que no quieren pagar por una tocata, a productores que exigen ser como tal o como cual, a instrumentos perdidos en el desgaste de tanto viaje por lo remoto, por lo ajeno. Mon Laferte es la chilena que le ganó al desprecio, la de la humildad altiva, orgullosa, que emigró sin nada a cambio, sin seguridades más que la sensibilidad siempre viva, la que va y vuelve por lo suyo, que no es otra cosa más que cariño y reconocimiento. Y allí, en ese reencuentro con los viejos, con los vecinos que nunca dejaron de decirle que sería una estrella destinada a triunfar, el shock le informa a ella y a la gente de las gradas el por qué de la emoción inexplicable que los une: que la única forma de tocar la gloria para un talento venido de abajo, uno que nunca tuvo el pituto perfecto, es hacerlo con todo. Porque cuando no se tiene nada, se apuesta todo, con todas las lágrimas y todas las flores, para perder hasta cansarse, o para ganar, con un anfiteatro convertido en bestia exigiendo el paraíso para alguien que finalmente representa. Hoy Mon nos representa, en el dolor, en la emoción, en la verdad de sentirnos tantas veces mutilados, tan pequeñas. En el agradecimiento a los que inspiran cada día, como su mamita gritando también “platino” desde el cielo, esa a la que esta madrugada Mon llorará cada nota, tratando de afinar un alma hoy menos rota. Porque llorar, en el piso o en la gloria, siempre nos deja un poquito menos rotos. Gracias por remecernos en la belleza del sí se puede. Gracias, Mon Laferte. Te lo mereces. Nadie podía soportar tanta falta de querer.




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