Mamá, no quiero volver al colegio: Mis compañeros me hacen bullying

por Monserrat Lorca



Sobre Monserrat Lorca

Revivir los episodios de violencia que han marcado a fuego la vida diaria, es una actividad recurrente para quienes han sido víctimas de bullying. Parte de este recuerdo continuo se manifiesta en flashbacks que caracterizan sus escenas por lo sombrío y lúgubre, tanto de sus protagonistas como de sus víctimas. Evocar cada episodio como si fuese una escena de terror, se mantiene en la mente de los niños, adolescentes y jóvenes que transcurren sus días en las aulas del salón de clases de su colegio, esperando algún día, emigrar a tierras lejanas que los separen de los golpes, los gritos y los abusos.

Esta es la realidad que, según estadísticas del Mineduc, han vivido más de 23.000 estudiantes en recintos educacionales. Según la última Encuesta Nacional de Prevención, Agresión y Acoso Escolar realizada el año 2011, se verifica que al menos un 10% de los niños y niñas han sufrido de acoso escolar. Además de un 69% de encuestados que señala haber sido testigo de insultos o burlas todos los días. Una cruda realidad que impacta al verificar la cifra de suicidios provocados por el acoso psicológico en liceos y colegios.

Aquel deseo intermitente de borrar de la mente los oscuros salones en donde muchos de tus compañeros fueron encerrados, en cada sala de clases que fue bloqueada con toda la fuerza de un grupo de compañeros que, con risas, insultos y garabatos en las murallas, se burlaban de quien se ausentaba de la multitud, y mantenía su corporalidad recluida en un espacio de escasos metros cuadrados. Mismo salón en donde vería más tarde a quienes le prohibían su salida a recreo, para continuar el tormento en horas de clases y revivir la violencia desmedida y despechada, que pareciera replicar el patrón de violencia desatado en sus hogares.

Por cada proyectil en forma de hoja de cuaderno arrugada, de cartón piedra, de lápices en punta, o de aquellas bombas de greda que fabricaban luego de la clase de Artes y Tecnología, derribando a su oponente cada clase que recibía estos perdigones cuán explosivos parecieran, o por cada canción que cantaron burlándose de tu peso, tu color de piel, tu peinado, tu forma de caminar o de hablar (peor aún si tenías un defecto físico evidente como una oreja partida, labio leporino u otros), ridiculizando cada paso que dabas, por el simple hecho de no encajar, y que al momento en que tuviste las agallas de denunciar todo tu tormento, los inspectores y psicopedagogos del colegio no hicieron más que duplicar el odio de tus compañeros, que más tarde harían lo posible por dejarte en vergüenza ante todo un grupo escolar y desatar su furia para que el encogimiento y la timidez regresaran con potencia. No por nada un 49% de los escolares encuestados señala que estos hechos de violencia no son detectados por los equipos directivos.

Por cada risa, burla y chiste en tu contra durante horas de clases, en que el grupo de agresores disfrutaba ver el rojo que te sacaste en biología y matemáticas, su fuerza se duplicaba para luego enrostrarte lo imperceptible que resultaba ante los directivos tu situación, en que ellos con una inteligente forma de manipular la situación, tú quedabas como el que agrandaba o “le ponía color” y ellos como los niños que les gustaba jugar.

Cada minuto que transcurrió en los recreos en que te mantuvieron preso, en que te empujaron de a cuatro compañeros con una fuerza desmedida y una carcajada morbosa y tétrica, que dañaba más que un golpe en los brazos, dejando moretones de soledad y vacío al no comprender tal magnífica manera de ahuyentar la felicidad de quien convivía alrededor de 10 horas diarias contigo. Donde su único fin era encontrarte en el recreo y pegarte hasta más no poder y dejarte tirado en el piso del baño, mojado con las húmedas aguas de los orines caídos y las sucias goteras de las cañerías rotas, y que nadie quiso denunciar al verte abatida y llena de lágrimas. Mientras que en aquellos sitios de cristalino resplandor de baños en colegios de sectores acomodados, la agresión dolió del mismo modo que en el liceo de la comuna C3. La violencia es transversal y el dolor no distinguen clase social. Desde el rostro más blanquecino, hasta el más violáceo y moreno del colegio, todos estos sufren por igual.

Porque seguramente nadie de los que hoy te felicita por tus logros, imagina o llega a pensar que tu rostro fue el trapero del baño durante años y que tus extremidades fueron el muro de contención de los golpes con puños y escobas propinadas por tus compañeros. Que las manos con las que escribes y las que das al saludar, fueron cortadas con las puntas de lápices y corta cartón en horas de recreo, estilando gordas gotas de sangre por el piso de los patios que parecían ser de alegría y tranquilidad.

El recuerdo que trae a la mente las escenas del bullying, es el que debemos escarbar y comprender para no repetir más tales escenas. Porque aquellos oscuros pasillos y baños de la escuela, liceo o colegio, en donde por cada lágrima que cayó a los brillosos pisos encerados luego del recreo, cayó una niña o un niño que no soportó más el dolor y decidió abandonar la vida, dado que su única solución sería quitándose la vida, olvidando y dejando atrás a quienes más lo querían. O simplemente aquel dolor que hasta el día de hoy sufre un joven al recordar , por haber pensado en algún momento que no existía salida para sus problemas, pero que hoy, agradecemos de manera pública, a todos aquellos amigos y familiares que estuvieron presentes, con una palabra, un consejo o un abrazo en el momento indicado.

Evitemos que estas escenas se repliquen y apliquemos como sociedad, ayuda a quienes sufren día a día en el camino al liceo, al colegio. Porque cada adolescente que sufre bullying no quiere que esto sea vivido por otro compañero. Entendamos y protejamos a quienes cada tarde y noche derraman más lagrimas que pétalos de rosa durante un día, a quienes sus cristalinas goteras que fluyen por sus ojos como río caudaloso, pueda encontrar y desembocar en el camino a la solución del problema.

Porque por cada cicatriz que se esconde en tus brazos y piernas, puedan limpiar las heridas más duras de la violencia en el colegio, por esos tajos y cortes de insólita provocación en tus extremidades, las que hoy cubren con nuevas carnes, los dolores más fuertes de tu pasado. O que incluso si el victimario tuvo la siniestra delicadeza de no dejar rastro de su artera agresión, tú sí puedas mostrar que pudiste superarlo, que lograste sobreponerte a pesar de la indefensión.

Por cada niño y niña que suplicó a su madre o padre este primer día de clases del año de vuelta al colegio, no volver o simplemente un cambio de institución, comprendamos y entendamos que es una realidad esta cruel violencia y un llamado a la vez, a quienes han sido cómplices o silentes testigos de las agresiones, para que se empoderen, resuelvan y protejan a quienes sufren.

El bullying hoy es una realidad para niños y niñas, que atraviesan esta situación de manera transversal, y que demuestra ser un problema que no distingue grupo socioeconómico ni frontera. La educación del futuro de Chile debe, además de todas las solicitudes realizadas hasta hoy, buscar desarrollar las competencias necesarias, tanto a los cuerpos docentes como a los estamentos directivos y a la comunidad educativa en general para enfrentar, manejar y solucionar los hechos relatados acá.

Este escrito está dirigido a todos y todas las víctimas de bullying o violencia étnica, de género, clase social, que recibieron violencia en sus vidas, a quienes no resistieron y decidieron morir, o aquellos que aún viven y se aferran a la convicción de que algún día esto cambiará. Artículo dirigido a todos los que en algún momento decidieron entregar su testimonio y declarar de forma pública o anónima sus historias de vida, que hoy permiten construir este relato.

Sepan algo, recuerden que no están solos.



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