Ese niño no se murió, lo matamos

por Alejandro Basulto



Sobre Alejandro Basulto

Un pequeño de 11 años (edad en la que muchos aún jugábamos a la “pinta” y con “autitos de juguete”), tras escapar de un intento de hurto en un supermercado, es atropellado y da su último aliento. También es el final de una corta vida llena de injusticias y vulnerabilidades. Muere un niño que en poco más de una década de existencia nunca pudo vivir ni soñar en un pasar distinto, uno en el que no le faltara nada de lo que se necesita para vivir, ni tampoco de lo que se requiere para sobrevivir. Por lo contrario, nunca conoció un mañana donde diera gusto vivir.

Una tragedia de este nivel, siendo ya de por sí suficiente dolor para el alma de toda persona que aprecie la vida y se indigne ante lo injusto, fue además tristemente acompañada con los sonoros aplausos y celebraciones de una multitud que celebraba la muerte de un niño que atentó contra la sagrada propiedad privada. El fallecimiento de un pequeño que no conoció otra manera de vivir (ni la dignidad misma) era causa de sonrisas.

Trágica es siempre la muerte de un niño, pero más terrible aún es que esta sea motivo de alegría.

En este escrito por cierto, no se intentará explicar por qué un niño no tiene consentimiento ni conciencia real de lo que hace. Ya se debería saber que hasta cierta edad (progresivamente hasta los 18 años, o más) el proceso de aprendizaje nuestro consta básicamente de la imitación, y es por eso que importan mucho los referentes y el entorno que tengamos en nuestro desarrollo. La ingenuidad y la inocencia son el sello de los niños, no el pensamiento crítico ni una autonomía en todo sentido como muchos erróneamente pensarán (no vengan ahora a negar el hecho que los niños se creen casi prácticamente todo lo que uno les dice).

No, para qué explicar. Hablar desde lo empírico (lo que se sabe conociéndolos realmente y no de manera superficial), lo neurobiológico, lo psicológico y lo criminológico, no va a bastar cuando se prefiere voluntaria y mezquinamente la ignorancia y el dogma propio.

Además, oportunidades para informarse sobre el tema siempre han habido. Pero al parecer hay quienes se les hace más cómodo seguir con el discurso mentiroso de que “ellos eligieron vivir así”, ya que así pueden (desde su lógica) justificar el no preocuparse y el no emplear recursos en mejorar las condiciones de esos niños, y además, también, poder defender barbaries como los linchamientos y/o tanta otra represión como también todo doloroso e injusto castigo contra ellos.

Pero vamos al grano: ese niño de 11 años no “se murió”, ya que ni causas naturales ni una situación familiar y socio-económica digna son antecedentes de su defunción. A ese infante poco a poco, carencia tras carencia, desilusión tras desilusión, golpe tras golpe, herida tras herida y cicatriz tras cicatriz, se le fue matando lentamente.

Como sociedad “nos tomó” un poco más de 10 años matar a ese niño. Una década de negaciones de socorro y afecto, miradas despectivas, palizas y rechazos en general. Estas fueron las palas que cavaron un hoyo de marginación que después se materializó en una tumba real.

La vida de este nene de 11 años fue tan corta (como también llena de dolores), que sin haberla conocido uno en realidad, solo basta contextualizarla con la de tantos otros que pasaron lo mismo que él y que vivieron lo mismo que él (como también con la de algunos que tuvieron igualmente su temprano y trágico final), para poder detallarla en pocas líneas.

Nació, su mamá pudo ser una niña o una mujer violada, o simplemente, fue producto un embarazo no deseado (y aún siendo deseado, el final podría ser el mismo). De ahí creció en un ambiente en que sus papás estaban ausentes (trabajaban o tenían conflictos con la ley), quedándose como primer socorro la calle, ante la impotencia atónita de su abuela o hermana/o mayor que no poseían las herramientas para criarlo.

Él posiblemente vivió en una de las 83 poblaciones de la Región Metropolitana tomadas por el narcotraficante, por lo que al salir de su casa, como escape de su precaria realidad familiar, solo se topó con el mundo de las drogas y de las pandillas. Ahí se dio cuenta que un niño pandillero (como lo sería él), al menos no lo rechazaría por su carencia de educación ni por su “mala” vestimenta.

Ahí se hizo una segunda familia, una que carecía totalmente de integridad moral, pero que al menos no lo rechazaría ni lo dejaría solo.

La perpetuación de la marginalidad social (y por lo tanto, su naciente aversión hacia la sociedad), el robo y una drogadicción cada vez más atrapante, lo hundió cada vez más. Pasaban los días y con ellos, escenas de escapes, golpes, detenciones y uno que otro envase de un producto (posiblemente hurtado) ya consumido, quedaban como huella de ellos. En una de esas llegó al SENAME y se escapó, ya que si iba a vivir en un mundo de carencias, que al menos sea uno conocido y donde pudiera moverse con más libertad.

También, anhelando una vida mejor, en una ocasión intentó pedir ayuda, pero solo recibió miradas frías y uno que otro “sal de acá, anda con tu familia, niño” (tal vez no así de textual, pero sí igual en los hechos). Pudo haber recibido una ayuda, pero no de las que marcan, ya que en la mayoría de los casos, una visita semanal no cambia la realidad de los otros 6 días.
Y reincidió. Y junto con ello y la reiteración de un pasar carente de referentes positivos, contención, educación y condiciones básicas de vida, lo llevaron a un trágico final que hoy no pocos lamentamos.

Si tan solo a su familia se le hubiera dado el apoyo psicosocial necesario (o en su defecto, el Estado se hubiera hecho cargo responsablemente de él) y sus vecinos y la gente que sabía de su existencia, le hubiera tratado amistosa y solidariamente, ni su vida ni el triste cese de esta sería hoy tema. Hablaríamos de otro niño, uno de los que vemos traviesamente jugando a la escondida en los juegos de las plazas o embarrándose haciendo un deporte. Otro niño, con un pasar feliz, digno y distinto.

Pero nosotros – tal vez muchos sin darnos cuenta – preferimos matarlo. Nosotros, la sociedad que no le dio una mano cuando más lo necesitó (sino que más bien, lo marginó). Nosotros, los que (al menos en teoría) somos los dueños de este Estado chileno, el cual no solo no lo socorrió correctamente, sino que al parecer ni siquiera tuvo entre su política estructural garantizar y proteger sus derechos.

Una historia de injusticias y vulnerabilidades, en la que como sociedad y Estado, en vez de ser los buenos de la película, fuimos los malos.




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