Piñera candidato nos demuestra que somos el país de la esquizofrenia

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Mientras Piñera decía que combatirá las colusiones, desde el público lo aplaudía Gabriel Ruiz-Tagle, su ministro que se coludió con el confort, ese que con la empresa de Matte nos hizo a todos los chilenos la vida un poco más difícil. A Ruiz-Tagle no se le movía ni un músculo de la cara. A Piñera, enfurecido, tampoco. Antes, en el C-H-I de arenga al candidato, sus partidarios cerraron con un “Viva Chile Pinochet”. Hoy los chilenos somos un poco más tristes, tristes y miserables. Piñera es candidato a presidente. Y el viejo al que no le suben el sueldo en la empresa de aseo, hace dos años, se siente humillado, siente que somos un país enfermo, uno que al que se esfuerza y trabaja honestamente lo explota más aún, hasta más no poder, hasta donde se estire el elástico, por ser humilde y necesitado; y al sinvergüenza, al que no da el vuelto, al que tiene, al que se queda con la plata de los amigos, este país lo premia, lo aplaude con luces y con chaya y le da las gracias por ser como es: barsa, pasado para la punta, falto de respeto, descarado.

Hoy somos muchos los que tenemos pena, una angustia en el corazón, y no es una pena cualquiera, es una pena por nuestra identidad, por comprobar cuánto somos capaces de soportar, de aguantar, es una pena de preguntarnos de qué estamos hechos los chilenos, que nos hacen un hoyúo en la cara y no decimos nada ¿Tanto nos jodió la dictadura? ¿Tanto permanece el miedo del hambre en nuestros genes, ese miedo que nos mueve a ser cobardes, cómplices eternos del despojo, silentes permanentes sobre un escenario en el que moriremos como personajes extras? Piñera anoche se rió en nuestras caras, con una tropa de corruptos -protegidos por carabineros- dándole oxígeno, anunciando que defenderá la soberanía del país con dientes y garras, y no diciendo ni una sola palabra sobre su negocio con una pesquera peruana que se benefició con la derrota de Chile en La Haya ¡Ni una palabra! Está convencido que sus votantes son tan ciegos y sordos que no le van a pedir ni una sola palabra sobre un conflicto que es escandaloso. Dan ganas de gritar de impotencia cuando Piñera nos asegura ser el mesías de la salud, sin una mínima autocrítica a su concesión de hospitales, esa que sólo ha precarizado, aún más, al sistema público, ni una palabra sobre sus amigos de las isapres, esos que también lo aplaudían desde la galería, esos que hoy, con su sistema, tienen en ascuas a medio millón de compatriotas de Más Vida.

Hoy miércoles es un día para llorar, para llorar por la decepción, para llorar por comprender cuán bajo puede caer esta patria dolida, golpeada. Porque en ningún país serio del mundo un ex Presidente millonario, imputado, uno que no paga impuestos comprando empresas fantasmas para hacerse aún más rico, uno desenmascarado por la prensa día a día, atraviesa la ciudad campante para decir, frente al Museo de la Memoria, que todo sin él se ha hecho peor y que va a volver a rescatarnos como un Jesús del siglo XXI, con Checho Hirane de comparsa comunicacional, un Jesús alentado por la también investigada Jacqueline Van Rysselbergue, un Jesús con la mitad de sus apóstoles acorralados por la justicia.

Chile, el país que se curtió aguantando los azotes de la naturaleza el día menos pensado, parece que ha quedado tan nervioso, tan despojado, movido de todo terreno e identidad, por maremotos, aluviones, incendios y volcanes, que ya está dispuesto a todo, no sólo a esperar el ultraje de la Tierra, sino también el de los hombres. Hoy nos azota la tormenta del descaro, la de los coludidos y corruptos alzando a su héroe, y todo indica que nos vamos a quedar sentados a esperar a que el elástico se rompa, otra vez. Ojalá este pueblo que ha demostrado que sabe resistir y levantarse nos demuestre lo contrario, nos demuestre la dignidad que le queda; si no, seremos la eterna nación del desencanto, de la insoportable esquizofrenia. La nación en que las víctimas son sus propios victimarios.




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