Calentamiento global: El fantasma de una muerte anunciada

por Leandro Perez



Sobre Leandro Perez

Un fantasma recorre el mundo, lástima que no es el fantasma de ningún héroe que haya proclamado la libertad ni el de ningún ideal proclamado por algún héroe. Éste, más bien, es un espectro que nació como el resultado muerto de todos los miedos más primitivos que la humanidad ha ido acumulando hasta el día de hoy, en las postrimeras del regocijo natural de sus propias ciudades. En ese sentido, entonces, la existencia de este fantasma solo es un hecho siempre y cuando nuestros actos le otorguen los componentes suficientes para mantenerlo con vida.

Por largos siglos nuestros antepasados ignoraron su presencia. Lo crearon sin saberlo, y sin saberlo, cada generación venidera sucumbía ante él. Lo ignoraban precisamente porque, pese a que algunos pensaban que los fantasmas por su propia naturaleza no poseían cuerpo alguno, éste necesitaba de uno para poder llevar a cabo su malvado plan de conquistar el mundo lo más violenta y sangrientamente posible. Entonces, bajo esa idea, poco a poco y muy lentamente para cumplir ese objetivo, fue formando su propia contextura a medida que recogía de las diferentes ciudades todo lo que la humanidad daba por inservible, a plena luz del día y sin que nadie lo sorprendiera. Fue un trabajo muy arduo e indecoroso. La primera etapa fue la más larga y lo mantuvo muchas veces al borde de la desesperación, porque todo lo que lograba rescatar para levantar su propio cuerpo no podía, generalmente, perdurar de forma estable en el tiempo. Pero, con el mismo paso del tiempo, llegó un día donde por fin, luego de tantos siglos de buscar y buscar, se sorprendió a sí mismo rodeado de suministros que sí lograban mantenerse estables, y éstos estaban apareciendo por todas partes del mundo, por lo que cuando finalmente logró armarse un cuerpo lo bastante ágil para desplazar su putrefacta existencia, no tardó en conquistar las ciudades más importantes, arrasando contra todos los que se interpusieran en su camino. Algunos antiguos sabios lograron verlo y alertaron a la sociedad a tiempo, pero ésta, ciega y testaruda, no acudió al llamado puesto que no podía dilucidar más de lo que sus ojos imperfectos podían ver. Y así, sin que nadie se le interpusiera, y cuando su agilidad mejoró lo suficiente, éste fantasma se lanzó a conquistar también los ríos y los mares para contemplar desde allí cómo más tarde se apoderaría incluso del mismo cielo que lo vio nacer.

Fue así como sistemáticamente, en el curso natural del tiempo hasta el día de hoy, este fantasma ya está a punto de cumplir su cometido, conquistar gran parte del planeta y cobrar la vida de una cantidad innumerable de víctimas. Gracias a todos los suministros que ha logrado acumular, luce vociferante y más ágil que nunca, sonriente y complacido mientras guarda entre sus viejas garras la sangre seca de todos los caídos. Sin embargo, como ahora su cuerpo es realmente gigante y todo el mundo lo ve y conoce su plan, la situación cambió. “¡Es un demonio!” dicen algunos, no hay lugar donde no habite, no hay nada que no pueda destruir, no hay nada que pareciera escapar de su mano invisible repleta de parásitos. Es como si no pudiéramos hacer nada contra él.

Muchos, pese a la culpa compartida por la falta de responsabilidad para prevenir el caos que se avecina, siguen ignorando su innegable presencia y entre unos y otros se musitan al oído la esperanza vaga de que no serán ellos ni sus hijos quienes se someterán a los designios del fantasma para cuando éste logre conquistar el mundo por completo. Tristemente ignoran que esta idea no es nueva y que solo provoca que se derrumbe todo intento por resguardarse o hacerle frente, y en eso, el fantasma avanza con su malévolo plan, y sin ningún problema hasta el día de hoy ha extinguido fácilmente a más de 1500 especies y no contento con eso mantiene a otras 20.000 amenazadas, eleva la temperatura promedio mundial cada año desde el 2000 y deshecha entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas métricas de basura plástica anualmente en el mar.

Si me preguntaran a mí, yo por mi parte prefiero creer que este fantasma no es indestructible. Prefiero pensar que, si bien hoy tiene mucha presencia y poder, es precisamente porque nosotros mismos se lo permitimos, marginándonos de nuestras responsabilidades como especie, ignorando su presencia. Pero si esa misma presencia y poder que él tiene nace bajo la sombra de nuestra sociedad, ese precisamente es su punto débil. Podemos, nosotros todos como sociedad, parar por completo todos nuestros quehaceres y con el conocimiento que ya hemos alcanzado dedicarnos a combatir solo por unos pocos años a este maldito fantasma y así se lograría asegurar rápidamente nuestra estabilidad y la del planeta por completo. Me calma confiar en que así se puede revertir. Quiero confiar de esta forma en que ello no es una simple utopía y que nuestra capacidad para entender el entorno no fue simplemente un regalo maldito de los dioses donde con él se nos otorgó la responsabilidad de cerrar el telón de la magnífica cuarta obra de la evolución de la vida en la tierra para después entregarla al caos tras bambalinas. Prefiero verlo así. Se ve muy prometedor. Trabajo todos los días en ello, solo que de pronto éste discurso se me descascara rápidamente cada vez que sube la temperatura media del planeta abrasándome con más miedo e impotencia que calor. Es entonces cuando veo los ríos, las selvas y los mares llenos de sangre derramada. Cuando veo las ciudades atiborradas con la misma sangre salpicada en los humanos regalándoles hambre, pobreza y enajenación en forma de libertad y alegría. Es como si ese fuera el verdadero objetivo que el fantasma siempre buscó, hacernos sufrir inconscientemente más que conquistarnos como un caballero. Él ya no necesita de la basura que desperdiciemos, eso se volvió secundario, necesita de nuestro egoísmo, de nuestra capacidad para desentendernos de todos los que sufren con nuestro mal ensamblado proyecto de desarrollo y de todo lo que con ello logramos destruir, de eso está hecha su alma. Es eso lo que siempre permitió el andar de sus pasos y lo que provoca que la sociedad crea nacer lentamente mientras muere sin saberlo durante un parto que en sus gritos mudos solo porta vientos con olor a monóxido de carbono sacralizado en un progreso sobrevalorado. Lo que provoca que todos busquen sosiego en sus lechos modernizados sin querer observar cuán grande se ha vuelto la huella de este maldito fantasma. Lo que me provoca que al ver cada segundo pasar en el reloj el tiempo se astille mi alma por el solo pecado de entender lo que está pasando y todas sus ridículas causas.

Hoy por hoy, el fantasma y todo el caos que produce danzan a otro ritmo, configuran otros tiempos, hacen creer en realidades ficticias y ensamblan proyectos globales engañosos bajo el señuelo del desarrollo. En eso, los contemporáneos corren y gritan en todas direcciones, levantan sus brazos y corriendo en círculos gestionan seudo-debates, seudo-teorías, seudo-problemas y, lo que es más sorprendente, viven su propia muerte sin morir, y pasan a otra vida sin saberlo, ignorando el hecho implícito de que este fantasma goza observando como decanta todo este mundo por completo, ya que en realidad él no es otra cosa más que nuestra propia personalidad cómoda y degenerada proyectada alrededor de todo el ecosistema.




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