Homenaje a las tías de la puerta 10

por Jose Parra Zeltzer



Sobre Jose Parra Zeltzer

Domingo 19 de marzo de 2017, Estadio Nacional de Santiago, 19.30 horas. Comienza uno de los partidos más atractivos de la séptima fecha del Torneo de la Clausura del fútbol profesional chileno, Unión Española contra Universidad de Chile. Duelo siempre interesante, rojos y azules han protagonizado épicas batallas en el pasado, y esta no parecía ser la excepción: los visitantes hispanos al acecho de la parte alta de la tabla, mientras que el local, el conjunto laico, enfilaba una racha positiva que no veía hace un par años. Todo estaba dispuesto para que el encuentro fuera de aquellos que perduran en el recuerdo, y que de cuando en vez salen a colación en una que otra discusión futbolera de trasnoche. Más de 30.000 espectadores en las tribunas al darse el pitazo inicial, el escenario parece perfecto. Mientras tanto,debajo de las galerías, en las entrañas del Estadio, los vendedores se acomodan en sus kioscos, esos que han usado por años, a escuchar el partido por la radio, amarrados a su puesto de trabajo, tan cerca pero a la vez tan lejos de donde se desatan las pasiones, alegrías y emociones que dan sentido al espectáculo del fútbol.

El partido tiene otro componente que lo hace especial, inolvidable; es el último donde trabajarán la Señora Natalia y la Señora Elizabeth, vendedoras de bebidas y sándwiches respectivamente, en la puerta 10 del coloso ñuñoino. Hace más de 50 años que ambas venden ahí y este es su último partido. No solo el de ellas, sino son todos los vendedores del Estadio –alrededor de 400 personas-los que tendrán que buscar otros rumbos, cambia la concesión que mantenía a su sindicato ahí, llega una empresa más grande, que ya opera en los principales recintos de la Capital y expande su imperio hasta este, tal vez el último bastión de una tradición que se extingue.Adiós a la clásica mechada, al jamón o al pernil palta. Adiós a la bebida en botella, Coca, Fanta, Mineral. Y es que los nuevos dueños traen todo envasado y empaquetado, plástico hecho alimento, más rápido, sellado al vacío.

Son familias enteras las que han mantenido viva esta forma de acompañar la pasión de multitudes. Muchos nacieron ahí, y trabajan desde pequeños bandejeando o en el maní, tostado, confitado, salado el maní. Los padres de la señora Natalia y la señora Elizabeth llegaron al Estadio Nacional cuando se estaba construyendo, pasaron ahí el Mundial del ‘62, le heredaron sus puestos a sus hijas, quienes los compartieron con sus propios hermanos, hijos y nietos inclusive. La señora Natalia, chuncha de corazón, cuenta cómo su hermano casi nace ahí mismo, entre esos gigantes pilares de concreto décadas atrás, cuando su mamá atendía el negocio y en medio de un clásico, uno de esos de antaño, el bebé parecía querer estar presente antes que acabara el encuentro. Cuenta también cómo atendió al gran Julio Martínez, las tallas que le tiró en más de una oportunidad a Carlos Caszely o cómo se negó a venderles a los argentinos en un partido de eliminatoria en el que Chile estaba siendo vapuleado. Relata con orgullo cómo trabajar ahí le permitió llevar a sus hijos a la universidad, tener su casa pagada y complementar la pensión que recibe por más de 40 años de trabajo en un hospital.

En el noble desempeño de su oficio, las tías han compartido con la hinchada, han visto a los muchachos de la barra crecer, hacerse grandes. Cientos, miles de partidos, en esos inviernos donde la cancha se transformaba en un lodazal y con suerte caía una bebida y tres panes, ahí estaban. En esas finales para el recuerdo, cuando el Nacional alojaba casi 80.000 personas en sus tablones y el Estadio parecía temblar al ritmo del bombo. A veces la tentación era demasiado grande y se escabullían, cuando no había clientes, hasta la boca de la tribuna, para contemplar en directo un ratito el partido, gritar un gol o tirar una puteada, y volver raudamente al puesto, en caso que a alguien se le ocurriera aparecer. Son la compañía perfecta, cábala para el supersticioso, escape para el ansioso, alivio para el sediento o el glotón.

Las tías están tristes, una forma de vida que conocen por décadas está por terminar. Afuera el partido está apretado, La U y Unión empatan a uno y la tensión recorre a cada uno de los hinchas presentes. A la señora Elizabeth ya se le acabaron hace rato las mechadas, solo le queda pan con palta. A la señora Natalia le quedan dos bebidas y un agua, las que se venden al poco rato y ya no queda más, eso es todo. A fin de cuentas, aunque el fútbol nunca sea solo fútbol, no son más que 90 minutos. En un mundo tan acelerado, donde el consumo debe ser cada vez más masivo, más directo, más impersonal, cada vez hay menos cabida para el trabajo a mano, para la cercanía de la conversación, para la amabilidad que significa el sencillo gesto de la marraqueta untada con ganas en el juguito de la cacerola. Porque lo que se acaba no es solo el pan y la carne, la palta y el tomate, no se trata solamente de que lo que se vendía ayer es más sabroso que lo que se venderá mañana, ni tampoco una cuestión únicamente patrimonial, de tradición. Es todavía más que eso. Se trata de la lamentable afirmación de que ya todo está mecanizado, repetido, automatizado. Lo moderno debe desplazar a lo más antiguo, únicamente por un criterio comercial, sin tomar en cuenta absolutamente ningún factor emocional que pueda al menos trizar la lógica productiva de las empresas contemporáneas. Mayor producción a menor costo, y todo un conjunto de tradiciones, costumbres y relaciones afectivas ya no valen nada.

Minuto 88 y Matías Rodríguez desborda por la derecha. Le saca leve ventaja a su marcador, la suficiente para mandar un centro a media altura. Sebastián Ubilla controla con una carambola cerca del punto penal y define de zurda, arriba, inflando la red. Estalla el Estadio, la gente celebra, canta y sonríe. Estamos felices. Las tías desde su puesto celebran también, ya solas, ordenando lo poco que queda entre vasos y servilletas. Es una celebración agridulce, con la garganta apretada y los ojos algo llorosos. Ganó la U, los chiquillos se van contentos para la casa, algo es algo. Es el último gol que les tocará presenciar de ese lugar, ahí donde de alguna forma siempre supimos ser felices.




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