Mira, ese de allá es hueco

por Felipe Vega Leiva



Sobre Felipe Vega Leiva

Marzo. Nuevas matrículas. Homenaje a los profes. Día de la Mujer, flores y regalías; poca memoria. Quinto aniversario de la noche de tortura a Daniel Zamudio. La noche oscura del día del joven combatiente como último telón de un mes que duele. Mujeres olvidadas en el mismo día. Mujeres olvidadas en la historia. Lesbianas ignoradas en la historia. Travestis invisibles en la historia. Y volvemos a empezar, la historia nos pone de cara frente a la violencia estructural, de cara justo cuando crees que vas caminando por amplias alamedas. La vida, como si fuera presagio de lo que tienes que saber de ante mano para seguir, te entrega un marzo con Piñera proclamando su candidatura y Moreira hablando del cielo mientras defiende el descanso impune del tirano. Disputas de partidos y de conglomerados aparecen dentro de nuestros pequeñísimos círculos de izquierdas de buena fe, porque esa es la verdad, no somos mayorías nuevas, sabemos con desconsuelo que el cambio no está hecho, que las libertades ni negociándose con los más radicales se conseguirán mientras sean eso, un negocio.

Ayer leí la historia de Canela Inbenjamín y no puedo dejar de pensar en la sociedad que estamos construyendo. Canela Inbenjamín, nombre usado por el performer transgénero Pablo Solís quien fue agredido por un grupo de seis personas hasta ver sangre, es un caso que conmueve con irascibles palpitaciones y los ojos cristalizados. Una historia que me lleva hace cinco años atrás cuando en la Posta Central después de casi un mes de agonía, Daniel Zamudio sucumbió. La historia de Canela me remonta a los miles de Zamudios que he conocido a lo largo de mi vida. Me recuerda que toda persona gay que conozco ha vivido (por lo menos alguna vez en su vida) el verse expuesto y violentado frente al cuerpo hegemónico de turno.

Canela nos recuerda que no estamos seguras, que seguimos indefensas. Que en las escuelas si no nos mataron, nuestros mismos pares y las autoridades nos quitaron la posibilidad de pensarnos iguales. Nos recuerda que nadie te enseña cómo ser y vivir de maricón chico, pero sí te dicen (en los medios de comunicación y en los textos escolares) cómo se es feliz en parejas heterosexuales. Nos recuerda que la perfomance está encerrada en cuatro paredes pequeñas, tanto o más pequeñas que las esferas de izquierda. Nos recuerda que ni en nuestros espacios más seguros estamos realmente protegidos. Canela y su historia nos recuerdan que la noche de Santiago no brilla como tanto se pinta, que esa noche aterradora pudo ser la de muchas otras que en el anonimato han guardado cicatrices.

Pensar en la violencia de la noche santiaguina es abrir un espacio que no queremos ver. Porque ahí, a la vuelta de la esquina, no hay Fundación Iguales que te ampare y enarbole banderitas de higiénica libertad. No estarán ahí defendiéndote los rostros gays de la televisión con sus lágrimas de sudor y rubor. La violencia homofóbica, lesbofóbica y transfóbica vive aún en las noches de Santiago, en los recreos del liceo, en los aires acondicionados de las oficinas o en los trabajos de sueldo mínimo. Silencios que sabemos y que como sociedad guardamos. Porque aceptarnos raros, maricas, camionas después de vomitarnos su normalidad encima es fácil.

“Mira ese de allá, es hueco.” Eso le dijo un estudiante nuevo a otro cuando me vieron caminando hacia un séptimo. Supe esto y me dio pena, no por el adjetivo, es lo de menos. Es por el contenido que arrastra el llamar “hueco” a un otro. Es esa forma en cómo ese “hueco” se escapa de su boca como la más fina naturaleza que Chile tuviera. Televisión, Iglesia y Estado, gracias por hacer de las personas homosexuales un ser tan aberrante que ya son incontables las formas despreciativas que alguna vez recibimos.

Por esto, parece que el sueño de nosotros como actores de cambio se nos derrumba frente a nuestras narices. Pensar que realmente formamos nuevas generaciones parece ser un ideal que contrasta agua con aceite cuando un epíteto como “hueco” aflora de la boca de uno de nuestros estudiantes, porque la suposición es fácil, y el camino corto ¿Qué distingue a los agresores de Zamudio de los agresores de Canela?, ¿Qué diferencia hay en la intención del “maricón culiao” que escuchó Canela en el ataque, del “hueco” que cucuchicheaba mi estudiante a mis espaldas? Y en definitiva, qué distinción se podría establecer frente todas estas formas de violencia homófoba, hijos sanos del patriarcado, criados a punta de televisión basura y estereotipos reproducidos por sus familias, con un lenguaje tan sexista como arrogante, tan violento como cobarde.

Duele darnos cuenta que ese país que soñamos, que los discursos de buena crianza del alcalde de Santiago en la conmemoración de Daniel Zamudio son sólo un saludo a la bandera. Duele profundamente cuando abrimos los ojos a los enjambres más profundos de nuestra miserable patria, porque así como Trump ganó por el voto silencio de la xenofobia y el conservadurismo yanki, acá pasará lo mismo. Nuevas elecciones nos darán cuenta que, este pueblo cansado de migajas, sigue aun así haciendo de los terroristas empresariales los representantes del Estado. Duele darnos cuenta que así como nadie nos dijo cómo crecer siendo mariquitas lindas, nadie nos dijo que el odio seguiría instalado como punto fundacional de este país de huasos quincheros.

Sin embargo, y contra el augurio golpista y miserablemente cobarde de estos seis matones, en las valientes palabras de Canela no hubo retroceso, hubo fuerza y templanza. En sus palabras machucadas por el odio irracional de la heterosexualidad dijo “ahora no podré estar en un escenario en meses”, y eso es suficiente para saber qué seguiremos.

Mírenos acá; somos los huecos. Las de las cicatrices de risas; las que conocen más de cincuenta sinónimos de maricón porque en la calle nos han gritado de todo. Somos empujones escolares, escupos en la cara, burlas de niño. María Tres Cocos incomprendida en el fútbol. El niño violado en el camarín de varones. El amigo gay llavero. Somos las lesbianas negadas por sus familias cristianas. Los DiMondos de la población. Somos lxs trans sin hogar. Somos las minorías que desde niñxs nunca supimos amar, porque nunca se nos enseñó que es también nuestro derecho el amor.

Somos esos huecos, esos huecos en pie de guerra.

Felipe S. Vega–Leiva
Profesor



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