Ataque químico en Siria o cómo justificar el bombardeo de EE.UU.

por Felipe Ramírez



Sobre Felipe Ramírez

Cerca de las 02:40 hrs de la madrugada (hora local) de este 7 de abril de 2017, la marina de guerra de Estados Unidos realizó un ataque con unos 50 misiles crucero Tomahawk contra la base aérea de al-Shayrat, en la gobernación de Homs. La excusa fue planteada durante varios días por los medios de comunicación, autoridades y dirigentes occidentales, incluida Hillary Clinton quien encabezó el desastre de Libia hace unos años: el supuesto “ataque con armas químicas” que habría realizado –sin prueba alguna que lo demuestre- el ejército sirio en la localidad de Khan Sheykhun, en el norte de la provincia de Hama.

Con este pretexto –que retrotrae de una u otra forma a esas “armas de destrucción masiva” supuestamente existentes en Iraq- el gobierno de Trump, que ganó las elecciones con el contradictorio mensaje de crítica a las intervenciones militares en Oriente Medio pero también a la “falta de decisión de Obama”, deja en claro desde el principio que no representa ningún cambio a la política estadounidense tradicional: defender sus intereses geo-estratégicos a nivel mundial.

Mientras escribo este artículo, la información disponible desde Siria es aún confusa. Si bien el ataque fue contundente, de acuerdo a fuentes sirias destacadas, en la base sólo habría una baja fatal entre el personal militar sirio, pero ninguna entre los militares rusos presentes. El blanco habría sido la pista, los depósitos de combustible y algunos hangares, resultando 15 aviones dañados.

No se sabe si los jefes del Congreso estadounidense fueron informados de la operación –aunque el senador republicano Rand Paul ya ha criticado el ataque por no contar con la venia del Congreso, señalando además que “nuestras intervenciones previas en la región no han hecho nada para hacernos más seguros y Siria no será diferente”-. Ni si el Presidente de la República Popular China, con quien Trump se encontraba cenando, o los líderes de Rusia o los aliados de la OTAN estaban enterados. Lo que sí sabemos es que por el momento Rusia no ha respondido, ni tampoco lo han hecho el gobierno sirio, ni tampoco los otros aliados: Irán y Hezbollá.

Es posible que todo haya sido una maniobra de Donald Trump para demostrar una diferencia contundente con Obama, y para que los halcones republicanos y demócratas dejaran de presionarlo sin necesidad de llegar a un verdadero enfrentamiento militar. Sin duda además, los importantes intereses económicos –el gas y el petróleo de la región, así como los proyectos de gasoductos y oleoductos- de las compañías de energía y también del complejo industrial-militar están presionando por elevar el conflicto y asegurar sus objetivos.

De lo único que podemos estar seguros es que quienes más se ven afectados son los civiles sirios, quienes ya han debido sufrir las consecuencias de seis años de continuo enfrentamiento entre fuerzas beligerantes locales e internacionales, en uno de los conflictos con mayor intervención extranjera que se haya visto en décadas.

Pero ¿por qué Estados Unidos bombardeó una base Siria después de tanto tiempo?

Las armas de destrucción masiva: otra vez

El relato de la oposición en el norte de Hama es simple: el pasado 4 de abril aviones de combate del gobierno atacaron con gas –sarín o cloro- la ciudad de Khan Sheykhun, causando decenas de muertos civiles, por lo que la comunidad internacional debe intervenir en el país en contra del ejército.

Sin embargo, hay demasiadas dudas respecto al relato de las fuerzas de oposición en el área, hegemonizadas por el grupo Hay’at Tahrir Al-Sham (antiguo Frente al Nusra, filial de Al Qaeda en Siria) y por Harakat Ahrar al Sham, ambos grupos jihadistas que combaten al gobierno sirio en la región de Idlib.

El primer problema remite al blanco elegido: la ciudad de Khan Sheykhun se ubica a 20 kilómetros del frente donde se combate, hace al menos tres semanas, luego de una ofensiva jihadista. Un ataque con armas químicas tan retirado del frente y de las concentraciones de tropas no tendría ningún efecto positivo para el despliegue del ejército y sus aliados.

El segundo problema tiene que ver con el momento: hace pocos días el gobierno de Estados Unidos había afirmado que la salida de Bashar al Assad del gobierno sirio no era una condición indispensable para cerrar el conflicto que se vive desde el año 2011 en el país, y en la zona de Hama el gobierno se encontraba en pleno contra-ataque, habiendo liberado casi el 90% de las localidades que los jihadistas habían ocupado en su reciente ofensiva.

¿Por qué se atacaría con armas químicas cuando por fin la presión internacional para terminar con el gobierno estaba cediendo, y cuando el ejército avanzaba en esa misma zona? Según una lógica estrictamente militar, y de haber sido realmente desesperada la situación ¿por qué los militares sirios no usaron las armas químicas cuando retrocedían ante los embates jihadistas en dirección a Hama hace tres semanas atrás?

El tercer problema es sobre los arsenales químicos en Siria. En 2013 un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia permitió la destrucción de los arsenales gubernamentales tras un confuso incidente en la periferia de Damasco –en la Guta Oriental donde incluso el diario El País aclaraba que había evidencia que apuntaba a los rebeldes -, justo en el momento en el que el gobierno había permitido el ingreso de inspectores de la ONU para investigar ataques con gas. Sin embargo, el gobierno no era la única fuerza combatiente con acceso a este tipo de armamento.

Por el contrario, tanto ISIS como los grupos jihadistas legitimados y/o apoyados por Occidente –Ahrar al Sham, el Partido Islámico del Turkestán, Jahbat al Nusra, Fatah Halab- tuvieron acceso a ese tipo de armamentos o los habían utilizado antes. ISIS ha hecho uso de ellos en Iraq de manera recurrente –gas mostaza, cloro-, y como mencionamos recién, los rebeldes sirios también.

Además, ya en 2013 la oposición armada siria tuvo acceso a parte del arsenal químico gubernamental al arrebatarle al gobierno el control de la base del Regimiento 111; fue Jabhat al Nusra, hoy Hay’at Tahrir Al-Sham, quien puso sus manos sobre esas armas en esa oportunidad, precisamente la fuerza que lleva el peso mayoritario de los combates en Hama.

Finalmente, la doctrina de combate de las tropas gubernamentales y sus aliados durante las últimas ofensivas jihadistas ha consistido en absorber el impacto del ataque, abandonar algunas posiciones, contener a las fuerzas de choque, bombardear los refuerzos enemigos, cuarteles y depósitos de armas, y contraatacar causándole la mayor cantidad de bajas combatientes a los contrincantes. Precisamente el bombardeo aéreo a Khan Sheykhun se inscribiría en esa doctrina ya que el blanco habría sido un depósito de armas.

La verdad es que el ejército sirio se encuentra avanzando en varios frentes contra las diferentes fuerzas jihadistas. Liberó recientemente Alepo y Palmira, y combate ferozmente en la periferia de la capital y de Hama. Por el contrario, Hay’at Tahrir Al-Sham ha sufrido fuertes derrotas que se han saldado con cientos de combatientes muertos, y como si no fuera suficiente, tanto en Alepo como en Hama fue su líder, Abu Mohamad al-Joulani, quien supervisó directamente las operaciones, por lo que su autoridad se ha visto debilitada.

Este “ataque” químico viene como anillo al dedo en un momento desesperado, cuando el Estado sirio volvía a legitimarse como la autoridad ante la comunidad internacional, que abandonaba la idea de sacar a Bashar al-Assad, y en medio de la negociación entre Qatar e Irán para un intercambio de civiles sitiados: la población de Zabadani y Madaya rodeados por el ejército y Hezbollah, por la de Fua y Kefraya, rodeados por jihadistas.

En esta situación ¿A quién le conviene lo que ha pasado? ¿A Rusia, Irán y el gobierno sirio? ¿O a la pléyade de organizaciones armadas jihadistas que han hegemonizado el campo opositor desde hace años con el apoyo de las monarquías ultraconservadoras del Golfo Pérsico y de Turquía? Un ataque químico carecería no sólo de toda racionalidad militar, sino también sería contrario a los intereses del gobierno sirio y de sus aliados, por no mencionar el acto criminal de asesinar civiles con armas prohibidas.

Todo indica por lo tanto, que lo que sucedió fue que el ataque aéreo apuntó a un depósito de armas en donde los rebeldes almacenaban parte de su armamento químico, lo que utilizaron rápidamente como propaganda para revertir su debilidad internacional y buscar revivir la estrategia de una intervención extranjera que les permitiera evitar la derrota militar. Precisamente lo que necesitaban, además, los halcones de la política estadounidense para conseguir un ataque a Siria.

Recordemos lo que se juega en los combates en Hama. No solamente es el control de una gran ciudad, capital de provincia con una importante base aérea militar, sino que también implicaría el peligro de unidad entre los jihadistas en Idlib y aquellos aislados en el norte de Homs, poniendo en peligro además Salamiyah y la ruta que une las fuerzas del gobierno con Alepo.

Por otro lado, en la zona de combates se encuentran varios pueblos de mayoría cristiana como Mhardeh y Suqaylabiya, los que están siendo atacados y bombardeados continuamente por los grupos extremistas. Serían esos civiles los que pagarían el precio de un avance jihadista, quienes continuamente utilizan armamento de la OTAN como los misiles antitanque TOW para enfrentar al ejército.

Como explicamos en una columna previa sobre la batalla de Alepo, no cabe duda que en esta guerra todos los bandos han cometido atrocidades y que quienes han pagado el precio de este desastre han sido los millones de civiles sirios. Queda esperar que el enfrentamiento internacional no siga escalando, y que finalmente puedan ser los sirios, sin intervención extraña, los que puedan decidir qué país quieren habitar, sin un fusil apuntándoles en la cabeza, ya sea de parte de jihadistas o del Estado del Baath.

Pero sobre todo, sin una intervención militar de la OTAN en el país, que tanto sufrimiento ha producido desde que sus tropas entraron en Afganistán hace 16 años, o hace 14 años en Iraq, o hace 6 años en Libia.



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