La ¿delgada? línea roja de Estados Unidos en Siria

por Sofia Brinck



Sobre Sofia Brinck

Cuando este jueves por la noche el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, salió a enfrentar a las cámaras –sin espacio para preguntas- para dar su declaración sobre el bombardeo con misiles a una base aérea en Siria, se unió a la larga y sombría tradición estadounidense de mandatarios autorizando intervenciones en otros países. No importa que esta vez no haya sido la declaración de una guerra propiamente tal, ya que en la práctica la consecuencia es la misma. Estados Unidos vuelve a entrar en Medio Oriente, aunque en realidad nunca se ha ido.

La decisión de situar el punto de quiebre en el uso de armas químicas no fue tomada por Donald Trump. Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, utilizó el concepto una “línea roja” hace casi cuatro años, cuando en 2013 hubo un ataque con gas sarín en Gouta donde murieron 1.400 personas. En ese momento, Obama amenazó con un ataque desde los barcos militares estadounidenses situados en el Mediterráneo (idea ante la que Trump se manifestó fuertemente en contra), situación que sólo se disolvió cuando el presidente sirio Bashar al Assad accedió a entregar su arsenal de armas químicas a las Naciones Unidas.

En los seis años de guerra, en Siria han muerto cerca de 400 mil personas, de acuerdo a una estimación que hizo el año pasado el enviado especial de la ONU para Siria, Staffan de Mistura. No es una cifra oficial, ya que las Naciones Unidas dejó de llevar un conteo hace varios años ante la imposibilidad de hacer un registro confiable en terreno.

Haciendo cálculos rápidos, esto nos da una estimación de 183 muertes al día durante los últimos seis años, un número terrible que debería bastar por sí mismo para llamar a la acción. Sin embargo, todas esas víctimas no parecen contar, ya que sus muertes son provocadas por los medios comunes de un conflicto armado. Sus vidas parecen no tener el mismo valor que quienes tienen la desgracia de encontrarse ante un ataque de armas químicas, ya que nadie rasga vestiduras por ellos. Finalmente, la delgada línea roja es muy gruesa y da para mucho.

Una advertencia sin marcha atrás

La noche de este 6 de abril Donald Trump hizo lo que Obama nunca quiso concretar: involucrar a Estados Unidos en el conflicto sirio.

El contexto de la decisión es, por lo menos, confuso. El pasado 4 de abril se registró un supuesto ataque con armas químicas sobre la localidad de Khan Shaykhun, ubicada en territorio rebelde, que dejó más de 80 muertos. La comunidad internacional calificó inmediatamente al gobierno de Bashar al Assad como el responsable, mientras que éste y Rusia apuntaron a un bombardeo a un arsenal de armas rebelde que contenía armas químicas.

La ausencia de corresponsales y enviados internacionales en terreno dificulta la verificación de las acusaciones que cruzaron de un lado al otro. Por una parte, no se entendería la motivación de al Assad de lanzar un ataque de este tipo que significaría un fuerte movimiento de condena internacional justo cuando su posición en el poder se había afianzado. Pero, por otro lado, un reportero del diario The Guardian que estuvo en terreno dos días después del ataque desmintió las versiones sobre el arsenal de armas químicas rebelde. Hay pocas certezas, pero eso no pareció importarle a la comunidad internacional a la hora de lanzar acusaciones de culpabilidad.

Como ha sido la tónica del gobierno del nuevo presidente de Estados Unidos, las últimas semanas han estado llenas de declaraciones contradictorias, la última de ellas sobre Siria. Según había dicho el secretario de Estado, Rex Tillerson, el pasado 30 de marzo, el destino “del presidente al-Assad debía ser decidido por los mismos sirios”, declaración que se distanciaba de la postura de Obama quien siempre había afirmado que no habría una salida negociada al conflicto con Bashar al Assad en el poder. Parecía que Estados Unidos se resignaba al cambio de dirección que había tomado la guerra y aceptaba a al Assad como un “mal menor” con el que lidiar.

Sin embargo, algo cambió y la prueba son los 59 misiles Tomahawk que cruzaron mar y tierra para hacer estallar la base aérea de al Shayrat, enclave importante de la aviación siria desde donde se habría lanzado el ataque del martes pasado y donde también opera la aviación rusa.

Luego del ataque, en el que murieron cerca de 10 personas según la prensa siria, Tillerson afirmó en conversación con los medios de comunicación que esta acción no significaba un cambio en la política de Estados Unidos hacia Siria, que era una acción aislada. Sus palabras son tan reveladoras como incomprensibles: el gobierno de Trump pretende dar una señal a Siria (y también a Rusia e Irán) sobre las cosas que no está dispuesto a aceptar, pero la forma escogida para hacerlo ya indica un nivel de involucramiento del que no hay marcha atrás.

Como respuesta, Rusia decidió suspender un acuerdo de cooperación que se había alcanzado con Estados Unidos para prevenir incidentes en el espacio aéreo sirio. Si bien no es una represalia concreta, deja abierta la posibilidad de “accidentes aéreos” entre los dos países, lo que podría hacer escalar las animosidades.

Sin embargo, es probable que Moscú no tome acciones más concretas como respuesta. Según el Pentágono, se les advirtió del ataque con anterioridad, lo que les habría permitido evacuar a sus tropas. No fue un episodio especialmente violento ni destructivo, a pesar de su importancia simbólica. No obstante, podría llevar al presidente Vladimir Putin a adoptar una postura más extrema con su par estadounidense, que ha coqueteado con intentos de amistad desde su campaña.

Justamente la próxima semana estaba prevista una visita del Secretario de Estado Tillerson a Rusia, la que supuestamente estaría marcada por las acusaciones de cyber ataques soviéticos a Estados Unidos. Con esto la atención se desvía de un tema desagradable y espinudo, que prometía largos enfrentamientos bilaterales.

Los cálculos de la oposición poco moderada

La decisión de tomar las armas e intervenir directamente ya supuso la entrada de Estados Unidos a la guerra. Habrá que ver ahora si las otras promesas del presidente se mantienen, como la de no verse envuelto en otra guerra o la negativa de mandar tropas a terreno.

Cabe preguntarse, además, por las consecuencias de ataques de este tipo. Miembros de la llamada oposición siria han agradecido la intervención y han pedido que se continúe con estas medidas. Sin embargo, ¿quiénes componen esta oposición?

Hace muchos años que en Siria el concepto de “rebeldes moderados” dejó de existir. Si bien fueron los protagonistas de las primeras movilizaciones contra el presidente y luego de los levantamientos armados que dieron paso a los enfrentamientos, hoy ellos ya no existen. En una guerra no hay espacio para la moderación y eso fue lo que entendieron estos grupos cuando se vieron entre las fuerzas del Ejército Sirio y de Al Qaeda o Al Nusra, y más tarde contra las tropas de ISIS.

Estados Unidos tenía puesta su fe en estos rebeldes. Los entrenó, les dio armas, les prestó sus sistemas de inteligencia. Pero no fueron suficientes. Y ante esto se cumplió una de las peores pesadillas de Washington: encontrarse como aliado de enemigos atávicos, como Al Qaeda.

Hablar actualmente de rebeldes, haciendo referencia a aquellos grupos originarios, es referirse a una realidad que no existe en terreno en Siria. Hay grupos opositores en el extranjero, como la Coalición Nacional Siria, los que finalmente no tienen ningún peso en la realidad de su país. Es por esto que la oposición al gobierno en el frente la llevan los jihadistas, lo que ha complicado aún más el juego de fuerzas del conflicto.

Con este ataque, Estados Unidos está dándole una mano a células del mismo grupo que derribaron las Torres Gemelas y que es la pesadilla de los estadounidenses. La destrucción de la pista de aterrizaje, los aviones y la infraestructura de la base aérea sólo detiene el avance del gobierno sirio a las zonas ocupadas, lo que beneficia directamente a los jihadistas que aún controlan partes del país.

En este escenario no se puede olvidar al otro factor que ha cambiado las relaciones de fuerza en Medio Oriente. Si bien ISIS ha perdido la fuerza con la que invadió Siria en un comienzo, aún mantiene control sobre parte del país. Donald Trump durante su campaña los calificó como uno de las mayores amenazas contra Estados Unidos y prometió tener un plan para destruirlos durante los primeros 30 días de su gobierno.

Han pasado casi tres meses desde que ascendió al poder y sigue sin haber novedades en ese frente. Sin embargo, Trump podría estar haciéndole un gran favor al grupo extremista de continuar la línea que comenzó a trazar este jueves al atacar a uno de los pocos factores que ha podido detener su avance en Medio Oriente. El gobierno sirio (apoyado por Rusia) y las milicias kurdas han sido las únicas que han logrado frenar a ISIS en terreno y lo han hecho replegarse. Obama contribuyó con bombardeos aéreos, pero la mayor parte del trabajo se ha hecho en terreno.

¿Qué hará Donald Trump en este caso? ¿Llevar sus propias tropas al campo de batalla -y que prometió no hacer-? No sería su primera ni última promesa rota, a pesar de que esta situación se ve muy poco probable ya que para declarar formalmente la guerra necesitaría permiso del Congreso de Estados Unidos (cosa que no requiere para responder a un ataque o amenaza puntual, como sería este caso ante el uso de armas químicas). Y si bien eso parece lejano en estos momentos, un buen contexto con los alicientes suficientes siempre son una buena manera de cambiar de opinión.

*Sofía Brinck es autora del libro “La guerra civil siria. La telaraña de influencias e intereses del Medio Oriente”.




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