Adiós para siempre, Ricardo Lagos

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Cómo puedes tener tanta falta de respeto conmigo, Ricardo Lagos, gritan miles de estudiantes en las calles al leer en las portadas de los diarios que el ex presidente se baja de la presidencial luego de haber “escuchado a la gente”. Cómo puedes decirme con tanta soberbia que no lloremos tu bajada, Ricardo Lagos, que “la vida continúa”, sin hacer la más mínima autocrítica al por qué los chilenos del hoy, los construidos por la política de tu gobierno, te damos la espalda. Sí, Ricardo Lagos, la vida continúa, y por eso estamos en la calle, porque estamos endeudados en el doble de lo que costaron nuestras carreras, porque a los que ganamos seiscientas lucas en el primer año de egresado nos cobran cien lucas de cuota, un sexto del sueldo, si nos atrasamos en el CAE. Sí, la vida continúa, continúa endeudándonos con intereses criminales pagados a los bancos, esos bancos que en palabras del presidente de su asociación, Hernán Somerville, te despidieron diciendo que “mis empresarios aman a Lagos”. Cómo no va a ser raro, Presidente, que hoy sea la calle la que te da la espalda y los empresarios demócratacristianos, socialistas y derechistas los que lamentan el fin de tu carrera salvadora que nunca debió comenzar. Que por respeto no debió comenzar.

La vida continúa, Ricardo Lagos, y nadie se va a suicidar por tu ausencia, no se va a derramar ni una sola lágrima por tu retirada. Porque ya es demasiado tarde. Porque ya se derramaron las lágrimas. Ya son muchos los que no pudieron continuar sus vidas, pero no por extrañarte, sino por sufrir la entrega despiadada de sus sueños a las garras del empresariado. Son miles los jóvenes que se salieron al segundo año de una carrera universitaria, o en el último semestre de una carrera técnica, y cuando quisieron regresar los bancos ya les tenían las sogas en el cuello; los mismos bancos que con tu modelo de desarrollo se beneficiaron, tanto como se beneficiaron los mercaderes que entraron al nuevo negocio del fútbol. Cómo puedes tener tanta falta de respeto conmigo, piensan los habitantes de Chañaral al mirarte derrotado y dando las gracias por la tele, cuando te recuerdan bañándote en una playa que definías como una “playa hermosa”, de las “mejores aguas”, y hoy deben temer por las 220 megatoneladas de residuos mineros en el entorno de la playa, residuos que contienen cobre, níquel y arsénico que potencian la “sintomatología respiratoria crónica, equivalente al doble o casi el triple respecto de lo que pasa en el resto del país”, según la doctora de la Universidad Católica, Sandra Cortés. ¿Gracias por qué, Ricardo Lagos? Se preguntan los antofagastinos, los vecinos del Cajón del Maipo afectados por la contaminación producida por los proyectos de Andrónico Luksic. Cómo te íbamos a creen la reinvención del progresismo, increpan los movimientos sociales de esas comunidades, cuando leen que fue el propio Lagos con su gobierno el que autorizó un préstamo por US$120 millones a Luksic para comprar el Banco de Chile, inversión que le permitió a Luksic expandir sus negocios hasta nuevos dominios de la naturaleza. Cómo creerte otra vez, estadista Ricardo Lagos, el de las instituciones que funcionan, luego de leer en el libro Poderoso Caballero de Daniel Matamala que fue tu propio liderazgo político el que presionó a funcionarios de gobierno y a organismos antimonopólicos para favorecer la concentración del negocio de las comunicaciones en Telefónica, y el de la energía en Endesa. Cómo íban a volver a creer en ti, Ricardo Lagos, los chilenos y chilenas insultados a diario por la desigualdad cuando comprueban que tú la potenciaste, que tú allanaste el camino a los más simbólicos representantes del 1%, esos que nos hostigan llamándonos por teléfono cada media hora para cobrarnos alguna deuda. Esos chilenos son los que te estancaron en el 3%.

No Lagos, no. No hay nada que agradecerte en esta segunda aventura presidencial. Porque a tus casi ochenta años, en la permanencia de tu sed de poder, lo único que hiciste fue remecer heridas, fue activar en el odio a esos viejos que tienen su única realización en el amarrarse a un megáfono en las marchas contra las AFP, esas AFP que declaraste como exitosas después del lanzamiento de los multifondos. No había espacio para creer, dicen los viejos exonerados que te protestaron por sus pensiones de miseria, a quienes les dijiste que en tu gobierno ibas a reparar el daño causado, y que todavía esperan tu respuesta. No había espacio para creer en tu restauración democrática, en tu moral socialdemócrata, piensan las abuelas abusadas por las colusiones -esas colusiones a las que decidiste dejar de castigar con cárcel-, esas abuelas que cuando se sientan en la parte de atrás de una Transantiago se azotan todos los huesos en micros destartaladas, esas “señoras Juanitas” que ya no te asienten sonrientes cuando recuerdan que ese Transantiago se construyó en base al dominio gubernamental de los tecnócratas.

No, Ricardo Lagos, no había espacio para creerte otra vez, porque muchos recuerdan más lo que repudiarte que lo que aplaudirte, porque son miles los que hoy deben olvidar sus sueños de realización por ese legado, el de la idea sagrada de entregar el progreso de un país a la acumulación del capital en unos pocos, para que después los pobres esperen el chorreo. Sí, Ricardo Lagos, la vida continúa, pero si es una vida vinculada con lo peor de tu obra, es una vida amarrada a 240 cuotas, con colores españoles. Una vida en autopista que en la esquina de tu casa te cobra dos peajes. Adiós para siempre, Ricardo Lagos.




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