Homenaje a Lugares que Hablan

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

“Aquí quedamos los que estamos haciendo patria nomás po”, dice uno de los tres habitantes que quedan en Tacora, a 5.800 metros sobre el mar, un poblado de tierra que supo contener a cincuenta familias y que hoy resiste el paso del tiempo en el norte de Chile. “Son setenta años de abandono”, repite el viejo sobreviviente, mientras relata a qué correspondían las ruinas de la azufrera de Aguas Calientes que alguna vez dio trabajo y progreso a toda una República. Nostalgia, desolación y olvido en un rincón del país detenido en el tiempo, abstraído del consumismo, de la violencia del mercado, de la velocidad del hoy y del mañana, de la voracidad reinante en nosotros mismos. En ese espacio de un hombre, de una mujer pastora observando en paz a sus cincuenta llamas y sus treinta alpacas, está el corazón de “Lugares que hablan”, el programa conducido por Pancho Saavedra que cada sábado nos hace preguntarnos por qué nos quedamos viendo la tele con arraigo, con ternura, con cálida paciencia. Y la respuesta la dan los mismos rincones y sus gentes, las trabajadoras que se quedaron siempre en el campo, orientando sus días por la sombra proyectada por el sol, alentando a hijos y sobrinos a seguir ordeñando a las vacas, metiendo las patas en el barro para evitar el naufragio de una forma de vida.

Por eso nos quedamos viendo “Lugares que hablan”, por eso no volvemos a la risa efectista de Morandé con Compañía, por eso las mamás, los tíos, las familias están prefiriendo ver un programa de categoría “cultural” en lugar de una comedia sexy; porque en el espacio conducido por la empatía de Saavedra reconocemos que no es necesaria una complejidad mayor para sentir lo que es cultura, pues cultura es reconocernos a nosotros mismos, es encontrarnos con una abuela que vive junto a un río, con un huerto propio y sus gallinas, y acongojarnos por lo simple que puede ser la vida, alejada de los vicios de la competencia que nos bombardea a cada segundo en el torbellino de la urbe.

“Lugares que hablan” es un programa que también inspira, mueve a buscar en nosotros la posibilidad de realización, pues sus personajes, cargados de realidad en sus rostros, en sus arrugas y en sus lomos agachados, muestran que lo pleno no tiene por qué ser una proeza plagada de medallas obtenidas en triunfos en trabajos rimbombantes, en títulos y diplomas universitarios; la realización puede estar en la más simple convicción de hacer la vida con agrado, en cosechar la uva con cuidado, en hacer una artesanía con esmero. Y ahí es cuando todos en casa, en el intento de un descanso esquivo, ese descanso que se esfuma cuando las horas extras de trabajo nos reducen en la metrópolis, nos detenemos un par de segundos, con una cerveza o un tecito en la mano, a pensar en qué pasaría si de una vez por todas mandamos todo a la mierda, al jefe y los avatares de la industria, y nos vamos con camas y petacas a buscar suerte, de vuelta, a vivir de nuestras cosechas junto al cerro que se aparece en nuestros sueños, como lo hacían nuestros tatas, en la calma efímera de las noches.

“Lugares que hablan” no sólo cautiva por mostrar imágenes bonitas, paisajes turísticos hermosos, de revista, pues la belleza de los cielos despejados y los bosques verdes sólo adquieren brillo, real sentido, cuando se conectan con personas, esas que pueden valorar “la tranquilidad que no se paga con nada”, esas que con la emoción provocada por el recuerdo de los pocos vecinos que han partido, transmiten noción puro de comunidad, de necesidad de estar conectados con los otros, para compartir con alguien la cazuela, para celebrar en compañía el nacimiento de un nuevo potrillo. “Lugares que hablan” opta por ir a buscar los lugares botados, no se queda en la foto en La Portada, en la postal de las Torres del Paine; se mete en la casa más pequeña de la cuadra, para que los que más se saben las leyendas de la zona de una vez por todas hablen.

Por último, “Lugares que hablan” nos conecta siempre con una idea que no debiera sorprendernos, pero que lo hace: la idea del agradecimiento, idea que construye toda una atmósfera, recíproca, una atmósfera en que los visitados dan las gracias por el cariño, por la preocupación de un país representado en un micrófono que da voz; y una atmósfera en que también los visitantes –donde los espectadores nos incluimos mágicamente- agradecemos a los dueños de casa por mostrar su intimidad, sus orgullos y sus miedos, sus soledades aceptadas, su añoranza de tiempos mejores, su perplejidad ante la fatalidad. La fatalidad que amenaza sus propias vidas cansadas, vigorosas y cansadas, y también la fatalidad que acecha a lo que sus formas de vida representan: la posibilidad de vivir de una manera distinta, tranquila, apartada, autosuficiente.

Quizás por todo esto y muchas más razones que sólo las señoras, los viejos, y los jóvenes que se quedaron sin carrete pueden dar, es que “Lugares que hablan” está venciendo a “Morandé con Compañía”; por el aburrimiento de la jocosidad ficticia, por el placer de deslumbrarnos con lo natural. Lo natural que no es sólo un conejito recién nacido en una parcela de Los Ríos, no es sólo un lago esplendoroso junto a un volcán en La Araucanía, sino también el discurso -ajeno al prejuicio y la violencia- de hombres y mujeres honestos que con el paso de los años, en Chile, se nos van acabando.

Cuando en la televisión chilena -que tanto se equivoca y que con fuerza siempre criticamos- aparece algo bueno, es a lo menos justo mencionarlo. Homenaje a “Lugares que hablan”. Nobleza obliga.




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