Agustín Edwards murió como una rata

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

El senador UDI Hernán Larraín dijo que la vida de Agustín Edwards “dio un testimonio de libertad”. Rojo Edwards aseguró que el dueño de El Mercurio fue un “defensor de la libertad”, y yo me pregunto ¿cómo puede haber tanta ceguera emocional, tanto descrédito por la vida, como para poner por delante el libertinaje económico azuzado por el quinto Agustín de la dinastía, ese libertinaje que sigue hasta hoy dando rienda suelta a la explotación y la desigualdad, en lugar de la protección de un cuerpo, en lugar de decir la verdad? ¿Sabrán Larraín y el Rojo Edwards quien es Marta Ugarte, la mujer comunista de 42 años, asesinada y desaparecida por la Dina, en 1976, y presentada por El Mercurio como una bella joven ultimada en un crimen pasional? ¿Tendrán cara para hoy pararse frente a los familiares de la dirigenta y decirles que Agustín Edwards fue un defensor de la libertad? No, no tienen cara.

Hoy murió Agustín Edwards, y lo hace dejando la estampa de lo peor que tiene Chile, la hipocresía y propagación de la mentira de la que gozan, sin pudor ni castigo, los amparados por el poder, el poder económico que se protege dictando pautas y lavando cerebros en editoriales de alcance nacional, y el poder político que hasta el día de hoy no ha sido capaz de sacar un poco de la plata que le entrega en publicidad al duopolio de la prensa escrita –más del 80%- para financiar voces comunitarias y públicas.

Murió Agustín Edwards y con él no se lleva un legado de Justicia y Libertad, se lleva los vejámenes provocados por el millón de dólares que le entregó la CIA para profundizar un clima golpista, se lleva la condena de muerte que propagó con su portada “Ubicar y Detener”, se lleva el designio que no le entrega nadie más que la historia, el de ser recordado como el principal “cómplice pasivo” -al decir de Piñera- de la más cruel dictadura latinoamericana, el de llevar en la mirada la convicción de los agentes de la perpetración del crimen.

Se va el último Agustín y su “libertad”, la de la portada más indigna en la historia de la prensa chilena, la que en base a un burdo montaje, el de hacer creer que miristas se mataron entre ellos en Argentina, justificó la masacre cobarde de 119 chilenos y chilenas en la Operación Colombo.

No, por ningún motivo ha muerto un símbolo de la libertad, ha muerto un símbolo de opresión, sangre y chantaje; ha muerto un peligro para la paz de una República, y ha partido –paradójicamente- como lo hacen las ratas, con informaciones desmentidas, con retraso en el reconocimiento de la extinción, expulsado, como rata, del Colegio de Periodistas de Chile, por su rol de promotor de una dictadura, el mismo rol por el que tuvo que declarar ante la Justicia para los 40 años del Golpe, el mismo rol por el que jamás pidió perdón.

Murió Agustín, dejando todavía viva la impunidad, la injusticia y la venganza que activan los que tiene mucho cuando se levantan los que tienen pocos. Murió Agustín, y en algún lugar lo esperan Pinochet y Manuel Contreras, en algún lugar del universo donde deambulan los humanos al servicio del genocidio y el terrorismo.




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