No nos vean la cara de estúpidos: cuando ganan los empresarios, no ganamos todos

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

En los primeros cuatro meses de este año las AFP ya han ganado $116 mil millones de pesos ¡116 MIL MILLONES DE PESOS, ,equivalentes a más de mil casas de cien millones! de los que buena parte van al bolsillo -si así lo desean- de empresarios e inversionistas que por ley no tienen que preguntarle a nadie si usan la plata de nuestros sueldos para apostarla en lejanas bolsas y extrañas empresas del mundo, apuestas de las que podríamos salir miserables si no tienen suerte. Pero según las AFP, no tenemos que preocuparnos, tenemos que felicitarlos por sus nuevas riquezas, porque cuando a ellos les va bien “todos ganamos”, como dijo Habitat, AFP que solita se enganchó $33 mil millones. ¿Perdón? ¿Ganamos todos? Cómo no les da un poco de pudor al defender sus ganancias, cuando trabajadores que están a punto de jubilarse con ciento cincuenta mil pesos van a tener que morderse los labios de impotencia al enterarse que ninguno de esos miles de millones pasarán por su cuenta, porque su platita entregada al criterio ajeno de inversión no tuvo a tiempo los suficientes golpes de suerte en tómbolas de especuladores internacionales que ni siquiera saben dónde quedan.

Cómo no les da un poquito de vergüenza el justificar el aumento de sus riquezas diciendo que cuando ellos ganan todos ganamos, sin hacerse cargo del universo de diferencia entre una empresa de grandes capitalistas y un trabajador que nunca salió del sueldo mínimo. No les da vergüenza no detenerse en que cuando en lugar de ganancias hay pérdidas, los trabajadores son condenados a la vejez en la pobreza de inmediato, mientras ellos se reguardan en los otros negocios que les han permitido hacerse más ricos pese a los vaivenes, negocios sustentados en lo ganado con las apuestas realizadas por fichas que no les pertenecen, las fichas sustraídas de varios días semanales de nuestro esfuerzo en fábricas y colegios. Fichas que nosotros no hemos podido usar para hacer nuestros propios negocios e inversiones, porque estamos imposibilitados de sacarlas. Por moral, no pueden decir que cuando ellos ganan todos ganamos, y que cuando nosotros perdemos ellos también lo hacen, porque no pueden eludir la realidad más dramática de su abuso: ellos están protegidos de los vaivenes y turbulencias, protegidos por los castillos de más y más negocios construidos con el sudor de nosotros, los trabajadores entregados sin opción al destino que decidan los huracanes desatados por las caídas de una bolsa o la quiebra de una empresa. No pueden decir que cuando ellos ganan, ganamos todos, porque en la crisis de 2008, cuando ellos pese a todo ganaron -marginalmente-, los cotizantes perdimos hasta un 40% en el fondo A, por ejemplo.

A este país de viejas y viejos amordazados, de trabajadores convertidos en el botín con que los mercanchifles especuladores juegan a ganar más plata, debería darle vergüenza que algunos sigan ganando tanto a costa de nuestras manos atadas. Porque es a costa de nuestras manos atadas que las aefepés este año sean más ricas que a fines del año pasado, cuando las mayores marchas de la historia postdictadura les exigieron su fin. Es a costa de nuestras manos atadas, impedidas de decir que no al cobro de Aguas Andinas, que la empresa que no ha invertido lo suficiente para evitar cortarnos el agua cuando llueve haya ganado en 2016 $154 mil millones. Es a costa de nuestras manos atadas, por una Constitución que permite que el derecho a la salud se convierta en el derecho al negocio, que las isapres a inicios del 2017 sean $51 mil millones más ricas que hace una temporada.

Pero que no se hagan los vivos. No nos hagan creer que sus ganancias son también de nosotros, porque cuando ustedes recogen sus nuevas monedas de oro, esas en las que sus talentos “emprendedores” y sacrificios intelectuales poco y nada tuvieron que ver, no mejora ni tangencial ni sustancialmente la calidad de vida de quienes entregaron sus cuerpos y sus mentes al trabajo desde el que sacaron las pepitas del nuevo oro que hoy cuelga de sus cuellos.

Sus ganancias no son compartidas, no les falten el respeto a la gente. Como tampoco son compartidas las ganancias del retail, la panacea de las principales fortunas de Chile, área en el que Falabella -donde invierten las AFP, con nuestra plata- ganó $609 mil millones en 2016, área en la que Ripley ganó $165 mil millones más que en 2015, en la que Cencosud -también objeto de las mayores inversiones de las AFP- hizo crecer en $155 mil millones su rendimiento en comparación con el año anterior. No, en las grandes empresas donde se cocina la desigualdad de Chile, no son compartidas las ganancias. No, cuando llueve fortuna, nos caen a todos las monedas de oro en el país en que los gerentes ganan veinte millones al mes y el 53,2% de los trabajadores y trabajadoras gana menos de $300.000 líquidos, según la Fundación Sol.

Mientras se sigan echando a la billetera una riqueza obtenida de la leche que nos ordeñan día a día a los trabajadores, pagando sueldos de miseria, y luego pensiones de hambre, no nos vean la cara de estúpidos diciendo que ganamos todos cuando ustedes, los empresarios, son los únicos que ganan.



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