Repudio a estar cesante

por Sebastián Flores



Sobre Sebastián Flores

Editor general de El Desconcierto.

Son las 13 horas y recién me estoy despertando. Anoche me quedé despierto hasta las 5 am, alternando series de Netflix -las cuales veo con una cuenta que no es mía- y una constante y casi enfermiza revisión de mis redes sociales.

Abro el notebook que dejé en el piso antes de dormir y me meto al correo. Ninguna novedad, ninguna respuesta a las decenas de correo con la leyenda “Adjunto CV, quedo atento a su respuesta”. Me deprimo, abro Facebook, Twitter e Instagram y me deprimo un poco más. Me levanto y me hago un arroz desabrido con un par de vienesas. Mientras almuerzo veo otro capítulo más de la serie en la que estoy en maratón sin parar hace tres días. Busco alguien con quien chatear, así que le hablo a un amigo que es jefe en su oficina. Está tapado en pega, pero me dice que nos tomemos una chela más tarde, si es que tengo tiempo. Claro que tengo tiempo, pienso, tengo demasiado tiempo.

Nos juntamos en una schopería y pedimos un pitcher. Me pregunta en qué ando y le cuento mi drama, le cuento que es penca estar así y que puta, igual si sabí de algo me avisái, porfa. Me contesta que obvio, pero que igual está difícil, que en su trabajo no hay cupo para más gente, que incluso la semana pasada le pidieron que echara a un colega con el que igual se llevaba bien y que no hay día en que no le llegue al menos un currículum a su correo. Me deprimo otro poco, pero me cuenta que más tarde tiene un carrete y que vamos, yo te invito.

Llegamos al lugar y me encuentro con varios ex compañeros de la U que no veía hace tiempo. Me preguntaron en qué estaba y les dije que puta, estaba en una pega pero me fui, mi jefe me tenía chato. Me respondieron con un “ahh, chuta” que apenas lograba ocultar el dejo de lástima o incomodidad que les provocaba mi situación. Lo peor de todo es que lo que les digo no es verdad, así que les trato de cambiar el tema para evitar seguir mintiendo.

La verdad es que no renuncié, me echaron. Un día mi ahora ex jefe me llama a conversar y se sincera: no puedo seguir manteniéndote en la empresa, la situación económica esá complicada y de verdad que lo siento, pero te tenemos que dejar ir. Como no tenía contrato -estuve más de un año boleteando, perfectamente lo pude haber denunciado a la Inspección del Trabajo, pero nunca lo hice porque igual estaba comprometido con el proyecto- me fui sin ninguna indemnización.

Que te despidan es una sensación muy parecida a cuando te patea una pareja. El dolor está mezclado con algo de humillación que, cuando le cuento a otras personas, trato de ocultar diciendo que estoy tranqui y que ahora voy a tener tiempo para mis proyectos o para salir de viaje (¿con qué plata?). Puros eufemismos y mentiras para evitar mostrar el digno resentimiento que siento. Más porque a la semana de que me echaron mis ex compañeros de pega subieron una foto a Instagram almorzando con el hueón que me reemplazó. Y ahí me doy cuenta que la razón por la que me echaron no fue económica, que hace rato me querían reemplazar y que cómo no me di cuenta, si era obvio y todos ya cachaban menos yo.

La cesantía es como estar de vacaciones, pero con preocupaciones y angustias constantes. Estos días me he sentido como una rata. A mi polola le va bien en su trabajo y me da un poco de envidia, también siento que me mira con lástima y que en cualquier momento me va a dejar, me va a dejar por ese amigo de la oficina del que siempre me comenta cuando salimos a comer. El mozo trae la cuenta y antes de cualquier cosa me dice “yo te invito”. En realidad ella es bacán, pero no puedo evitar sentirme una basura.

Ya llevo cuatro meses así. Tuve que volver a vivir con mi familia porque no me alcanzaba para el arriendo con los cabros que compartía departamento. Mi mamá toca la puerta de mi pieza y me pregunta si quiero tomar once. Me siento un parásito, pero de todas formas le digo “bueno, mamita”. Me meto un rato a Twitter y veo a una amiga de izquierda poner “Hablan contra el capitalismo y la explotación laboral y no le han trabajado un día a nadie. ¡Coticen! (y báñense)”. 25 retweets y 43 favoritos, entre ellos varios de mi grupo de amigos. Yo nunca he cotizado (en ninguna de las cuatro pegas en que he estado me han contratado) y estos días casi ni me he bañado. Me salgo y abro el correo a ver si ha llegado algo. Nada todavía.

Entonces me recuesto y miro al techo y pienso que tengo el privilegio pequeño burgués de sólo sentir vergüenza, porque allá afuera hay varios que no se pueden permitir dormir hasta tarde como yo, que no tener pega es no tener para comer o para mantener a tu familia. Y ellos se levantan temprano y van terneados a dejar currículums en locales comerciales, en agencias o en oficinas que publicaron en los avisos económicos de El Mercurio: “Se busca personal para una empresa líder, presentarse formal”. Y buscan pega en lo que sea, de guardia, de reponedor, de ayudante de cocina, porque no están los tiempos para darse el lujo de trabajar en lo que a ti te gusta. Y pienso en eso y de nuevo me encuentro penca por estar tirado no haciendo nada, así que voy a buscar pega en algo que no estudié nomás.

Eso, mañana iré a dejar mi currículum a una agencia donde están buscando vendedores de cámaras Sony en el Ripley del Mall del Centro. Qué vergüenza si acá tampoco me contratan.




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