Chile against the machine

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

No hay nada más frustrante que ahogar un grito de gol. No hay nada más lamentable que haber alcanzado la gloria, haber puesto el alma entera en un desahogo, alzando la vista al techo para imaginar los rostros de los hijos, del papá en su día, de la mamá desbocada en la casa, y que el árbitro te diga que tu descalabro fue en vano, que los latidos frenéticos de tu corazón quedaron en el olvido, secos, fuera de las cifras oficiales, lejos de la conquista de un objetivo. Pero hoy la negación arbitral fue extraña, desconcertante. La negación de la gloria nos dejó estupefactos, incrédulos, porque la sentencia vino después, y vino desde una máquina, desde un lugar desconocido. Tres, seis, diez segundos de incertidumbre que nos alejaron de la humanidad, del código más auténtico del fútbol, ese código tantas veces injusto, que tantas veces nos ha apuñalado, que resuelve dudas en microsegundos, en conversaciones a garabato limpio con el referee, que es una persona, en discusiones acaloradas y pechos alzados, de personas. Cuando le dijeron a Vargas que el estremecimiento de sus músculos gritando “gol conchetumare” no valía, no entendimos qué pasaba, no entendimos porque no había ojos a quien reclamar, nos quedamos mudos, el diálogo había muerto ante la voracidad invisible de un sistema infalible. Fue la primera vez en que nos enfrentamos a una decisión sin sangre, sin nacionalidad, sin carne ni huesos para gritar maldito y desgraciado Bochardó.

Y algunos sentimos que mataron al fútbol, que sin los errores y certezas más finas decretadas por seres humanos dentro de una cancha se convirtió en un nuevo fútbol, uno al que Vidal, Alexis y Vargas se tuvieron que acomodar, reponer. Y el segundo tiempo fue así, Chile against the machine, los cabros contra la máquina y su sicología; y Arturo, el que menos quiso aceptar el juicio de la exactitud fotográfica, esa certeza inequívoca que no llegará a los barrios, que no imaginó cuando hace semanas entrenó en su club de población, venció a la tecnología con la misma herramienta con que hoy fue amenazado, increpado, con la herramienta de la perfección. Y así alzó el vuelo para conectar como en los juegos de consola un pase a la cabeza de un Alexis igual de preciso. Disparo de Alexis en el momento exacto, salto de Vidal y giro de cráneo con cálculo matemático, y la máquina ya no pudo hacer más nada, máquina que se quedó con sus inyecciones de nerviosismo abortadas, porque frente a esa precisión, ese análisis del tiempo y el espacio que da una vida entera soñando con ser campeón del mundo, las máquinas no pueden hacer nada. Y nadie recordó al VAR, nadie quiso siquiera imaginar en la posibilidad de una nueva pausa para quizás qué revisión. Ni el invento más innovador, ni el árbitro más valiente se atreverían a cuestionar la perfección cuando es una obra humana, cuando es arte; cuando la hacen niños que aprendieron en los potreros más mugrientos de sus comunas que lo más bello, eso que surge cuando se conectan dos personas por una sincronía mágica en torno a una pelota, ni el árbitro más saquero ni la máquina más fina puede cuestionar. Porque la obra humana perfecta tiene un poder indestructible.

Así ganaron hoy los cabros que se criaron sin celular. Hoy fue Chile Against the machine. Y Chile y la humanidad de sus pergenios más talentosos vencieron. A la machine, a los designios tecnológicos que a cualquiera pueden paralizar hasta la muerte y la derrota; a cualquiera, menos a la alegría del crear de Alexis, Vidal, Edu Vargas, Leo Valencia y compañía.



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