Pastor Soto y nuestro trapo de inmundicia

por Felipe Vega Leiva



Sobre Felipe Vega Leiva

He visto lesbianas con la multicolor en la espalda.
He visto homosexuales izando la bandera con alegría después de años de clóset.
He visto transexuales con banderas de sus propios colores, reivindicado espacios corraleros en las organizaciones de gays machistas.
He visto homosexuales negando la bandera en sus manos, acusando la homogenización de las diversidades; y de paso levantando otras. Más oscuras, menos queridas.
He visto la bandera gay en manos de ricos y pobres. Con palabras académicas y coloquiales. Entre blancos y negras. Entre latinas y mulatos.

He visto la bandera fleta colindando las de partidos políticos. Fusionada con un Cultrún. Abrazando una bandera patria de país tercermundista. He visto la bandera cola sobre las fotos de facebook cuando los homosexuales del primer mundo lloraron sus pérdidas.

He visto la bandera gay en campañas presidenciales. No olvido la voz machota “él será nuestra voz” del joven Larraín aferrado al brazo de un Piñera inseguro, que ocho años más tarde, hoy, con la prepotencia de la impunidad ante la ley, nos niega derechos y se ríe de las mujeres a usanza.

He visto la bandera deshilachada. Recién impresa. Importada desde China. Cocida por manitas esclavas en un país perdido del oriente pobre. He visto la bandera proyectada en la Moneda en los últimos años, y conozco las banderas clandestas que colgaron con miedo en los años tristes de esta patria, ocultas en las fiestas silenciosas donde la “peste gay” podía por fin amar.

Sé de los seis colores esparcidos con caudal de sangre por el General Ibáñez, y creo que el discurso de esta larga y angosta franja cambia cuando nos conmocionamos mes a mes con las muertes tristes de nuestros pares, asesinadas en nombre la ignorancia, la inquisición.
Asesinados en nombre de otra bandera. De otra patria.
Asesinadxs en nombre de Dios.

He visto el uso de la bandera denominada Hueca.
He visto el fulgor del fuego disidente en contraposición a la alegría del orgullo gay.
He visto rivalidades por la bandera, “porque no me representa”, “porque no hay comunidad”, “porque soy lesbiana y no gay”, “porque soy oso y no maricón”, “porque soy feminista y no heteronormado”, “porque soy más oprimidx que tú” “porque soy pansexual y tu bandera me limita”.

Sin embargo, ¿qué diferencias de éstas puede conocer el Pastor Soto?, ¿sabrá que hay mujeres lesbianas que tienen hijos?, ¿conocerá la realidad y las limitaciones legales y el restringido acceso a salud y educación de las personas trans?

He visto shows televisivos. He visto violencia en la televisión.
He visto ignorancia; pero no quisiera ver más al Pastor Soto. Con esa tribuna, con ese despilfarro de oxígeno, dándonos la razón a cuando decimos que no toda opinión es válida.

He visto risas. He visto llantos.
He visto la comparativa que hacen de la bandera del Pastor con la bandera del Cuzco ¿y qué?, ¿deja, dentro de su misma ignorancia, de ser un discurso violento?
Con tanta diferencia dentro las diversidades, ¿Deja acaso de ser violento?
¿Deja de ser violento contra quienes siendo distintos no reconocen como propia la bandera de tres colores? Porque es fácil decirse más distinto que los distintos de siempre, pero para el Pastor Soto no hay disidencia que valga, no hay diferencia entre bisexuales y pansexuales, entre maricones ricos y fletos pobres, entre lesbiana machorra y tortillera femenina. Entre travesti y transgénero. Entre camión y taxi boy.

Para el Pastor Soto todxs aquellxs que deseamos y amamos distinto a él, merecemos el juicio de su dios. Para el Pastor Soto, sea o no sea la bandera hueca que a algunas diversidades representa, estamos todos condenados bajo los pies de su señor. Todos iguales en su barrido moral contra la “ideología del género”, el trapo de inmundicia con el que prometemos nunca más dejarnos pisar.

Felipe S. Vega-Leiva
Profesor



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