Homenaje al fútbol de antes y a don Justo Villar

por Javier Manriquez



Sobre Javier Manriquez

Fútbol millenial. Fútbol moderno, inmediato, fotogénico. Fútbol de internet, de memes, de instagram, de VAR. Fútbol millenial, fútbol aldea global, fútbol de México, de Europa, de China, de Emiratos Árabes, de grúas, de jóvenes promesas, de videos de youtube. Fútbol joven, eternamente joven. No hay espacio para los ídolos en el fútbol millenial, no hay espacio para el tiempo, no hay espacio para la experiencia, todo es rápido, todo es pirueta, todo es reguetón y todo es story, con la bandita, para las selfis, tuiteando en dos idiomas. Messi se lo llevó el Barcelona cuando todavía no cambiaba la voz, el chico Odegaard firmó por el Madrid antes de empezar a creer que sus papás estaban equivocados. Fútbol rápido, fútbol económico, fútbol tan político que Budweisser cambia la política, porque no importan las leyes hay que vender cervezas, en Sudáfrica, en Rusia, se logran acuerdos para vender alcohol en los estadios, a pesar que la legislación vigente dice lo contrario. Así de poderoso, así de liviano. Igual que un billete de diez lucas, vale muchísimo, pero no deja de ser un papel que se vuela con el viento, que sirve para muchas cosas, pero no da un abrazo ni anota un gol de tiro libre. Fútbol rápido, reconvertido, donde la pelota no va siempre al diez sino donde los poderosos, los que invierten, donde no quedan diez, sino unos pocos, que no saben de fútbol, que saben de números pero no de cariños, que compran, y venden, buscando volver a vender, más camisetas, más jugadores, las juveniles como minas de oro, para vender más jóvenes, porque los chicos sueñan con llegar a Europa. Qué niño o niña sueña con jugar en Colo Colo, en la U, o en Católica, qué niño sueña con jugar en la Unión, como su viejo, o en el Tino, o en el Audax, como el abuelo, el tío, y cuántos sueñan con llegar al Arsenal, al Bayern. El fútbol chileno como un trampolín, una etapa, un remedo, donde un grande ya no es tan grande, ni siquiera mediano, donde un grande es una vitrina, igual que un mall, una vitrina más grande y más bonita, para que se lo lleven ojalá bien lejos, para asegurar el futuro, como si lo tuviéramos tan cierto como si pudiéramos de alguna manera asegurarlo, pero se van, se quieren ir, y la familia sueña con verlo vestido con unos colores, pero él sueña con la plata, con comprar, con regalar, casas, autos, cortes de pelo, con salir del círculo de la pobreza, con “triunfar” en el extranjero, como si la vida aquí fuera un fracaso, como si Chile fuera en sí mismo una derrota para todas y todos. La derrota como un fracaso, el fracaso como un rival ansioso y en todas partes, el fútbol millenial le teme y le rehuye porque le aterroriza la espera, le angustia la paciencia, le teme al dolor; para el fútbol millenial la alegría se reserva sólo para el triunfo por goleada, aplastante, el fútbol millenial no entiende el fútbol, pues todo es pasajero: sin pena. Pero el fútbol es un espejo y este mundo es triste, es feliz y es triste, y duele, duele como una derrota injusta, duele como un gol mal cobrado, duele como un gol en offisde, y alegra, alegra porque veníamos mal y le ganamos al puntero, alegra como un campeonato perfecto, y tiene matices, porque no es lo mismo ganar invicto que salvarse de un descenso, y ese tronco que sale goleador encontró su lugar en el mundo, y el diez que está loco, que no le importa nada, que no sabe nada, y mete un pase de treinta metros mirando para el otro lado porque se volvió loco y qué golazo, porque así es la vida. El fútbol no tiene lógica o más bien sí la tiene, tiene la lógica de las emociones, la lógica del cuerpo, de las pasiones, de los gritos.

El fútbol es Fútbol cuando es espejo, cuando es presente, cuando es honesto, cuando es real, cuando somos nosotros perdiendo la cabeza por una pelotita que no importa nada pero en realidad sí importa por lo que significa, y el fútbol cuando es Fútbol, no viene gratis, la experiencia no viene gratis, y el nueve será menos rápido pero sabe moverse, y hay que vérselas con el central con voz de mando y un arquero que ordena la defensa. Y qué importante que es un arquero bueno. Un arquero felino, sobrio, experimentado, porque los arqueros maduran tarde. Un arquero que haga goles que no se gritan o que se gritan con la pasión del alivio, un arquero cuyo trabajo es evitar la catástrofe y hacer muy bien su trabajo. Que ponga la calma, que no se vuelva loco, que se juegue el pellejo cuando se tiene que jugarlo, ni antes, ni después, sino en el momento justo, que sólo el tiempo reconoce. En el fútbol, en el amor, en el trabajo. Justo Villar, colgándose del balón, poniendo la calma. Justo Villar, levantando las manos, tranquilo muchachos, que vamos ganando, tengámosla un poquito. Justo Villar protegiendo la pelota en el suelo, hey, vamos perdiendo, más atentos, todavía queda partido, todavía queda campeonato. Tranquilo muchachos. Justo Villar poniendo la calma. Justo Villar es el mejor arquero que ha tenido Colo Colo en muchos años, y va cumplir cuarenta, lesionado hasta Octubre. Justo Villar, en el fútbol de hoy, no tiene reventa. No es negocio, es perder plata. Justo Villar no tiene cabida en este fútbol millenial, de plástico, de likes, de software de alto rendimiento, de números en el Fifa, de negocios fríos y apáticos. Pero Justo Villar salvó partidos, ordenó defensas, estuvo cuando las cosas estaban mal, y fue campeón: entregó seguridad, y eso es invaluable. Justo Villar es un caballero, uno que le enseñaba a los más chicos y respetaba a los rivales. Justo Villar no tuvo cabida en este Colo Colo, de mañas políticas, de bandos empresariales, cada uno peor del otro, en este Colo Colo administrado por mezquindades, sin mística, sin calma, sin relato. En este Colo Colo histérico, donde vamos todos para adelante sea como sea. Justo Villar era la voz de la experiencia en un ambiente convulso, un líder, un futbolista de antes. Y a fin de cuentas, un buen tipo. Uno que uno quisiera invitar a un asado. De camisa a cuadros, adentro del pantalón y con un mate pensativo. Justo Villar fue un hombre que siempre estuvo a la altura de la institución, y de lo que representa un club social y deportivo. Donde pasarán dirigentes y jugadores, pero sus valores seguirán ahí. Que no se nos olvide, a pesar del fútbol de hoy en día.

Que le vaya bien, a don Justo Villar, y gracias por las alegrías cada fin de semana.



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