“Son flojos y quieren todo gratis”, o la indolencia ante la pobreza

por Alejandro Basulto



Sobre Alejandro Basulto

El martes 13 de junio en Mucho Gusto mostraron la situación de una joven pareja que llevaba más 15 años en situación de calle. La mujer se escapó a los 14 años de su casa por violencia familiar y el hombre desde los 5 años llevaba una vida “de calle”. Ellos han intentado salir adelante trabajando en diferentes empleos precarios (al menos en cuanto a ganancias) y postulando a diversos trabajos (donde por su condición socioeconómica y cultural no les aceptaban), lo que conllevaba a que la superación de la pobreza se viera siempre lejana. Por ello, solo pedían “un empujón”, una simple ayuda. Solidaridad.

Pero para Karol “Dance” Lucero, animador y rostro del programa, ellos no se habían esforzado lo suficiente o al menos no mostraban las suficientes ganas para superar su situación de calle. Además de que los comparó injustamente con damnificados y endeudados (peras con manzanas, si analizamos la diferencia culturales y educativas de todos los incluidos). Sin olvidar que también hizo retweet a quienes hablaban de que dicha pareja “quería todo en bandeja”, algo así como el típico “flojos que quieren todo gratis”.

Seres Humanos, Seres Sociales

El problema matriz y la causa de que personas como Karol Lucero enjuicien injustamente a quienes viven en situación de calle después de verse marginados en ella desde que eran niños y niñas, es la ignorancia y la ausencia de empatía social.

A pesar de que se realice una que otra obra de caridad (o participar en muchas campañas como el joven animador de Mega), mientras esta sea siempre desde arriba y de manera asistencial, la ayuda será superficial y no estructural, por lo tanto el roce y el conocimiento sobre otra realidad, también carecerá de profundidad. Y si a esto le sumamos una ignorancia antropológica y socio-histórica del ser humano, claramente no se puede llegar a un gran conocimiento y empatía con el otro.

Lo seres humanos somos por definición seres sociales. Desde pequeños, como lactantes y niños crecemos en la constante imitación del otro (careciendo de discernimiento a esa edad, por cierto). Es nuestra primera forma de interacción y aprendizaje social, y es ahí entonces, donde entra en juego la importancia del apego y los referentes positivos.

Si uno cuenta con un papá y/o una mamá (u otros tutores legales) que influyan positivamente en uno y sean ejemplos de valores, las probabilidades de que sus hijos sean como ellos, se verán aumentadas.

Pero es importante señalar también, que por sobretodo en un contexto país donde el papá y/o la mamá a cargo trabajan full time y el niño es criado por sus hermanos mayores, la abuela o hasta el vecino, la responsabilidad no solo es familiar, sino que también social. Ya que además, parte importante de su tiempo el menor de edad lo pasará en espacios que no son específicamente en los que tenga la posibilidad de ser guiado por el ejemplo moral de sus progenitores (u otros referentes familiares).

Es ahí donde está “la calle” por ejemplo, que tanto para la psicología como hasta para la criminología, en sectores de alta vulnerabilidad socio-delictual y de harta presencia de drogas, es un lugar altamente riesgoso en lo negativamente influenciable para los niños, niñas y adolescentes.

Es decir, la construcción de la personalidad y del desarrollo integral de la persona, no solo depende de las familias, sino que también de todo su entorno (la sociedad) y de todos los actores sociales como también de sus entes de apoyo. Sin olvidar que aún en casos en que la familia fuera la culpable, es una gran injusticia negarle la ayuda y condenar a niños, niñas y adolescentes al desamparo por errores que cometieron otros con ellos.

Sin obviar que aún en caso que los referentes no sean negativos, si ellos están faltos de herramientas económicas, culturales y educativas para apoyar el correcto desarrollo socio-educativo del niño, las probabilidades de que este último salga de dicho círculo de pobreza se verán reducidas.

Derechos Humanos y Pobreza

Ante la pobreza y flagelos sociales, tanto la Declaración Universal como la Convención Americana de los Derechos Humanos y la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, nos hablan de la necesidad de garantizar y proteger derechos, ‘herramientas socioculturales’ -inherentes a la persona- que son esenciales para el correcto desarrollo y el digno vivir.

Es ahí donde entran el derecho a la educación y la salud por ejemplo, viéndose complicada la inserción y la superación social en quien no pueda acceder a estos. Ni hablar de los Derechos del Niño, ya que si vamos al caso de un menor de edad en situación de pobreza y marginado socialmente (como la historia de esta joven pareja), ya hablamos de la vulneración general de sus 4 principios: la no discriminación, el interés superior del niño, velar por su supervivencia, desarrollo y protección, y su derecho a la participación y a ser tomado en cuenta en sociedad.

Por lo tanto, al hablar de gente que vive en la pobreza, no hablamos de flojos ni de aprovechadores, sino que nos referimos a personas que han sufrido la vulneración (y en muchos casos hasta la violación) de sus derechos, provocando esto no solo traumas y un complicado vivir, sino que también un importante obstáculo en su correcto desarrollo.

Responsabilidad individual y egoísmo

La misma naturaleza e historia sociocultural del ser humano nos habla de la importancia de la sociedad y de su entorno en su formación, pero aun así nos topamos como casos como los de Karol Lucero y el de sus posteriores defensores.

Contra toda evidencia y sanidad en lo empático, siguieron apelando a la responsabilidad individual para atacar la solicitud de ayuda por parte de los dos jóvenes. Nocivo individualismo que se llegó a manifestar en frases terribles, como que “son flojos” o que hasta “se escaparon de sus hogares porque no eran capaz de seguir normas mínimas” (que raya con la justificación al maltrato infantil).

Y es que es a eso a lo que nos lleva el egoísmo y la falta de empatía. Cuando no somos capaces de ponernos en el lugar del otro, ni intentar sentir como conocer lo que han padecido, la posibilidad de entablar una relación de igual de igual con el prójimo, con respeto y solidaridad, se hace algo difícil y lejano.

La pareja de jóvenes se ha desempeñado en diversos trabajos para salir adelante (o al menos sobrevivir). Pero en un país altamente clasista y donde la mitad de los sueldos no superan los 305.000 mil pesos, para dos personas sin un 4° medio, sin un buen contexto sociocultural y sin contactos, el conseguir un empleo digno y que les dé las herramientas para surgir sería un milagro.

Es ahí donde entra también el discurso de la meritocracia de estas personas, uno bien tocado y que se vuelve irreal -exceptuando casos que son clara minoría- teniendo en cuenta las desigualdades y la segregación que existe. Ya que es difícil hablar de meritocracia, cuando en el mundo, “el 90% de los niños que nacen en hogares pobres, mueren pobres, por muy capaces e inteligentes que sean”, como bien lo explicó el Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz.

Esto se podría cambiar garantizando la igualdad social y de oportunidades de todas las personas. Pero al parecer, pedir algo tan básico como herramientas para surgir y una vida como también trato social digno, para algunos es “ser flojo y querer todo gratis”.

La necesidad de un compromiso social

Ahora muchos pensarán, “¿pero qué tanto importa lo que opine una persona? Si al final según una encuesta reciente, ‘solo’ el 25% de los chilenos piensa que ‘los pobres lo son porque son flojos’”. Y es innegable que son una minoría, pero no olvidemos que la cultura y la percepción sobre diferentes hechos puede cambiarse en el tiempo, como también es importante no obviar el daño social que puede provocar los actos y dichos de ciertos individuos.

Entre ellos, los rostros y personajes públicos, quienes quiéranlo o no, son referentes, que por lo tanto, pueden influenciar en los pensamientos y en la integridad tanto valórica como moral de las personas.

Entonces, que existan personajes públicos que fomenten un individualismo tan dañino, puede provocar que este se expanda -más aún- por toda la población y sociedad chilena. Provocando así más actitudes egoístas, más rechazo e ignorancias sobre la realidad de ciertos individuos y/o colectivos, y por lo tanto, también la negación de la solidaridad social y la no garantización como también no protección de sus derechos.

Y para que no se malentienda ni se sientan algunos atacados, este texto por cierto, no busca censurar, acallar ni menos atacar una opinión como tampoco a una persona en especial. Sino que es más bien hacer una invitación a todos y todas a que fortalezcan su compromiso y responsabilidad social, evitando estigmatizar, enjuiciar y acusar -como también fomentar el egoísmo- ante quienes por diversas circunstancias viven en una situación injusta y dolorosa como la de esta pareja de jóvenes. Criticar al prójimo y profesar el peor individualismo siempre será lo más fácil, ¿pero qué será lo correcto? Solidaricemos y humanicemos nuestro entorno.



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