Repudio al hincha de la selección chilena

por Martin Espinoza C



Sobre Martin Espinoza C

Hace ya tiempo el hincha de la selección chilena recortó, arrugó y botó al tacho de la basura las hojas del diccionario que definían modestia y humildad. Junto con desecharlas olvidó su significado con la velocidad con la que solemos borrar de nuestros registros las estafas de Piñera o las trucherías de su coalición. Son la modestia y la humildad que aprendimos a la fuerza, cuando los resultados de Juvenal Olmos y el conformismo que imprimía nuestro juego en tiempos de Acosta no nos daban alternativa múltiple.

Tuve la fortuna y dicha de poder ver a Chile moviendo la pelota en pastos rusos y fui testigo de ese ya mundialmente conocido himno a capela. Es verdad que para los pelos y también es cierto que conmueve ver a quince mil camisetas rojas de estrella alba a 14 mil kilómetros del hogar. No existe un espacio que permita dudar que Chile tiene una hinchada que recorre el mundo con tal de hacerla sentir local y que, hasta en los momentos en que nos auspiciaba Brooks, llenábamos en Nacional. Pero eso ya lo sabíamos, o por lo menos yo, y a mí lo que me llamó la atención fue otra cosa.

La marea roja es arrogante, soberbia, farsantona. Nos hemos ido convirtiendo –preferiría decir que paulatinamente, pero no-, en lo que tanto hemos criticado a brasileros y argentinos, y con vitrinas tanto más vacías, si eso de algo importa. Nos acostumbramos a ningunear. Por fin alguien o algo nos dio un argumento para despertar un nacionalismo que siempre existió, pero que yacía dormido porque no hallaba las armas para defenderse fuera de nuestros labios.

Somos los new rich del mundo del fútbol. Hinchas de vista nublada y mareados en gloria repentina. El oportunismo navega por nuestra sangre sin que nadie intente oponérsele por considerarlo, tal vez, demasiado tarde.

“Argentina decíme qué se siente…” se ha llegado a cantar en las galerías del Julio Martínez Pradanos. Ni para ponerle acento chileno nos alcanzó. Para qué mencionar los vergonzosos cánticos que les hemos dedicado a peruanos y bolivianos y que no resisten ningún análisis. A veces cabe cuestionarse si el hincha de la marea roja es un hincha del fútbol de verdad o si su cercanía es más con otros intereses –como el consumo- que son canalizados a través de una visita al estadio a ver a la selección nacional.

El hincha chileno que vi se envalentona en patota, y con ese vigor se puede pasar absolutamente todo por la raja. Las patotas son principalmente masculinas y ahí la combinación es hasta peligrosa. En Rusia me tocó verlo. Machitos de talla bruta a flor de piel.

Cuando Kike Morandé se presentó en la puerta de embarque de uno de los aeropuertos solo faltó hacerle una ovación. En ningún momento le faltó un grupete que le celebrara su sentido del humor y casi hacían filas para robarle una selfie. Se buscaban excusas para acercarse a él. Me imagino se entiende por qué ponerlo como ejemplo.

En Moscú, en Kazán, en San Petersburgo éramos, sin discusión, la hinchada más multitudinaria. Los más ruidosos, los más alegres, los más enérgicos en darle tintes de fiesta a una copa que, digámoslo, es secundaria en la órbita de los trofeos. Y eso es lindo, da gusto. A los jugadores seguro los envalentona. Daría más gusto si el respeto por la cultura local le hiciera colleras a la motivación que mostramos para apoyar a la de todos.

Tan masiva era la presencia de chilenos como el absoluto desconocimiento sobre las tierras que se pisaban. Rusia es un país que ofrece una cantidad exorbitante de cultura e historia y más de alguna vez me vi frustrado al ver que lo único que llamara la atención fuera la belleza de sus ciudadanas. Y la expresión de dicho sentimiento no siempre se manifestaba de la manera más prudente.

Tantas veces me ha tocado escucharnos jactándonos de que estamos en las buenas y en las malas, pero seamos sinceros, hace diez años que no hemos tenido razones para estar en las malas. Llenar el Nacional después de haber visto el palo de Pinilla no es estar en las malas. Seguir alentando a Vidal después de haberse perdido un penal en la final de la Copa América no es estar en las malas. Darle un espaldarazo al Chelo Díaz por el error de hace un par de días no es estar en las malas. El que reniega de la selección por los eventos mencionados y otros cuantos más es alguien que no merece ser hincha de nada. No hay que felicitarnos por no estar matando a Díaz, si eso es lo mínimo que se le exige a un hincha.

La visita a Rusia me orientó hacia algunas conclusiones. Una de ellas es que el hincha de la selección chilena no es un hincha del fútbol. Es el que paga para ver un espectáculo como si estuviera sentado en la butaca de un cine y no vibra con los principios y los valores que forjaron el carácter social de la actividad. Por eso tanto chaqueteo, por eso tanto fanático de las copas, por eso escasea la incondicionalidad.

La autocomplacencia y el exitismo nos va a terminar matando y, de paso, hará que, por lo pronto, nos ganemos el repudio de todo el continente del fútbol. Que no se haga necesario recordar que lo que estamos viviendo parece ser un oasis, que el futuro parece árido y que las botellas que trajimos no alcanzan para mucho recorrer.



Deja un comentario