El sexo

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

¿Dormir, comer o hacer el amor? ¿Qué es más rico? Quizás las tres están a un mismo nivel, pero sólo una se hace pegados, tocados, enganchados, de a dos, o de a tres, o felices los cuatro, y ese refugio, ese goce conjunto, esa maravillosa conexión es la que pone al sexo por sobre los otros dos placeres solitarios y egoístas. Tiene tantas etapas el sexo y hay de tantos tipos, que ese descubrimiento constante, en cada persona diferente, en cada lugar extraño, lo hace un misterio interminable. Cada experiencia es distinta, incluso con la misma persona, incluso en la misma cama, motel o cocina, cada vez es distinta, cada movimiento de los cuellos estremeciéndose, cada gemido, grueso o desvaneciéndose, cada palabra se oye diferente en el momento del clímax. Qué rico, me encantai, dame más, caliéntame mucho. Es exquisita la tensión que se va desarrollando cuando avanzas, de a poquito, hacia un lugar de su cuerpo no descubierto, no tocado, y los dos, a pura comunicación a través del tacto, de si resisto o no oponiéndome con mi brazo, con mi pierna, van decidiendo en segundos si se cede o no a una nueva posición, al sexo oral, anal, o una masturbación conjunta, diferente, recíproca, hasta que haya que otra vez mirarse, para constatar que tan excitados estamos, qué tanto podemos llegar juntos al orgasmo. Y esa mirada es mortal, es húmeda, tibia y morbosa, es de decir que nunca queremos salir de ahí, de un extremo de satisfacción que se quiere encerrar, proteger, declarar la verdad infinita. Pero se termina, y entre búsqueda de confort y limpieza de sábanas, se abre un vacío, el júbilo comienza a extinguirse y necesitamos un abrazo, un calor que dure cinco, diez, quince minutos. De pronto nos da por llorar, pero alcanzamos a refugiarnos en brazos que siguen calientes, sudados, en pechos suaves, con pelos; refugiados y hundidos en cabellos que luego rumbo al trabajo descubrirás metidos entre tus ropas, en ese viaje en que llevas tus dedos a tu aliento, buscando recordar los momentos más intensos del brote de la excitación, esos momentos en que llegaste al hueso que nunca habías tocado con tanta firmeza, o al pedazo de carne que afirmaste con tanta rudeza que casi lo sentiste tuyo, como sus ojos cuando te miró y te dejó entrar, como tu cuerpo entregado a la manipulación más libre y mojada, con olor a saliva y cerveza.



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