La trasandinidad al palo

por Sebastián Flores



Sobre Sebastián Flores

Editor general de El Desconcierto.

Siempre pensé que la palabra trasandino era prácticamente un sinónimo de la palabra argentino. Cualquiera que se detenga un momento a desmenuzar el término descubrirá rápidamente que quiere referir a “detrás de Los Andes”, pero hasta mis 16 años nunca había hecho ese ejercicio.

El periodismo deportivo me hizo creer que había ciertas formas naturales y consensuadas de referirse a los equipos de otros países: el cuadro cafetero era Colombia (monoproductor), la escuadra azteca era México (indígena) y Perú eran los del Rimac. Nunca entendí qué era el Rimac y por qué les decían así a los peruanos. Recién a los 15, leyendo a Vargas Llosa en una micro, descubrí que el Rimac es un río que atraviesa Lima. “Es como si a nosotros nos dijeran los del Mapocho”, me autoexplicaba, dejando el libro de lado para mirar por la ventana y procesar con calma esta epifanía ocurrida en un semáforo de Ramón Cruz con Avenida Grecia.

Algo así, pero aún más revelador, me ocurrió la primera vez que salí de Chile. Mi papá nos llevó a mí y a mis hermanos por una semana a Buenos Aires, en febrero del 2002. Yo tenía 16 y estaba maravillado con todo: con la ciudad, con la comida, con los estadios, con los discos, con la tele, con los diarios. Uno de esos días, caminando por Lavalle, le pedí a mi papá que me comprara el Olé en un kiosko. Al llegar de vuelta al hotel lo leí con detención, sobre todo una noticia que decía que Juan Román Riquelme no jugaría en el debut de Boca en la Libertadores ante Santiago Wanderers porque Marcelo Bielsa lo nominó para un amistoso contra Gales. Ahí es cuando leí, en el cuerpo del texto, la oración iluminadora: “El elenco trasandino, oriundo de la ciudad de Valparaíso, visitará la Bombonera por primera vez en su historia”.

Toda la vida había pensado que “trasandinos” era la forma que en toda América tenían de decirle a los argentinos, así como a los estadounidenses les dicen gringos tanto en Coyhaique como en Guanajuato. Por lo mismo, cerré el diario y me abstraje para digerir la revelación. Primero pensé que fue un error de redacción, luego analicé bien el concepto del término y todo tuvo sentido: la palabra que a mí me habían enseñado para definir a los argentinos era la misma palabra que ellos usaban para referirse a nosotros los chilenos.

No sé si en otra parte del mundo ocurre esta bonita paradoja epistemológica que, de cierta forma, une a los pueblos de Chile y Argentina. Roberto Herrscher, aquel gran cronista bonaerense que además combatió en Las Malvinas, lo apuntó alguna vez de manera clara: para él, nosotros estamos detrás de Los Andes; para mí, ellos lo están. Ser trasandino, entonces, es una militancia de hermandad: yo soy lo mismo que tú eres para mí.

Tráeme alfajores y fernet


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