Cargar el celular

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

“Disculpe, me podría cargar el celular, por favor”, preguntas poniendo la cabeza de lado y bajando la voz, mostrando en la mirada los fracasos que podría provocar en tu día un no. “En este local no podemos hacer eso”, responde una garzona de edad en la Unión del barrio Brasil. La señora acaba de decretar que te quedan minutos, quizás segundos para escribir, mirando con sudor la barra de la batería en rojo, los últimos mensajes de una noche que pudo ser tu noche, la de la invitación final y decidida a salir, la de la respuesta a ese mensaje pendiente, sugerente, que aguarda desde hace semanas en tu Whatsapp o simplemente la de divertirte dando likes o corazones a fotos que sin cerveza en el cuerpo jamás hubieras apreciado. La veterana del local te ha condenado, defendiendo terca el consumo de energía a pagar a fin de mes: a tu celular no le queda vida, y lo que quieras decir debe ser ahora y rápido, muy rápido, anotando en servilletas y diarios del pasado los números de teléfono que te podrían servir, los contactos que vas a necesitar si decides continuar la noche.

Pero ojo, la vieja te ha condenado, pero también te pudo haber salvado, como no te salvan los amables que sin chistar toman tu aparato y te lo enchufan con cuidado junto a cajas y máquinas schoperas, como no te salvan los locales desprovistos de egoísmo que no tapan los enchufes junto a las mesas, esos enchufes estratégicos que el joven que no sale de su casa sin su cargador busca apenas entra a un establecimiento. La vieja te pudo haber salvado de escribir las más grandes barbaridades en tu muro, esas que se escriben con dos litros de Escudo en el cuerpo, declaraciones de odios y rencores que nadie se explica, manifiestos de dolor que preocupan a tus tíos –que al tiro llaman a la casa para saber si estás bien, si es que ya no te mataste–, indirectas a un amigo al que le estás agarrando mala, o movimientos amorosos fuera de contexto. Me gusta a fotos en bikini del verano pasado, corazones en la imagen de perfil de tu compañero de curso que siempre encontraste rico. “Me encantai”, “hermoso” y “te amo” que pasadas las doce, si todavía te queda robusta batería, pasan al mensaje interno, con interminables “estás?” nunca contestados. Al despertar, con la caña ignominiosa de un día laboral, lo primero que buscas es tu celular, ya cargado otra vez, rezando en los segundos transcurridos desde abrir los ojos a desbloquear, que tus posteos no hayan sido tan terribles, que nadie haya sentido que la indirecta era para sí, o que por lo menos nadie le haya puesto me gusta. Comienza la operación borrar, que termina en peticiones de disculpas si el joteo fue excesivo, o en un soberano camino a hacerte el hueón respecto de algo que en verdad no le importará a nadie. A nadie, salvo a ese que se quedó con la semilla de un saludo virtual en la madrugada, ese saludo que enviaste enchufado desde un bar, y que está esperando el momento exacto para recordarte que alguna vez te lo joteaste y que llegó el momento de cobrar.

Texto original del libro “Tanto duele Chile”, Los Libros de la Mujer Rota.



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