Carta a mi papá facho

por Loreto Montero



Sobre Loreto Montero

Tenía once años la primera vez que discutí con alguien de política. Fue con una compañera de colegio: ella defendía a Ricardo Lagos y yo a Joaquín Lavín. Claramente, ninguna tenía argumentos decentes para sostener su posición. Yo, por lo menos, me limitaba a repetir el discurso que escuchaba en mi casa: Lavín era bueno y Lagos, malo. Pasaba lo mismo con las teleseries. En lugar de los recuerdos que buena parte de mi generación tiene de la Olguita Marina o Juan Burro, yo tengo puros referentes charchas, como el Luciano Cruz-Coke actuando de sí mismo en Amor a Domicilio. En mi casa se veía casi siempre el Canal 13 porque mi papá decía que TVN era comunista. Yo no tenía idea lo que eso significada, ni me importaba. Crecí teniéndole mala a la Gladys Marín porque sí o, más bien, porque apenas aparecía en la tele mi papá la cambiaba diciendo “esta vieja fea, malo que wevea”.

Llegué a la universidad pensando que Pinochet era solo un caballero importante, como esos que una escucha nombrar en la historia lejana, tipo Mateo de Toro- Zambrano. Antes de eso, nunca había escuchado el término “Golpe de Estado”, ni mucho menos “dictadura”. La realidad de los detenidos desaparecidos, los prisioneros políticos y sus familias, era totalmente invisible para mí. Incluso, cuando empecé a escuchar sobre el rol que jugaron los medios de comunicación en el periodo, seguía percibiéndolo como mera información: datos duros que había que memorizar para sacarse buena nota en la prueba. Eso, hasta que me tocó leer los informes Rettig y Valech y enfrentarme a una gama más amplia de libros de historia que los Santillana del colegio. Gracias a unas hojas mal fotocopiadas me enteré que el viejito que tanto admiraba mi papá era odiado por gente no sólo en Chile, sino alrededor de todo el mundo; que él y otros seres nefastos habían detentado el poder del país por casi dos décadas, y que a pesar de contar con el apoyo de todas las fuerzas armadas y policiales del país, además del respaldo de una de las mayores potencias del mundo, Estados Unidos; habían torturado, aprisionado y ejecutado a más de 40 mil civiles por considerarlos una “amenaza contra la nación”.

Llegué a pelear ese día a la casa, y casi todos los que le siguieron. La rutina iba más o menos así: yo le gritaba a mi papá que en los cuarteles de tortura violaban a chicas como yo con perros, que introducían ratones por sus vaginas, y que eso había sido solo una pequeña parte de un gran sistema de violencia y deshumanización orquestado por su ídolo. Durante años su única respuesta fue decir que todo eso era mentira, que obviamente todos los informes y todos los libros de periodismo e historia que hablan sobre eso fueron escritos por gente de izquierda, y que los derechos humanos eran una invención de los comunistas. Después de años de incómodas sobremesas, sin embargo, he tenido un pequeño triunfo: he logrado que mi papá acepte, a lo menos en dos ocasiones, que su tatita mató gente y que “quizás, se le pasó un poco la mano”. Pero a la par de esa concesión viene siempre e inmediatamente la justificación: “es que eran ellos o nosotros; Rusia y Cuba tenían a los comunistas armados hasta los dientes; las filas en la UP eran gigantes, y gracias a Pinochet yo pude comprar la casa en donde viviste.”

He sentido rabia tantas veces hacia ti, papá. He sentido rabia porque ya no sé cómo explicarte que si la contienda no hubiera sido tan desigual habríamos tenido una guerra civil en vez de una dictadura; que tú tampoco fuiste libre durante ese tiempo porque los medios te ocultaron información y mucha de la que te mostraron era falsa; que sin saberlo apoyaste la transformación de tu país en el conejillo de indias de un experimento socioeconómico que nos tiene hasta hoy lamentando la privatización de todo lo que nos es más preciado: nuestra salud, nuestra educación, el agua que tomamos. He perdido la esperanza de hacerte entender la complejidad de factores que se ponen en juego al momento de analizar los efectos de la dictadura en nuestra realidad diaria. La he perdido principalmente porque yo solo he logrado comprenderlo vagamente tras años de estudio que tú nos has tenido ni vas a tener. Pero después de todas nuestras discusiones, papá, después de todas las veces que me fui a llorar a mi pieza de pura frustración por constatar que tú nunca ibas a ceder, debo decirte que siento menos rabia. Ese sentimiento ha ido en retirada y ha dejado espacio para una pena profunda, una pena que se vuelve cada vez más abismante, cuando te escucho decir en tono burlón que “ya salieron de nuevo con la weaita de la justicia, el perdón y el olvido”, que no entiendes “para qué le siguen dando con eso, si ya pasó” y que “por qué no se aburren de una vez”.

Últimamente he estado estudiando cómo opera la memoria colectiva, papá. Paradójicamente algo que te enorgullece tanto de mí que es mi trabajo, es lo que me impide dejar de cuestionarte. No sé si te has dado cuenta, pero recordar es algo fundamental en la vida de cualquier persona: no solo nos permite aprender cosas básicas que sería una paja aprender de nuevo todos los días, como sostener un tenedor o subir una escalera. También nos permite despertar cada mañana sabiendo quiénes somos, a quienes amamos y cómo llegamos a amarlos. La memoria individual es lo que nos permite conservar el sentido de continuidad en nuestra identidad, es decir, contarnos a nosotros mismos y al resto, el relato de quiénes somos. La memoria colectiva, por su parte, no es solo la suma de esas memorias individuales, sino el relato público que le da sentido a nuestra relación con esos otros que nos rodean, que existieron antes y existirán después que nosotros. O sea, que sin esa conexión estaríamos totalmente perdidos en el mundo y en nuestras propias mentes.

Por eso es que cuando te escucho hablar desde tu soberbia, desde esa parte de ti que simplemente no quiere aceptar que puede estar equivocada, me da tanta pena. Porque esa soberbia invalida las cosas buenas que, a pesar de todo, lograste transmitirme; esa soberbia te vuelve indiferente al sufrimiento humano, te hace negar el dolor de esos otros que son parte de nuestra memoria compartida y a los que se les ha prohibido el derecho al relato. ¿Te imaginas, papá, recorriendo desiertos junto a mi mami con la esperanza de encontrar un pedacito de hueso mío o de mis hermanos? ¿Te imaginas insistiendo año tras año, primero con rabia y después con nada más que pena y cansancio, para que algún militar se apiade de ti y te diga finalmente si vas a poder encontrar dos centímetros de mi fémur en algún lugar, o tendrás que resignarte a imaginar mis restos depositados en el fondo marino? ¿Te imaginas, papá, contando incansablemente todos los años que no has estado conmigo, los sueños que no me viste cumplir, los nietos que no pudiste abrazar?

Es cierto que yo no viví en dictadura, papá, que esto es un ejercicio de ficción; que tuve la suerte de no lamentar el asesinato y la desaparición forzada de ningún ser querido. Yo nací cuando la dictadura se estaba acabando, pero la memoria colectiva tiene, a la vez, esa gracia y desgracia de ir pasándote la posta, lo quieras o no, y yo necesito saber de las generaciones pasadas para entenderme y entender el mundo al que llegué. Necesito saber qué paso antes de mí para entender el presente e imaginar futuros posibles. Yo necesito que tú dejes de negar el sufrimiento de todas esas vidas mutiladas, papá, porque sin ellas, yo y muchos otros no logramos entender bien al mundo al que nos trajeron. Porque sin esas vidas, una parte del relato que soy yo misma, queda en negro, papá, y yo ya no sé qué hacer con tanta oscuridad.



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