Apartheid de Los Trapenses: Su problema no es con los negros, es con ustedes mismos

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Esto lo escribo con el más profundo odio. Se me cae la cara de vergüenza frente a la maldición del alma, la putrefacción de humanidad, la debilidad de espíritu de chilenos que se creen con la propiedad, el derecho de echar a un par de personas de un mall, del “espacio público” de un mall por tener un color distinto en la piel, un tono diferente en la mirada, una forma más rizada en el cabello. No puedo creer qué conchesumadre se cree una persona chilena, mestiza, víctima de la más solitaria, pobre y triste siutiquería para pretender superioridad social, moral, divina por sobre un haitiano, un dominicano, un colombiano. Con lo que pasó en el mall Vivo Los Trapenses, en que guardias de seguridad por “órdenes superiores” pidieron retirarse a dos trabajadores haitianos por estar sentados y conversando al medio del centro comercial, estamos frente a un caso de la más extrema estupidez humana y chilena. Un caso que demuestra el nivel de imbecilidad al que te puede llevar la profundización de un país tan charcha, clasista, arribista, vestido de lo que no es, aspirando siempre a pisotear al que quedó un puesto más atrás en la repartición de la plata. Si es cierto que fueron clientes los que pidieron dejar de ver a negros, uno se pregunta qué nivel de pequeño dictador vive en las mentes de viejas y viejos culiaos como para hacerlos creer dueños de un poder que no tienen, uno derrotado por la máquina de la historia. Míserables hijos de apartheid de alcantarilla, sonrientes y aislados en camionetas gigantes que los hacen ver ridículos, vuelven a sus casas adormecidos de violencia, satisfechos en cada esquina de haber usado la fuerza de su influencia, la influencia de un tono de voz, de la marca de una camisa enrostrada en guardias de seguridad pobres. Me dan asco, asco por su cobardía, porque a esos haitianos los echaron de su mall de fantasía por ser pobres, trabajadores, porque al afrodescendiente que compra con ustedes nada le dirán, porque su discriminación no es una molestia con lo negro, es simplemente la oportunidad hallada para pisotear al que pueden pisotear. Su problema no es con los negros, es con ustedes mismos que llevan una vida tan vacía, escuálida de valores y sentimientos, de goce y verdad en el ejercicio de lo cotidiano, que frente a lo que se les ponga enfrente y que puedan mirar en menos, pondrán en acción su violencia impune. Gente desastrosa, es a ustedes a quienes deberían expulsar, por descorazonados, por ser las bacterias crónicas que sustentan toda la desigualdad de esta siempre pujante, emprendedora, y siempre avasallada república.

Pero van a caer, van a caer los abusadores que a todos los morenos nos tratan como potenciales delincuentes, como agentes de peligro para la preservación de sus asquerosos privilegios. Van a caer, porque esta tierra está cambiando, con haitianos, con la cuchara metida por los marginados, los periféricos, los provincianos, está cambiando. Y su sentido común se lo vamos a destruir, tarde o temprano se lo vamos a destruir, y en tanto los vamos a incomodar, los vamos a encarar. En esta nación caerán las vacas sagradas que hoy usan como carnada a los haitianos, ayer a los pungas descalzos y los cumas con mocos colgando. Van a caer, porque cada vez seremos más y hablaremos más fuerte cuando a alguno de los nuestros toquen. Porque en este caso, no es a los haitianos a quienes tocaron, tocaron a todo el diferente, a todo trabajador que les causa náuseas por su corte de pelo, la marca de su zapatilla, el nombre en inglés en su carné y el olor de su perfume. Tocaron a todo el habitante, con rut nacional o pasaporte, que osa pisar descarado y sin permiso las baldosas de sus palacios, esos junto a cerros levantados por las mismas manos que hoy escupen para luego desentenderse como las ratas que son. Se me cae la cara de vergüenza, por ustedes y sus ojos de pantano, que no sé si son capaces de volver a levantar.



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