Homenaje a la banca de plaza

por Javier Gallegos Gambino



Sobre Javier Gallegos Gambino

La República ha visto crecer a su sociedad en las plazas y parques, acogiendo desde los inicios de la historia a distintas generaciones que han paseado por sus rincones. Y la plaza o parque sin su respectiva hilera de bancas no se puede preciar de tal. Café o verdes, a veces de metal, casi siempre de madera, algunas rayadas con manifiestos de amor, otras maltrechas con piezas rotas, inutilizables también, pero siempre firmes en su lugar, las banquitas son a la plaza lo que la sal es al mar. Nadie que haya recorrido alguna vez su localidad, pueblo o ciudad, puede negar que alguna vez estuvo ahí: tomando un helado, un jugo, revisando los términos de una relación amorosa, leyendo el diario, dando migas de pan a las palomas o simplemente descansando. La banca es el lugar donde todas las verdades se tocan.

Tenemos que conversar. La cuestión viene mal hace un tiempo, todo está complejo. El cierre es inminente. Obvio que hay que conversar, compartir puntos de vista, intentar resolverlo. El problema es dónde chucha. Porque en un café/restorán/cualquierlugardondehayaquegastarplata es muy comprometedor, la casa de uno de los dos no corresponde, ir a tomar es muy riesgoso. No, juntémonos en la plaza no más, a las 17.30. Horario peak de tránsito en el lugar. Una de las bancas es el escenario escogido. Pero en esa misma hilera, al mismo tiempo, en el mismo lugar, están los y las cabras de la cuadra que se juntaron a echar la talla, a tomar una latita camuflada de la policía. Más allá se está llevando a cabo una transacción de sustancias de dudosa procedencia que se debe hacer de forma rápida y efectiva. Por acá también está el abuelito y la abuelita que salieron a tomar sol. Mientras que de manera intermitente aparece una que otra persona leyendo el diario, mirando al horizonte, o pegándose una pestañita ocupando todo el lugar. También nace el amor, en alguna que otra, con dos jóvenes que mantienen prudente distancia en el nerviosismo de la primera cita, intentando no dejar espacio al silencio incómodo.

Al final del día las bancas son testigos de la vida y la muerte, del dolor, la ansiedad y la miseria. Pero también de la alegría y la fiesta, de las historias y los nuevos amores. Si hasta Forrest Gump fue capaz de contar toda su vida a los y las personajes itinerantes que acompañaron su espera en el asiento público. Así también las series y el cine han considerado su importancia fundamental en la construcción de las sociedades modernas. Porque después de la rueda, ciertamente el mejor invento del ser humano ha sido la banca pública.

Silencio incómodo. Que ya no es lo mismo, que mi libertad, que tus tiempos, que la compatibilidad, que Pedrito Engel dijo tal cosa. Nuestra relación no da para más. Pasan frente a los ojos de la joven pareja los cabros chicos corriendo, aprendiendo a andar en bicicleta, algún vecino/a paseando a su mascota. En la banca del lado se ríen a carcajadas. Llega el humo pesado de la droga. Pero pese a convivir todo en un mismo espacio físico, la realidad espiritual pareciera estar en dimensiones completamente distintas. Así como en la vida misma.

Las bancas, así como los muros, son historia. La historia de los pueblos que han reposado en sus no-tan-cómodos asientos, que en la complicidad han acompañado las más grandes historias de nuestras vidas. Gloria y honor sea entonces a su creador/a, por entregarnos tan preciado mueble.



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