Elecciones presidenciales en Chile: Humanidad o Barbarie

por Alejandro Basulto



Sobre Alejandro Basulto

Por Alejandro Basulto

 

Este domingo están en juego dos modelos de sociedad y país: uno conservador y neoliberal, en el que los derechos sociales son “bienes de consumo”; y otro inclusivo, que propone un modelo más justo para todos, en el que segregar y enriquecerse a costa de -por ejemplo- la educación de las personas, no está permitido.

En un modelo de derecha, la culpa de los bajos sueldos y de las miserables pensiones, no es del codicioso egoísmo del empresario que se lleva decenas de millones para su bolsillo (como también para los de su mesa directiva y/o gerentes), sino que de sus trabajadores, quienes trabajan 48 horas a la semana por míseros salarios (a nivel nacional, el 50% de ellos no gana más de $305.000); El modelo de derecha no entiende la importancia del trabajo del obrero y de lo que realmente vale, no cree un sueldo mínimo ético y no garantiza los derechos laborales, como la formación de sindicatos (sin ser perseguidos), las negociaciones colectivas y la diferentes formas legítimas de manifestación para defender y luchar por condiciones de trabajo justas y dignas.

Para el modelo de la derecha, los actuales impuestos para los empresarios son sumamente altos. Cuando no es tan muy por sobre la OCDE en lo teórico, y en la práctica (sumándole todos los mecanismos de elusión que hay en Chile y no en otros países) los empresarios pagan menos que el promedio de dicho organismo internacional.

Para la derecha la educación es un negocio en el que es válido utilizar los fondos públicos que financiamos todos los chilenos y las chilenas (de izquierda, de centro, de derecha, creyentes, no creyentes, etc), para permitir que en los recintos educativos se segregue educacionalmente, se lucre -es decir, se usen utilidades para beneficio individual- e, incluso , se adoctrine religiosamente como se lo habremos escuchado a cierto candidato, en vez de invertirse en beneficios para los estudiantes.

Sobre seguridad y delincuencia, el modelo de la derecha es más balazos y violencia. Es el populismo penal, en el que la eficacia, los hechos y los derechos de las personas no importan, sino que lo que sólo vale es el obtener un lucro electoral. Todo esto mientras que las medidas más efectivas y más humanamente necesarias, como la prevención (erradicación de factores que propician el crimen) y la reinserción social, no forma parte de sus prioridades.

En salud, la postura del modelo derechista es simple: si tienes dinero te atiendes bien y si no, espera a tu suerte. En el modelo progresista (y/o de izquierda) pueden haber diferencias sobre si regular más o estatizar más, pero el fin es el mismo: un trato digno e igualitario en salud para todos y todas.

El respeto de la derecha a los pueblos originarios es casi inexistente o simplemente nulo. Los han pisoteado, criminalizado, y, en los casos más extremos, hasta negado su existencia como tal. No contempla que tras vulnerar un tratado entre dos naciones (Tapihue, 1825), nuestro país está en deuda, por lo que un reconocimiento constitucional y la devolución de sus tierras es un acto básico de justicia.

Para un sector del país, que tiene su propio modelo económico, político y sociocultural, si una niña de 14 años violada, decide abortar, sólo puede hacerlo de manera clandestina, poniendo en riesgo su integridad física o, peor aún, hay quienes estarán de acuerdo en tratarla como una criminal. Se valora más a un embrión que la dignidad y el riesgo vital de una niña, de una mujer, de sus derechos reproductivos, necesarios para que ellas -por sobretodo en situaciones tan extremas- puedan decidir sobre su vida y su cuerpo.

En un modelo de sociedad de derecha, una persona -de manera discriminatoria e injusta- por tener cierta orientación sexual no puede casarse ni adoptar, como si su legítima identidad sexual fuera un impedimento para vivir una vida como el resto y entregar tanto cariño como cuidado a otros. Un modelo por cierto, en el que no se te respeta la identidad de género, ya que sus defensores siguen empecinados en reducir a las personas a “si tienen pene o vagina”. En el modelo progresista y/o de izquierda, la igualdad de derechos (y ante la ley) son esenciales, y sea cual sea la identidad sexual que pueda tener uno/a u otro/a, no lo/a hace menos persona merecedor/a de menos dignidad.

En resumidas cuentas, mientras en el modelo derechista, antivalores como el individualismo egoísta, los prejuicios, el fanatismo y la violencia como herramienta de solución de los conflictos y/o flagelos sociales, son parte de su esencia, en el modelo progresista y/o de izquierda la empatía, el respeto e inclusión de la diversidad, y, la solidaridad entre los ciudadanos como herramienta de cambio, forma parte de su naturaleza. Una constructora de un país libre, igualitario y fraterno, donde todos y todas, sin distinción, tengamos cabida y los mismos derechos.

Por eso el llamado es a votar, a elegir el/la candidato/a que a uno más lo represente. No hay que perder de vista el hecho de que mientras ciertas candidaturas son un pase directo a la violencia, la desigualdad social, y el fanatismo religioso, otras promueven un modelo más humanitario y humano.

Los expertos ya lo dicen, mientras más voten, menos probabilidades hay de que salgan los apologistas de la barbarie, ya que sus votos son limitados y no han aumentado sustancialmente durante estos años. Un ejemplo de esto último son las municipales, donde la derecha logró victorias importantes sólo porque la izquierda perdió votos.

Es decir, Sebastián Piñera y la derecha sólo ganan cuando hay complicidad de la izquierda y de los sectores progresistas. Por ello, este domingo 19 de noviembre voten, hagan valer responsablemente su derecho a sufragio y así defiendan sus derechos, lo humanitario y lo humano. Para que de esa manera podamos seguir avanzando y las sonrisas de quienes hoy han sido beneficiados/as por políticas inclusivas y que garantice los derechos, se multipliquen más y más. Y más.



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