La libertad más allá del bus: la violencia y el fracaso de Marcela Aranda

por Leonardo Jofré R. y Rodrigo Mallea C.



Sobre Leonardo Jofré R. y Rodrigo Mallea C.

Hace unos meses, las dirigencias cristianas conservadoras -más aún las evangélicas que siguen ese mismo tinte- tuvieron la palestra nacional a disposición, con el llamado “Bus de la Libertad”: un nuevo intento del conservadurismo chileno de normalizar y perpetuar la discriminación a las comunidades LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales). Difícil es la realidad que viven todos los grupos diversos y disidentes al someterse a altos niveles de odio, discriminación y violencias de forma cotidiana y continua: con ello, no sólo aumentan las tasas de ataques por razones de odio, sino también las estadísticas de homicidios y suicidios en estos grupos.

Marcela Aranda, uno de las más bullados personajes de dicho episodio y símbolo de la homo, lesbo y transfobia en Chile, vuelve a los medios tras revelarse que su hija -Carla- es una mujer trans. Es decir, si bien por su sexo registral es considerada hombre, su propia identificación es desde el género femenino, por lo que decidió identificarse como tal y exteriorizarlo a través de su nombre, su vestimenta y otras expresiones.

Vale detenerse, entonces, en dos aspectos.

El primero dice relación con el plano discursivo de las comunidades cristianas militantes de su conservadurismo: el rechazo a lo que han denominado -erróneamente- la “ideología de género”. Su sustento se encuentra en que, a través de ella, se intenta imponer -sin base “científica”- una serie de principios que vienen a socavar el orden natural dado consistente en el binomio del sexo hombre/mujer, y, con ello, la destrucción de la familia. Sus fundamentos están en que:

  • El Estado busca impulsar una serie de leyes destinadas a destruir la familia y aquella concepción “natural” de la misma (sin especificar, nunca, cuál es). Ello atenta contra las máximas de la ciencia.
  • La educación es la nueva herramienta de ese proceso, donde se busca pervertir desde pequeño a niños y niñas para enseñarles que su sexo no existe y ellos pueden “decidir” libremente (y contra sus padres) qué ser.
  • La “naturalización” de la transexualidad y la no-heterosexualidad (lo cual implica, a contrario sensu, interpelar a aquellas como anormales) por medio del proceso educativo, a través de la enseñanza de la no discriminación (buena parte de esos discursos exageran aún más la concepción señalando de que se les obligará a tener prácticas homosexuales).
  • La forma de enfrentar ello es mediante el paroxismo de la idea de que la familia DEBE educar a los hijos e hijas por sobre el Estado: “a mis hijos los educo yo”, reza su constante slogan. Así, no habría cabida a dichas perversiones.
  • Por último, que todo esto sería un plan internacional destinado a la destrucción de la familia como un combate cultural del neomarxismo (o marxismo cultural), o, según sea el caso, de organismos internacionales como la ONU (Organización de Naciones Unidas) o la OEA (Organización de Estados Americanos).

La valentía de Carla, destinada -en sus palabras- a apoyar a la población trans, dándoles señales de que sí es posible sostener una vida por fuera de los prejuicios y la violencia- es un vivo ejemplo (y así lo quiso ella) de la inexistencia de lo que su propia madre difundió a nivel nacional: no hay algo así como la llamada “ideología de género”.

Carla nació en una familia constituida por padre y madre. Tuvo una formación cristiana evangélica: es más, ella se sigue considerando como tal, aunque con desilusión de su expresión institucionalizada mediante la iglesia, de la cual se ha alejado. Carla fue educada por Marcela, la principal figura mediática de que los hijos e hijas debían ser educados por sus padres para evitar la “ideología” del Estado y grupos minoritarios, la bullada “ideología de género”. Creció por años con un fundamento conservador de lo que era o no correcto, de cómo debía ser ella, de cómo debía ser la familia. No leyó obligadamente ningún manual del MINEDUC (ministerio de Educación) que educara sobre la temática, no tuvo alguna norma que la obligara a ser algo que no quisiera ser. A su vez, no hubo ninguna necesidad de que el Estado se involucrara por medio de la ley: ni ley de identidad de género, ni matrimonio igualitario, ni aborto en tres causales, nada: todo ello es anterior a una Carla que hace tres años se considera en transición de género.

¿Qué falló, entonces? ¿Por qué Carla es una chica trans, si se vio “protegida” por todos los postulados que busca defender la oposición a la “ideología de género”?. No falló ella. Falló la sociedad al creer o permitir esos discursos de odio. Fallaron las falsas ideas enarboladas por su madre y su sector, que finalmente sólo fueron violencia simbólica y psicológica perpetuada hacia su hija y la población LGTBI en Chile.

En la paradoja de quienes reclaman que la identidad de género carece de sustento científico pero basan su argumento en un plano divino, Carla resultó victoriosa por ella y por todos y todas. Usó su ejemplo como vívido concepto de que ni el Estado, ni la ley, ni su educación o familia eran responsables de la existencia de aquello que dichos grupos conservadores aborrecen. La transexualidad y la disidencia sexual están y siempre han estado ahí, están y seguirán estando ahí. Aunque algunos, con sus discursos de odio y la inconsecuencia de clamar el amor hacia el prójimo ( para luego aborrecerlo), busquen evitarlo.

Pero nuestro reproche no es únicamente hacia Aranda o hacia quienes pregonan y replican las ideas de este supuesto neoconservadurismo que amenaza a Latinoamérica desde la mal entendida religión, desde quienes son funcionales a la derecha incluso bajo la exaltación de valores anti-bíblicos. Nuestro reclamo, nuestra reprensión, es también hacia nosotros y nosotras.

Sabemos que tenemos rabia. Que la situación de Carla fue, dentro de todo, una señal política potente. Pero no es para respirar aliviados. Menos para reírnos, para hablar de karma, de que Dios dio una señal clara, de las paradojas de la vida.

Porque duele. Duele pensar en Carla, su frustración, lo que ha tenido que vivir, lo que tuvo que soportar. Que su ejemplo es el de miles de niños y niñas, de adolescentes, de jóvenes, de adultos que aún deben vivir temerosos, conflictuados y al permanente borde del colapso.  De quienes tienen que enajenar su sexualidad y con ello su vida, para luego hacerle daño a otros y otras que dicen amar por medio de la mentira, desde la represión que ejerce la misma religión hasta quizá nunca pedir perdón, hasta quizá nunca reconciliarse consigo mismos.

Cuántos y cuántas viven la inconsecuencia denunciada, la de una madre que sabiendo hace tres años de la identidad transgénero de su hija, armó un circo de violencia en las calles de Santiago y otras localidades de Chile. El bus de la libertad hizo que todas las personas trans del país fueran Carla. Abofeteadas por un país sumamente discriminador, excluidas de espacios y grupos sociales, vivir el rechazo familiar, y, más que nunca, no poder caminar con tranquilidad por las calles.

No hablamos de diferencias de opinión. No hablamos de “elecciones”. No hablamos de parangones de “respeta que yo no esté de acuerdo”. Hablamos de violencia.

Al respecto, cabe mencionar que:

1) La Encuesta Nacional Diversidad Sexual 2013 señaló mayoría de la población LGBTI ha sido segregada por su orientación sexual o identidad de género y considera que Chile es un país altamente discriminador.

2) El XIV Informe de Derechos Humanos 2015 Movilh del año 2002 al año 2015, informó que han habido 1.623 casos y denuncias por discriminación homo y trans, manteniéndose una tendencia al alza. En 2015 se presentaron 258 casos, mayor número hasta la fecha manteniendo una tendencia al alza del 15,8%. En el año 2015, sucedieron al menos 48 movilizaciones homofóbicas y tres asesinatos.

3) En la Encuesta T de octubre de 2017 se realizó un muestreo que revela que en recintos de salud, educacionales y en el entorno familiar, el tipo de violencia más frecuente es el no reconocimiento de la identidad propia. En gran parte a esto, un alarmante 56% de las personas trans han intentado suicidarse.

4) Por último, de acuerdo a la fundación Todo Mejora, uno de cada cuatro jóvenes LGBTI ha cometido al menos un intento de suicidio, e incluso ocho veces más altas probabilidades en los casos que hay rechazo familiar por su orientación sexual. Un 70,3% reportó sentirse inseguro/a en la escuela el año pasado debido a su orientación sexual; un 62,9% fue acosado verbalmente debido a su orientación sexual y un 31,1% fue acosado por las redes sociales (ciberbullying).

Cada vez que Marcela Aranda replicó una de sus palabras, afianzó que una de cada dos personas trans haya intentado terminar con su vida. Cada vez que las personas sujetas al miedo de sus mentiras y tergiversaciones, o desde la repetición del discurso enarbolado desde una religión altamente destructiva difundió sus mensajes, profundizó que los jóvenes no heterosexuales tuvieran 8 probabilidades más de suicidarse que uno heterosexual.

Hoy, desde esa mentira llamada “Bus de la Libertad”, nos enteramos que le hizo ese daño a su propia hija. Hoy, con más fuerza corroboramos que gracias a esa mentira denominada “ideología de género”, otras familias violentaron a sus primogénitos.

Hoy, nos armamos del valor de Carla. Porque su discurso es tomar postura, visibilizar una realidad, y, por sobre todo, interpelarnos. De qué lado estamos. Hacia dónde queremos avanzar y qué queremos combatir. Cuánto más nos permitiremos soportar que ese infierno con el que tanto nos amenazan lo estén viviendo miles de niños y niñas en este Chile.

La verdadera libertad es, precisamente, que todos aquellos puedan volar libres.



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