Mi mamá y Piñera

por Tamy Palma



Sobre Tamy Palma

Hace unas semanas una amiga cercana me preguntó, riéndose, por qué hablaba con tanta rabia de Sebastián Piñera y no de la misma manera, por ejemplo, de José Antonio Kast que como candidato se perfilaba como alguien absolutamente más intransigente y nocivo que el actual candidato de derecha. Fácilmente le respondí asuntos programáticos y sobre su ex gobierno que, pese a los detalles que di y a que mi amiga asintió aparentemente conforme, me hicieron pensar, mientras escuchaba mis propias palabras, que no eran argumentos suficientes para contestar una pregunta que, en realidad, hacía referencia a un sentimiento y no a un desacuerdo ideológico o argumentativo sobre temas puntuales.

La respuesta que realmente debí dar tenía que ver con Alejandra, mi mamá.

Ella murió en 2009 por un cáncer de pechuga. Mucho antes de eso, y de que se tejiera su breve historia, fue infinitamente infeliz desde muy joven cuando su madre -mi bien fallecida abuela- la envió fuera de Chile durante la dictadura explicándole furiosa que era horroroso que se hubiese conseguido libros y vinilos extranjeros que en la época eran relacionados con la izquierda. Mi mamá, que tenía 18 años, se fue embarazada a estudiar obligada medicina. En Ecuador, el país al que llegó, abortó -nadie tiene muchos detalles-, estudió solo hasta cuarto año, y volvió voluntariamente a Chile para estudiar Filología.

Alejandra hizo la vida que hacemos los seres humanos cuando, queramos o no, estamos vivos. Tuvo posturas muy bien establecidas hacia la izquierda aunque nunca una incursión, como cuando joven, activa política hasta 2004. Ahí fue su revancha. Ese año se rumoreaba que Michelle Bachelet podía ser una buena opción como candidata; una alternativa vinculada al género y carisma que podía ser un fracaso radical o un giro histórico. Mi mamá, recuerdo, estuvo convencida desde la primera convocatoria, y entre extensas reuniones terminó formando parte de una de las células creadoras del comando que al poco tiempo creció y se dotó de contenidos políticos.

De esa época, me acuerdo de las idas al comando y las juntas con quienes luego eran las mujeres de hierro de Bachelet. Ellas se bancaron el accidente del Río Maipo y sus muertos, los boicot entre partidos de la misma coalición y de la derecha, los cuestionamientos por llevar una candidata mujer y aplacaron el temor de muchos por instalar una ideología de género con dicha candidatura. Después de mucho trabajo, banderazos, politiquería, efervescencia artística, robos de materiales de campaña y horribles madrugadas, Bachelet ganó. Mi mamá nos involucró a mi hermano y a mí en el proceso, y junto a ella celebramos emocionados el triunfo de la primera y segunda vuelta.

Ella no trabajó en La Moneda, no pidió hacerlo -no hubiese estado mal que lo hiciera tampoco-, ni consiguió un trabajo en el sector público. Estaba convencida de que la llegada de Bachelet tendría un impacto irreversible desde entonces hasta ahora. Y se la jugó.

Durante los años de gobierno, y quizá sin tener que ver una cosa con la otra más que el impulso de introducir los temas de género, entró al equipo que peleó e instaló el tema de la píldora del día después organizando, con mujeres aguerridas, admirables y a las que les debemos mucho, una marcha pacífica que selló la posterior entrega de la píldora en todos (casi) los consultorios y hospitales del país. La marcha de abril de 2008, que fue la que cerró la causa, y que un diario la tildó en su titular como “Pildorazo”, fue la última convocatoria masiva a la que mi mamá pudo ir.

Ella se enfermó. En mayo de ese año supo que estaba enferma de antes y que el hacer caso omiso a un dolor de brazo, una inminente cojera y un poroto que solo crecía en su pechuga izquierda, la estaba aniquilando rápidamente. Las amigas que trabajaron con ella en la campaña de la entonces Presidenta -y, por supuesto, no solo ellas- se portaron increíble. Nos ayudaron a mi hermano, mi mamá y a mí de las maneras más nobles y prácticas que pudieron.

Un día, tres de ellas nos llevaron a uno de los salones de Palacio para decirnos que mi mamá se iba a morir. No con esas palabras, pero el fondo era ese. “La mamá está en un tiempo de sobrevida”, dijo una. Nos aseguraron que como amigas harían todo para que la Ale, como le decían, viviera lo que le quedaba lo mejor y más dignamente posible. En 2009, durante el poco tiempo que siguió viviendo, mi mamá solo repetía lo agradecida que estaba de ellas por hacerse cargo de nuestras miserias, sin tener que hacerlo -y con el pudor que implica recibir ayuda-, aludiendo siempre a la forma en que las había conocido: la campaña de Michelle Bachelet.

Los últimos meses de vida de mi mamá coincidieron con el último año de gobierno. Las encuestas -hoy, malditas encuestas- arrojaban a Piñera liderando las presidenciales. Esa idea mi mamá no la resistía. En secreto, recuerdo, nos decía que la democracia también tenía que ver con la alternancia, pero su compromiso político la hacía sentir un malestar evidente que verbalizaba públicamente.

Agonizó exactamente dos semanas. En esos 14 días, estuvo en un estado de sopor que la hacía dormir profundamente y despertar sin recordar nada: visitas, día, lugar, conversas, nombres. Eso era siempre así, aunque hubo días en que tampoco despertó. Cuando abría los ojos, ingenuamente creía que estaba hospitalizada de paso.

Nadie quería agitarla en sus momentos de lucidez; nadie sabía qué hacer en esos momentos de lucidez. Yo, entre lo cabra chica que era y todo el enredo propio de la situación, pensé mucho el primer día de su última -y dramática- hospitalización en qué decirle cuando abriera los ojos de nuevo. Por lo menos, sabía que cuando le hablaba le aumentaba la frecuencia cardiaca pese al estado de sopor. Tuve múltiples ideas, aunque todas enfocadas en lo que no podía expresar: algo que tuviera que ver con la casa, con mi hermano, mi papá, con las amigas, o con lo que dentro de pocos días iba a dejar sin su presencia física para siempre.

Me esmeré. Quería contarle algo que podía ser trivial para una enferma que estaba muriendo, pero que para ella podía ser tan importante que la conectara con el ímpetu de la vida que llevaba estando sana y que la había hecho realmente feliz.

Lo que se me ocurrió fue una mentira. Los últimos 14 días de vida de mi mamá los pasé repitiéndole el mismo diálogo que, sabía, iba a olvidar cuando se quedara dormida y luego, si es que teníamos suerte, volviera a despertar. “Ita -así la llamábamos con mi hermano y no “mamá”-, te tenemos una buena noticia: Piñera va bajando en las encuestas”, le decía. Ella, inocente, sonreía mucho. Y recuerdo el “mucho” porque era extraño verla así, riendo, mientras desaparecía brevemente una arruga que le dejó la gesticulación que hacía entre su nariz y los labios que evidenciaba el dolor que sentía. Después de escuchar mi mentira, me miraba y me preguntaba con el mismo entusiasmo de un niño incrédulo: “¿En serio?”. Yo siempre, todas las veces, le contesté que sí, le di un beso en la frente y esbocé una sonrisa culposa por lo que estaba haciendo.

Después de eso, mi mamá dormía profundamente mientras yo, pese a todo, la miraba satisfecha esperando contarle una vez más que Piñera había bajado en las encuestas cuando, a lo mejor, ella despertara nuevamente.



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