El peligro de Kast

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Es peligroso Kast. José Antonio es un peligro, y no por existir como personaje político, no por opinar lo que quiera sobre lo que le dé la gana -para que nadie diga que hay un veto hacia su libertad de expresión-; Kast es peligroso por el contenido vacío, agresivo, agravioso y muchas veces ignorante de lo que dice, incurriendo en falacias y hasta mentiras para justificar su discurso. Un discurso que debe flamear siempre como una bandera que motive a los que han permanecido ocultos, seguidores que salen de las cavernas gritando posturas ultraderechistas ya juzgadas por la historia, como la defensa del pinochetismo, la burla hacia los asesinados y torturados, y hacia sus familias masacradas por la crueldad; adherentes secretos de ideas discriminatorias, odiosas hacia las minorías, hacia homosexuales, indígenas, migrantes. Es peligroso Kast porque para mantener vivo el viento que hace flamear la bandera de su discurso, que ahora es la bandera de un proyecto, se ve obligado a echar un aire en el que quizás ni siquiera cree. Está atrapado por su personaje, ya no distingue entre sus planteamientos más genuinos y lo que exige su personaje, y ahí está precisamente el mayor de sus peligros: Kast ya no sólo es un político de derecha repartiendo ideas, es un símbolo, un estandarte de una forma que estimula, así como antes lo fue Pinochet, Hitler, Trump, la esvástica. Kast hizo el trabajo para funcionar hoy como el escudo que permita a otros la expansión de los impulsos reprimidos, esos impulsos que han sido liberados por el mártir valiente, el que se expone para que le peguen, el que está dispuesto al yeso con tal de seguir suprimiendo el miedo a decir lo incorrecto, lo que siempre he creído y que esta sociedad bonachona ya no permite. El peligro de Kast es que las consecuencias de sus dichos y actos ya no dependen de él, porque él ya no es sólo él, es el símbolo que a partir de su performance ya se han apropiado otros para actuar como se les dé la gana.

Kast ya podría retirarse de la política si quiere, pero lo que ha impulsado continuará dando codazos para hacerse su espacio, un espacio que ahora se reclama sin pudor. Es que ¿Cómo se podría inhibir algún reivindicador del crimen de lesa humanidad, si su líder, el que lo ha sacado del clóset político, justifica y respalda al diputado Urrutia cuando trata de terroristas aprovechadores a las víctimas del genocidio, y a quienes de milagro escaparon de él? “Urrutia dice una gran verdad: hay organizaciones, dirigentes y parlamentarios que llevan años lucrando con los DDHH en Chile. Ellos no respetan a las víctimas de verdad; ellos no reconocen el odio de la izquierda que llevó al quiebre institucional”, dijo Kast en televisión, alentando, sin base, sin nombres, sin datos, a reproducir el menoscabo sin que nadie se haga responsable. Es peligroso Kast también por ello, por la nornalización del ataque, del menoscabo, del disparo sin fundamento desde grandes medios de comunicación sin que nadie se haga responsable. Por eso es tan relevante lo que hizo Mónica Rincón cuando tras la defensa de Urrutia le pidió a Kast nombres, ridiculizándolo al dejarlo en la evidencia del no sustento; pues sólo estaba echando aire al propulsor que mantiene flameando la bandera de sus símbolos, anclados mayoritariamente en la ignorancia y la desinformación.

El peligro de Kast está en que su maquinaria en ejercicio, esa que está en funcionamiento, esa que ya sólo lo toma como referente para la activación de otros impulsos reprimidos, permite que a sus actividades vayan personas con imágenes de Pinochet resucitando el hambre genocida, personas con poleras haciendo apología del lanzamiento de cuerpos humanos al mar. Y el peligro de Kast está en que luego, cuando decide desmarcarse públicamente de esa afrenta, cuando condena “categóricamente” la burla “cruel, inhumana e inaceptable”, no es solo que ya nadie le cree –“sóplame este ojo”, le dijo la ex ministra Helia Molina-, sino que su aclaración aparece como irrelevante, inconsistente, insulsa. Sus palabras ya no tienen sentido reparatorio; pues todo su marco conceptual, todos sus actos y consecuencias se inscriben en la lógica de que no es irracional la foto de su sonrisa abrazada a la sorna de un hombre contra las victimas del sadismo. Todo calza, se diría. El mal ya está hecho, y aunque el líder de la maquinaria esté dispuesto a revertirlo, el freno de esa máquina no tiene efecto alguno, el freno está cortado, pues a través de otros soportes el mismo líder continúa acelerando el proyecto en que su figura es símbolo, el proyecto que no se detendrá hasta obtener el que es su objetivo, por les medios que hasta acá le han funcionado: la conquista del poder en la derecha, la conquista del poder en el país.

Lo que queda hacer frente a esta instauración de la maquinaria simbólica de Kast -y sus efectos-, esa que motiva consciente o inconscientemente actos como el atentado contra memoriales, como la creación de páginas y perfiles en redes sociales para denostar a la humanidad situada en la izquierda, sería no permitir la difusión del odio en base a ignorancia en nuestra presencia, como hizo Mónica Rincón, ni caer en provocaciones que lleven al enfrentamiento directo que le den más visibilidad y heroísmo a la figura construida, una figura que requiere siempre de batallas, porque él es el distinto, el diferente, el que nadie quiere entender. Pelea es lo que exige y requiere su máquina para seguir avanzando. Sólo queda apelar al raciocinio cuando sea necesario, entregando datos, exigiéndolos de vuelta, para evitar la conversión en las piezas que necesita la maquinaria para seguir creciendo, dando sentido a quienes desilusionados han perdido el sentido. Hay que evitar ser parte del plan, porque cuando se está decidido a obtener el manejo del poder en una sociedad, todos somos partes del plan. Un plan que es un peligro.



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