Hasta siempre Don Andrés Aylwin Azócar, un hombre que supo ser bueno

por Richard Sandoval


Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Falta un día para que su hermano Patricio asuma como Presidente de la República. La Catedral de Santiago está tomada por los familiares de los masacrados por la dictadura. Medio millar de presos políticos continúan tras las rejas pese a la inminencia de la democracia. Los protestantes no aceptan hablar con nadie del gobierno entrante. Solo reciben a Andrés, un hombre alto, flaco, enjuto, de prominente barba. Andrés Aylwin. El siente miedo, está indefenso. No ha hablado con su hermano y no tiene nada que ofrecer para destrabar la toma. Entonces, sólo escucha, y las palabras que recibe lo desarman: “Lo único que le pedimos es que nos siga acompañando, don Andrés, con la misma lealtad que ha tenido hasta hoy”. Un abrazo cálido, como en los tiempos en que había que contener a mujeres y hombres en búsqueda de detenidos desaparecidos, y la catedral ya estaba entregada en apenas diez minutos. Así recuerdan todos, todas, a don Andrés. Así lo recuerdan los familiares de los once fusilados de la maestranza de San Bernardo, a quienes acompañó en el proceso judicial de exigencia de justicia. Así lo recuerdan los cercanos a los fusilados de Paine, a quienes tuvo que asistir en los mismos tiempos en que debía repartirse entre el comité pro paz, las oficinas de los cooptados tribunales y las calles manchadas con joven sangre aturdida de sueños. Un viejo flaquito, de terno impecable, libro macizo del código penal en la mano. Esa es la imagen que acompaña a los carabineros de fuerzas especiales que llevaban a la cárcel a manifestantes que se conformaban con gritar su rut para que don Andrés tratara de hacer milagros, tratara de salvar sus vidas. Y él anotaba. Por eso aquella mañana en la catedral a los familiares de los presos les bastó con un abrazo, con una mano estrechada en lugar de un documento burocrático que luego se tira a la basura. Porque don Andrés, el de brazos largos y sonrisa esquiva, olió con ellos la sangre fresca de sus padres, madres y esposos detenidos. Don Andrés hizo suyo el dolor ajeno y convirtió a los perseguidos en su familia, en una a veces más importante que la propia, una que se da la mano sin mirarse cuando hay que alzar los dedos en una marcha. Ese es el verdadero pacto. Es que era un hombre sencillo, uno que cuando fue diputado antes del golpe prefirió asesorar a campesinos en lugar de aspirar al protagonismo de las luchas de los titanes de la época. Uno que recorrió las calles de San Bernardo con simpleza, con la misma paz con que acudió cada mañana a estudiar y hacer amigos al Liceo de Hombres, con la misma calma con que firmó la carta de los trece democratacristianos que condenaron el golpe desde el inicio, con el mismo aplomo con que otra vez diputado, en los transicionales noventa, cumplió su palabra de no permitir -en su medida, como pudiera- la amnistía, la impunidad de los animales que tuvo que enfrentar con los mismos huesos, con la misma piel arrugada que esta mañana descansa, muere, iluminando en la memoria de miles de chilenos los recuerdos, los encuentros nocturnos y aguerridos con este hombre que se va con tanto honor, con tanto cariño, con la sencillez más pura que portan las existencias que han sabido cómo ser felices, plenas. Se va como se fueron Laura Rodríguez, Sola Sierra, Ana Sáez, la madre de Miguel Nash. Se va avisándole a la historia que los luchadores quijotescos que vencieron a la más brutal dictadura están desapareciendo, mientras el gobierno y sus hombres de derecha insisten en hacer creer que la masacre fue un empate, con torturas con contexto, con balas como consecuencias de malas políticas. Son los mismos que a esta hora dan su pésame a la dignidad de un hombre que lo único que quiso fue ser bueno, con entendimiento, con puño firme, con humanidad inmensa y desatada. Hasta siempre, don Andrés.



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