Día del Detenido Desaparecido: se han convertido en fieras

por Richard Sandoval


Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Cada vez que veo a la madre de un detenido desaparecido, a una hermana, a un padre, a un hijo, y veo que esa persona sonríe, grita, marcha, aplaude los acordes del Illapu en un concierto de homenaje a su caído, me pregunto de dónde saca el temple, la paz, la calma para no llorar, para no gritar despavorida contra el paso del tiempo y su nostalgia y su injusticia. Porque yo me tengo que tragar las lágrimas cuando comprendo que el rostro que proyectan en los escenarios es el mismo rostro que besaron un sábado en la noche cuando, tomando una copa de vino, cantaron unas coplas para sentirse felices. Las camisas celestes son las mismas camisas que conservan en una maleta vieja sobre la que descansa el ya roto cartón en blanco y negro que reclama “¿dónde están”. La piel es la misma piel de guagua que lavaron en patios de tierra que hoy van quedando solos, con parrones abandonados que se ponen felices cuando la familia grande se vuelve a juntar para recordar a ese joven enérgico y disciplinado, alegre y rebelde que no pudo ver cómo los que quedaron se ven ahora que son viejos, ahora que más que a protestas las salidas son a controlarse la presión y a medirse el azúcar. A veces, las salidas son a mirar al nieto que juega en su escuela de fútbol, a la chiquilla que presentará un baile en el colegio. A veces, esos bailes están dedicados al abuelo desaparecido, a la tía cuya cabellera radiante luce orgullosa en fotografías colgadas en livings que también se vuelven viejos, livings en los que los altares al desaparecido han tenido que abrir paso a las fotos de los casamientos y las guaguas de los que quedaron, a las nuevas caras que llevan la sangre del desaparecido, caras enviadas desde Australia y de Finlandia, donde la sangre del desaparecido se ha mezclado con la de gente del otro lado del mundo que ha recibido a la sangre exiliada. Y ellas, las esposas, las madres, las que enfrentaron con hilos de voz a metralletas en las calles de la dictadura, no lloran. Es porque se han convertido en fieras, pienso. Las familias de los hermanos Weibel se han convertido en fieras. Los Recabarren, fieras. Los Díaz, los Rojas, los Donato, todas familias fieras. Las de las nueve embarazadas, las de los cincuenta y cuatro menores de edad. Fieras peligrosas, perfectos verdugos del olvido. Las fieras más temidas por la impunidad, las fieras nobles que de tanta batalla han preferido cambiar las lágrimas de desconsuelo por denuncia, investigación, caminatas eternas y la más simple ternura de preparar un queque para una once en que nos juntaremos a hablar otra vez de él, de ella. Por eso no lloran, me explico, en este Día del Detenido Desaparecido. Porque se han convertido en las más valientes y justas de las fieras.



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