Homenaje a Chupete, el hombre venido del planeta gol

por Javier Manriquez

Sobre Javier Manriquez

Por Javier Manriquez Piérola

Pasa en distintas edades. A veces, es una pulsión vital, de toda la vida. Otras, ocurre como un click, repentino, casi aleatorio, cuando algo hace sentido y todo cambia.
Me acuerdo de ir en la camioneta de mi papá, hundido en el asiento de atrás, cuando en la Cooperativa anuncian que se va de Colo Colo el DT Ricardo Mariano Dabrowski.
Medio que aparecía Blanco y Negro, medio que era todo un poco chacra, medio que la adolescencia, no sé, algo pasó. Seguía las noticias con pesar.
Después de eso, llegó Claudio Borghi, con la marraqueta bajo el brazo, renovando el plantel y con un pelado que venía aburrido de meter goles en Audax.

Giro. Lo había visto en la tele. Va a andar bien Papá, le dije, es bueno este.

A partir de ahí, por algún motivo, no dejé de seguir más a Colo Colo.

Otro giro. Primera ronda de la Sudamericana, Huachipato allá, los relatores argentinos haciéndose un festín con el “26”, un desconocido que de lejos se ve algo grueso, con el caminar breve, compacto. Tac-tac-tac los pasitos sobre el gramado, tac-tac-tac-tac, cuando apuraba.

Minuto 18′ y contragolpe de Colo Colo, el “14” de los blancos la agarra en mitad de cancha y sin ningún criterio humilla tres jugadores rivales mientras sigue. Sigue Fernández, sigue Fernández, qué jugada se mandó Fernández, centro de rabona, ah bueno, tiene que ser gol Suazo, tiene que ser gol Suazo, tac-tac-tac-tac, yerro de Humberto, que quiso definir de borde interno al segundo palo.

“No, no, no, no… porque era el de la Copa…”.

Ahora, diez años después, me da la impresión que en cierto modo tenían razón. No debió convertir Humberto, porque era el de la Copa.
Algo tienen ciertos grandes, que la Historia los guarda. Para bien y para mal.

Para bien: el gol que le hace a Venezuela, cara de raja, desde el límite del área grande, porque Chile no podía empatar con Venezuela así que filo le pegó y lo ganamos 3-2 con gol de Chupete en el minuto 90′.
El descuento que le hace a Brasil, perdiendo 0-5 en la miseria, sacándose de túnel al central y picándola por sobre el portero Doni que solo la mira. No celebra, no había nada que celebrar.
El empate que le marca a Brasil allá, con Bielsa en la banca, tras centro de Bose y empalme de primera, de zurda, en el corazón del área, después de ir 0-2 abajo.

Golazo. Ese partido terminó en derrota por 2-4 pero todos sabíamos que había algo distinto. Que la Historia empezaba a quebrarse.

De eso estaba hecho Chupete. De partidos importantes, distintos. Que la indisciplina, que se enojaba, que nunca le gustó tanto el fútbol. Una vez escuché que en San Antonio metía tres goles y después pedía el cambio para irse a la casa. Nada de eso importó. Jugando en Tercera metió 43 goles: Chupete aparecía y definía partidos.

Algo tenía también de épica. Del triunfo moral, digno, de brillar con el Bichi en esa vieja escuela del fútbol magia. De alcanzar la gloria con el Profe Marcelo, que era un caudillo y un filósofo.

Con todo lo bueno, igual le costó ganar al sanantonino, como le costó explotar y le costó surgir.

Me acuerdo de verlo en la tele cada fin de semana, en una schopería cerca de la plaza, con el corazón doliente y un viejito gritando “Masacre” en cada contragolpe; en esa Sudamericana feliz y triste, con mi papá y sus amigos, en cada asado hasta el final; me acuerdo de hueviar después de la pichanga con los chiquillos, imitando esa forma hermosa que tenía de hablar, “zi, zi, mi nombre ez zuazo y zoi zuper bueno”.

Chupete fue alegría en un tiempo difícil.

Era una bestia el pelado. Cuando parecía que se le iba, metía un enganche, hacía una demás, después otra, y otra, hasta que salía la que quería, la que siempre quiso, como porfiándole a la vida. Le pegaba con las dos, si tenía que cabecear, cabeceaba, de repente un chimbazo a las nubes, era egoísta, ambicioso, terco, de barrio, tenía el arco en la cabeza, de donde fuera, como sea, de espalda, girando, de primera, controlando, tac tac tac, cabeza gacha, buscando la pared, moviéndose, como si el gol fuera un imán y él fuera de hierro.

O de fierro. Quizá por lo mismo le costó tanto encajar fuera de la cancha.
Quizá por lo mismo este chupete terrible, pesado, alegre, especial, pudo ser lo más cerca que tuvimos de un ídolo. Y no lo supimos tener. O salió muy tarde quizás, o llegó muy antes.

Último giro. Para mal. Vuelve a Colo Colo, después del Cielo en Monterrey, después de marcar en Europa y recordar Chile en tiempos del temblor, después de ser goleador en la misma Clasificatoria que Luis Fabiano, Falcao y Messi. Después del Mundial que jugó lesionado, después de todo vuelve y se va antes de terminar, despedido.

Como Bam Bam, como Zidane, Chupete desaparece en la polémica, truncado, como arrancado de golpe, con la sensación amarga que no tenía que ser así. Pero en realidad, Suazo siempre estuvo lleno de giros imprevistos, radicales, como el país inquieto del que viene. Errando los fáciles y convirtiendo imposibles, cuando ya estábamos entregados.
Como ese gol que no fue, como la alegría que no vino, Chupete se va con una promesa incumplida y la eternidad para hacerla ficción.

Por lo mismo, no se nos va a olvidar Chupete. No se nos tiene tiene que olvidar. Como tampoco se nos puede olvidar ese gesto tierno, dulce, de taparse los oídos al celebrar, emulando al pequeño Chupete jr, que se protegía del estruendo cada vez que explotaba el Estadio con un gol de su padre.

Un gesto que repitió 71 veces por Colo Colo, 121 por Monterrey y 21 veces por la Roja.

Así era Humberto. Un chileno especial, que no podía ser de ninguna otra parte más que de acá; tierno y terrible, distinto, como una estrella incomprensible y tardía, que de repente hizo click, y lo cambió todo.

Había que esperarlo, pero ya está.

Gracias por tanto, Chupete. Que te vaya bien.



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