Homenaje a Cobresal, el campeón inexplicable

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Con la sola rabia que puede tener un alma sufrida, una que se rebela sabiéndose en la inferioridad permanente. Con ese espíritu de abandono y eterna dependencia desértica le pegó Matías Donoso a la pelota a los 82 minutos de una definición loca en el estadio el Cobre de El Salvador. El penal, cobrado al mismo segundo en que Darío Botinelli perdía el que pudo ser el 4-3 de la Universidad Católica contra Deportes Iquique, cerró de la única forma posible el triunfo minero para un campeonato inexplicable.

Porque, cómo se le va a explicar a un niño, en veinte años más, cuando quizás qué miserias de la naturaleza azoten a este país fatídico, que en abril de 2015, el club de Deportes Cobresal levantó la copa de campeón a un mes de la mayor devastación en la región de Atacama, su región. A un mes de innumerables aluviones que dejaron sin cama ni recuerdos, ni dulces ni juguetes, a miles de familias en Diego de Almagro, El Salado o Chañaral. Cómo explicarle a ese niño que cualquier equipo podía ser campeón, menos Cobresal. Uno de los más pobres planteles del torneo, uno que partió –como siempre- luchando contra el descenso, pero que en un paralelismo sólo entendible por Dios, se fue vistiendo de heroísmo mientras se extendían los efectos de las mayores lluvias que recuerden esos cerros grises y amarillos. Cómo explicar a esos niños, que el partido de definición se jugaría con cuatro mil personas en el estadio El Cobre, cuando en el campamento minero entero viven sólo seis mil trabajadores. Cómo explicar que la victoria se logró en una cancha que estuvo veintiún días sin ser regada, debido a la rotura de cañerías provocada por los aludes. Más imposible de explicar aún es que al campamento minero casi no le queda cobre, que su cierre fue decretado en 2005, dejando sin razón de ser a una institución que ya proyectaba su muerte. Cómo explicar que el rival sería Barnechea, un escuálido equipo descendido que, sin embargo, le fue ganando dos veces mientras a casi mil kilómetros el escolta ganaba 3-0.

Pero todo se dio vuelta, todo se cuajó para que la historia fuera contable. Nicolás Peric no se volvió loco. Las banderas de don José, minero de Diego de Almagro, de Luis Barraza y Patricio Elgueda, se salvaron de la masacre del barro para esta tarde ser izadas, entre voluntarios que vienen de Santiago, vehículos deformados en las esquinas, y dormitorios atacameños que parecen aún en estado de guerra. No murió Mario Zepeda Zepeda, dueño del devastado almacén dieguino Cobresalito, ni desapareció el valor de los héroes que miran la estrella caer desde el cielo. Vivieron, se negaron a morir los pirquineros que se quedaron con lo puesto. Se negó al olvido Benjamín Carrasco, el niñito de Chañaral que apareció recién esta semana, y se negó a quedar sin gloria en la historia escrita, la proeza de Álvaro Plaza, el bombero de 16 años que no dudó en poner su cuerpo a disposición del torrente con tal de salvar a un abuelito y una niña.

La única explicación posible para ese niño que escuchará de esta proeza en 20 años más es que no había otro equipo más inexplicable que Cobresal: un equipo sólo posible en Chile, y reflejo de la escritura de esta Patria. Formado por Codelco en plena dictadura, como parte del plan militar de apropiarse de un deporte popular para desviar la atención. Receptor del ídolo de nuestra transición democrática, Iván Zamorano, quien no podía cerrar los ojos por las noches pensando en la lejanía de su madre, en la ausencia de su padre, en que las cazuelas no bastaban. Y testigo también del abandono del Estado de sus recursos naturales, entregados a la explotación del empresariado nacional y extranjero.

Hoy ganó el financiamiento bajo de un campamento en extinción, que se mantiene sólo para entregar algo de entretención a los mineros que hacen patria en una ciudad construida por gringos. Ganó el orgullo de dirigentes sindicales subcontratados, que juegan todos los años contra los grandes en condiciones de inferioridad que no aparecen en la prensa. Ganó la dignidad de Paipote, Tierra Amarilla y Los Loros, que no aceptarán migajas del Estado en un largo período de reconstrucción, sino soluciones concretas para una zona que ha demostrado, en el peor momento de su historia, que es tanto o más Chile que los millonarios de las capitales.

Ganaron los paraguayos, la familia migrante de Ever Cantero, la inusitada personalidad de Peric, baluarte moral de un fútbol cooptado por grandes criminales. Peric, campeón en Argentina a meses del suicidio de su madre, corazón del ascensor de nuestro profesionalismo, Rangers de Talca. Y hoy están ahí, levantando una copa que se pasea por primera vez en El Salvador para sus sobrevivientes, bajo un sol que pega con una fuerza que sólo deberían recibir los polvos. Están ahí, junto a la ejecución de plenos trabajos para levantar a una región que perdió 2.071 casas, 31 seres humanos y que mantiene a 32 desaparecidos. Están ahí, en un camarín con champaña entre plenos acarreos de bidones de agua potable para la comuna de Diego de Almagro -donde está ubicado El Salvador-, una zona que tardará seis meses en recuperar su suministro. Están ahí, hoy, contra todo lo explicable. Cobresal se coronó campeón. Sólo posible en Chile, el país de las tragedias, del fatalismo, pero también de los milagros.



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