¿La Roja de todos?

por Christian Hennings Valenzuela

Sobre Christian Hennings Valenzuela

Por Christian Hennings V

 

Y llegó la Copa América en pleno cataclismo chilensis. Cuando la chispa se volvía flama y la flama comenzaba a morder la coyuntura nacional, de algún astro luciferino se desgranó este evento, dándole un respiro tanto a los políticos como a los directores de prensa que se encontraban a punto de agonizar.

Viejos, jóvenes, hombres y mujeres, consiguieron una artificial pero agraciada excusa para olvidarse de la densidad de su existir y a la vez, de celebrar los triunfos opacando, efímeramente, su denigración diaria. Ejemplos sobran: comerciantes que en pleno invierno venden cachivaches en el Paseo Ahumada. Trabajadores con los muslos acalambrados delirando por una silla. O profesores aturdidos en la incertidumbre, divagando, sobre si hay suficientes lucas para enfrentar el fin de mes. Lo increíble es que todas estas llagas parecen olvidarse tras los potentes pelotazos a la red del “Edu”. O con algún habilidoso regate del “Niño Maravilla”. Si bien no eternamente, ninguna llaga puede cicatrizar por siempre a goles, si por algunos instantes. Es más, con cada gol de “La Roja” un golpe de euforia se adueña fugazmente del espíritu del pueblo, para luego de un rato, volver a hundirlo en su rutina, en sus deudas, en su realidad… tal como lo haría cualquier droga.

Aunque para qué estamos con cosas: la gran mayoría ha seguido la Copa. La gran mayoría ha memorizado las alineaciones. La gran mayoría ha dominado hasta los cahuines de los jugadores. Y aún más, se ha entusiasmado con sólo recordar que este campeonato fue organizado sobre nuestra raquítica franja chilena… pero ¿habrá tenido este su enfoque puesto en la mayoría de sus seguidores, es decir, en aquellos que cuentan con un sueldo inferior a lo que cuestan dos entradas caras para un partido de la selección? ¿o la barra de “La Roja” radicará en rubiecitos con el dinero suficiente para financiar el mafioso espectáculo, los mismos que no pueden ir al centro de Santiago, sin tener espasmos de pavor, ante ridículas posibilidades de un crimen inventado por su pudiente paranoia?.

Basta con pararse a las afueras del Nacional un día de partido, para darse cuenta que la gran mayoría del público de Chile poco y nada tiene de chileno. O quizás sí, pero de un Chile que sólo le es familiar a algunos empresarios o narcotraficantes y no a su inmensa mayoría. Un Chile de rascacielos y business. Un Chile limpio y verdeado. Un Chile que no conoce (o conoce pero no quiere recordar) ni al roto Mapocho, ni a la amplia diversidad cultural de la Plaza de Armas, ni mucho menos a la histórica Quinta Normal. Claro está, no faltan los jóvenes que intentan escabullirse y colarse sin un peso en los bolsillos. O quienes ahorraron durante varios meses para poder cumplir el sueño de alentar a su selección en vivo. Pero son minoría y lo sabemos.

Pero no nos vayamos del tema. Eso duele pero ya nos hemos acostumbrado. Si un buen número llega tiritando a fin de mes intentando satisfacer necesidades triviales, ¿por qué deberíamos extrañarnos de esto? Es lógico. Lo ilógico, por el contrario, o lo que al menos debería serlo, son los poco justificados delirios de grandeza que afloran en algunos con el triunfo y que, lamentablemente, muchas veces terminan por ametrallar al aguerrido inmigrante. La xenofobia es un cáncer en expansión que poco a poco va consumiendo la ética del chileno y el cual debemos combatir empedernidamente. Entremezclar la lucha en la cancha con tanto estereotipo hueón, es un crimen.

En fin, ojalá que Chile le gane a Argentina el sábado. Ojalá que lluevan esas sonrisas tan vacías como bellas. Como también abrazos sin justificación y carcajadas irracionales. Pero no perdamos cierta lucidez mínima, pues aunque dentro de la atmósfera todo sea divino, seguimos bordeando el abismo constantemente. Por último, tampoco olvidemos que desde el cielo no se ven fronteras.



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