Las razones de mi generación para ganar la Copa América

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Soy de la generación que se pasó la infancia noventera escuchando, como si se tratara de un hito de otro planeta, las historias de nuestros papis saliendo a celebrar en moto con nuestro hermano mayor la Copa Libertadores del 91, con una alegría incluso mayor que la del triunfo en el plebiscito.

Soy de la generación cuyo primer recuerdo en la memoria es estar hincado en la cama, instalada en una precaria ampliación, poniéndole stick fick a las láminas de Andrés Escobar o Roberto Baggio para llenar el álbum de Estados Unidos 94, ese de galletas McKay, más ricas no hay. Y nosotros, inocentes, apoyando al país del color más bonito, ignorantes siquiera de la existencia de una Selección propia. Eran los tiempos del mayor castigo en la historia del fútbol, debido al Maracanazo del Cóndor Rojas.

Soy de la generación que se colgó del arco junto a Moisés Villarroel, Pedro Reyes y quien fuera necesario para defender un resultado que nos clasificara luego de 16 años a una Copa del Mundo. Somos los que con diez añitos salimos esa tarde del domingo 16 de noviembre de 1997 a seguir la corriente de los amigos, con banderas y carita pintada, con chalas y polera de Los Simpson a celebrar el gol del Chamuca Barrera y la increíble clasificación al Mundial de Francia 98. Francia era para nosotros el planeta Marte, una perfección que no éramos siquiera capaces de imaginar. Sólo de celebrar: el Matador, Zamorano y Pedro Carcuro se iban a a Francia, y las amigas del barrio, con jardinera y trenzas María también lo sabían.

Somos los que para los dos goles maravillosos de Salas en Burdeos supimos por primera vez que Chile podía ganar a Italia, el mismo país al que le llenábamos láminas hace cuatro años. Nos sentimos en el cielo por el sólo hecho de existir. Y estábamos felices. Las mamás nos tenían que sacar casi a correazos de la calle, donde no sólo nos creíamos Coto Sierra contra Camerún o Zamorano en el Inter; también nos picábamos a Chino Ríos, Nicolas Kiefer y Pete Sampras con raquetas que habrán pesado cuatro kilos.

Somos la generación que con el cobro de Bochardó supimos que en el fútbol, igual como en la Justicia que miraba impávida el ascenso de Augusto Pinochet al Senado, los buenos no siempre ganan. Pero igual nos quedamos roncos gritando el segundo de Salas contra Italia, igual nos abrazamos con la profe en la sala de clases -a donde habíamos llevado nuestra tele a perillas- cuando terminó el Italia-Austria, que nos permitía jugar Octavos ¡Con Brasil! Y hasta nos ilusionamos con ganarle al Scratch de Ronaldo. “Son amigos con Zamorano, somos igual de buenos”, hermoso argumento.

Y perdimos, pero no dejamos de ser felices. En el 2000, nos levantamos casi un mes a las cinco de la mañana para ver a David Pizarro en los Juegos Olímpicos de Sydney. Llegamos tarde a las clases de Castellano, pero con la belleza de saber que seguíamos siendo un equipo mundial. Dios sepa qué era eso.

Pasamos a la enseñanza media, los particulares subvenconados se multiplicaron por mil, echaron al pelao Acosta, vino Pedro García, perdimos con Vanezuela en el Nacional y el mundo se nos vino encima junto con el Mop Gate, Bush en la Estación Mapocho, la Apec y el CAE. Y supimos, como despertando del sueño de la infancia, que éramos de la generación que no había ganado nada: Colo Colo 91 no era nuestro, el Mundial 62, de los abuelitos; y el Chino Ríos, no estaba ni ahí.

Así llegamos a la adolescencia, admirando a figuras extranjeras, atestiguando como hecho natural la privatización de nuestros clubes, volviendo a creer en el nuevo camarín de Juvenal Olmos y Don Choco, hasta que se quedó dormido en una plenaria de la Fifa y el Ingeniero Norambuena ya no hizo más goles.

Así asumimos, también, que nunca íbamos a ganar nada, salvo las victorias que con un frenesí inaudito nos anunciaban todos los días El Mercurio, La Tercera y La Segunda. ¡15 años de crecimiento sostenido! ¡Nuevo Tratado de libre Comercio! ¡Nueva Prueba de Selección Universitaria!

Y por el hastío natural que provoca en las personas la ausencia total de gloria, de hazañas y victorias, supimos que las copas mundiales –que ni siquiera disputábamos- jamás nos iban a dar por sí solas la alegría que nuestra hambre de épica necesitaba. Falta otra cosa. Entonces, en mayo de 2006, amanecieron los liceos tomados, las avenidas copadas de marchas todos los días. La revolución pingüina, que partió pidiendo pase escolar gratuito, anunció el motivo de la cruzada de nuestra generación, la que nunca ganó nada: comenzar a cambiar la estructura de un país que nos dividió entre ricos y pobres, privados y liceanos, ganadores y perdedores. Y los pingüinos le dijimos al mundo que los derrotados éramos todos, que el crecimiento se burlaba en nuestras caras, tal como los equipos que convirtieron el Nacional en tres puntos seguros.

Y de repente, sin que nadie lo sospechara, apareció un nuevo entrenador en la Selección, Marcelo Bielsa, quien lo primero que hizo fue dejar claro que pensaba muy parecido al sentido de ética que los estudiantes habíamos construido: sólo con unión, sacrificio, enseñanza y entrega, se podía ganar algo. Pero lo más importante: si no se ganaba, serían los que vienen quienes podrían gozar de la gloria que necesitó de un cambio de chip en la cancha y en las familias chilenas.

Bielsa, como los pingüinos, revolucionó todo. Exigió respeto de la prensa, echó a los que remaban para atrás, e inyectó en los cerebros del Piña Villanueva, Alexis, Gary y Orellana el hambre de gloria como una forma de llevar alegría al pueblo necesitado, que pudiese así aplacar el dolor de la injusticia y motivara a luchar por terminarla. Y le ganamos a Argentina. Orellana se convirtió en el Histórico. Nos volvimos locos en Sudáfrica, nos volvimos a amanecer para ver el debut contra Honduras –como en esas mañanas de Séptimo básico para Sydney, aunque ahora borrachos-, rezamos para la recuperación del Chupete Suazo, lloramos la derrota ante España, pero jamás dejamos de creer.

Tanta fue la fe en nosotros, los que nunca habíamos ganado nada, que un año después teníamos a toda la nación hablando del fin del lucro, desmunicipalización y, aunque parezca una locura: gratuidad. Bielsa ya no estaba, muchos de los pingüinos tampoco. Al Piña Villanueva se dejó de convocar; por María Jesús aparecieron Camila, Giorgio y Gabriel; y en la Copa América de Argentina, que los medios anunciaban como el golpe mortal a las tomas y marchas, decenas de miles desplegaron la bandera por la educación pública, gratuita y de calidad. Y Cazueli pasó a ser tan importante como Claudio Bravo o Arturo Vidal. Ya no había dudas: si nuestra generación, la de los recuerdos de tíos y abuelos, iba a ganar algo, no iba a estar disasociado: Charles Aránguiz, Gonzalo Jara y Eduardo Vargas –de Puente Alto, Hualpén y Renca la Lleva- fueron tan niños huérfanos del derecho a la educación como nosotros, fueron tan felices haciendo una pausa a la escondida pelota para festejar los goles de Zamorano, y están tan comprometidos como nosotros a apoyar a los profes y los estudiantes hasta que por la fuerza del destino podamos gritar de alegría por que nuestras hermanas menores no se endeuden por estudiar.

Ese espíritu de lucha, sacrificio y ganas de ganar es el que hoy nos tiene sin miedo ante la final de la Copa América, nuestra Copa América. Aunque al frente esté Messi, Agüero y Di María: nosotros también tenemos lo nuestro: una historia que nos justifica, aunque no hayamos, en el papel, ganado nada. Y lo nuestro no sólo son las gambetas de Alexis, la fuerza de Gary o los puños de Bravo: es el ser hijos de una misma historia, la que no ha ganado nada y lo quiere todo, como la de Carlos Dittborn en el 62. Claro que ahora “nada” es pobreza encubierta de consumo, educación pública como búnker de los que no pagan mensualidades y unas ganas terribles de decirle al mundo que esta generación, la que sigue en las calles y las canchas de barrio o primera división, sí puede; porque estudiantes, trabajadores, cracks de fútbol y profesores, somos los mismos. Somos chilenos.




7 comentarios sobre “Las razones de mi generación para ganar la Copa América”


  1. Sofía

    La cagó, que grande Richard!
    Sólo echo de menos a Massú y González, y las despertadas en la madrugada pa ver Copas del Mundo, y partidos maratónicos en Grecia y llanto por un segundo lugar en Beijing. Si hablamos del Chino, tenemos que hablar de ellos.

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  2. Amadeo

    Y no hemos ganado nada todavía, si mañana no ganamos la final de la copa américa, algo más grande nos tendrá preparado el destino; la anarquía!

    Hot debate. What do you think? Thumb up 5 Thumb down 3

  3. Nicolás

    Que gran columna!! Aunque faltó la ilusión que nos provocaron los equipos de Holanda 2005 con el Mati a la cabeza, el Colo-Colo 2006 y la generación de Canada 2007, además de la U 2011. Somos de la generación que cada vez pide más

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  4. Que belleza, nací en 1990 y totalmente identificada con tu texto. Somos la generación que cuando chicos vimos a Pinochet impune sin entender mucho las noticias, que nos desvivíamos por la guerra de las teleseries y para las eliminatorias estábamos con calculadora en mano. Crecimos sin miedo, pero aún sin poder cambiar los resabios políticos del pasado que inciden en nuestro día a día, como la educación, salud, transporte, etc.
    Crecimos paralelamente crecía nuestro país económicamente. De ese unitelevisor por casa con el cual nos reuníamos para ver el Venga Conmigo, pasamos al crédito y plasmas y computadores y celulares y capitalismo, pero también dejamos de ser “chilenitos” para ser chilenos, dejamos de apocarnos y terminamos cantando el himno nacional en el mundial de Brasil a capela frente a la expectación de todo el mundo, que emocionados observaban este amor a la patria.
    Ayer fue la Copa América, mañana va a ser la educación gratuita y la celebraremos con las mismas lágrimas de felicidad. Eso espero.

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