Una cuestión de jerarquía

por Jose Parra Zeltzer

Sobre Jose Parra Zeltzer

Por Jose Parra Zeltzer

Ya es lunes y ha concluido una nueva versión de los Juegos Olímpicos. Tras 16 días de deslumbrantes manifestaciones de destreza atlética, se guardan las banderas, se apagan los faroles y volvemos a la gris llanura de la normalidad. Como en todas las oportunidades, los Juegos de Rio de Janeiro nos dejan notables historias de espíritu deportivo, con emotivos desenlaces y amargas decepciones. Siempre que se concluye un ciclo, su inmediata evaluación se hace imprescindible, y en el caso de Chile, se han remarcado una serie de factores que empiezan a explicar los, salvo excepciones, magros resultados de nuestros representantes. Ya es casi un lugar común apuntar a la falta de financiamiento y el nulo compromiso del Estado para con el alto rendimiento. Casi igual nivel de difusión tiene el argumento que tilda de heroico el esfuerzo del Team Chile, destacando en varias disciplinas a pesar de las míseras condiciones de preparación con las que deben lidiar. Sea como fuere, los resultados no son positivos, y revisando el panorama de las últimas décadas, podemos decir que cualquier especie de política deportiva competitiva reciente ha sido un fracaso.

Del sinnúmero de aristas que componen el asunto, hay una que ha destacado en los presentes Juegos, y sobre la que vale la pena debatir, la del conformismo. Nadie puede quitarle mérito al 5to lugar de Bárbara Riveros en el Triatlón, al 7pto lugar de María Fernanda Valdés en la Halterofilia o la misma ubicación que alcanzó Tomás González en la final del Salto en Gimnasia artística. El problema surge cuando esta clase de logros se estiman como suficientes, tanto a nivel institucional como de los mismos deportistas. Qué gratificante es, en este sentido, cuando Ricardo Soto, cumpliendo una actuación histórica para el Tiro con Arco nacional, declara su desilusión al quedar eliminado por milímetros en octavos de final. Pero la contracara la ofrecen tantos otros, quienes dejan caer una lluvia de excusas o irradian satisfacción por el mero hecho de presentarse, incluso sin alcanzar sus mejores marcas. Los Juegos Olímpicos, como toda contienda deportiva, viven del acercamiento a la perfección: ser un poco más rápidos, un poco más fuertes, saltar más alto, resistir más tiempo. Al tratarse de una competencia, siempre puede haber alguien que haga todo eso un tanto mejor que tú, pero ni el calor, ni el frío, ni el contexto ni la falta de financiamiento deberían ser relevantes a la hora de superar las expectativas. Sabemos que las cosas nunca son tan simples y que hay más factores que inciden en los rendimientos específicos. No obstante, cuando se maquillan los fallos y se celebra únicamente la participación, se obstaculizan también las posibilidades de crecer.

Si el deporte tiene un sentido en la actualidad, más allá de su faceta exclusivamente mercantil o los hábitos de calidad de vida que impulsa, tiene que ver con la capacidad de superación. Este rasgo irradia su influencia hacia la sociedad entera, sirviendo de ejemplo para la vida cotidiana, que muchas veces parece volverse infranqueable. Por lo mismo el deporte genera la adhesión que genera, y emociona cuando tal o cual atleta llega un centímetro más arriba o una centésima antes de lo esperado, porque demuestra que es posible sobrepasar las pruebas que se enfrentan, que en condiciones adversas, las dificultades pueden ser avasalladas. Se trata del corazón de la competencia y la relevancia de los Juegos Olímpicos reside en que materializan esta posibilidad en una gran cantidad de disciplinas, las que requieren diferentes habilidades y talentos. Pero no hay peor enemigo de la superación que el conformismo, el rendirse ante la magnitud del evento y no ser capaz de refrendar los pergaminos que permitieron la clasificación.

Hace algunos días, la ministra del deporte Natalia Riffo, afirmó en CNN que el principal éxito de la delegación chilena fue el superar los 36 deportistas que se llevaron a Londres en el 2012, alcanzando los 42 en la presente cita olímpica. Sin duda, aumentar el número de participantes es relevante, pero suena de suyo mezquino apuntar únicamente a la participación y someramente a los resultados. Afirma que se esperaban más finales también, pero se resiste a decirlo con todas sus letras: el temor al fracaso es tan rotundo, que las expectativas deben mantenerse en el piso. El gobierno puede empapar los medios de comunicación con cifras millonarias de apoyo y largas listas de iniciativas que se están realizando para masificar la práctica deportiva en el país, apuntando a llegar a Tokio 2020 mejor aspectados. Claro, la competitividad aumentará contando con más exponentes y mientras esta se haga cada vez a mayor nivel. El problema es que se escucharon similares planificaciones hace cuatro y ocho años atrás, sin todavía ver resultados que permitan ver mejorías consolidadas.

Un aspecto del que nadie habla mucho, ni busca desarrollar, pero que se hace urgente al ver el desempeño del Team Chile, tiene que ver con la jerarquía. A nuestros representantes les falta la capacidad de responder en situaciones de presión, amparándose en factores externos, malos años y los benditos imponderables. Es un tema tanto físico como psicológico, pero sobran ejemplos de países menos desarrollados, con situaciones más complejas en términos sociales pero que de todas formas se las arreglan para triunfar. No es únicamente un tema de financiamiento ni de trayectoria, es un síntoma que como país debemos enfrentar, y que pesa a la hora de enfrentarse a grandes rivales, donde salvo limitadas excepciones, nos achicamos, optamos por lo seguro, nos conformamos con lo mínimo. La falta de jerarquía se observa en quienes no superan o apenas alcanzan sus rendimientos habituales, ¡como si con eso bastara! Siempre hay más elementos que integran la discusión, los pocos cupos destinados a América Latina en determinadas disciplinas o el biotipo específico que predomina en Chile, pero si lo analizamos profundamente, no hay razones de peso que justifiquen la nula capacidad de superación que vemos en la mayoría de nuestros deportistas. Si bien no podemos pedirles medallas, sí podemos exigirles que les duela la derrota, que lo arriesguen todo (¿hay mejor momento para hacerlo?) o que se avergüencen de llegar en posiciones postreras. Es uno de los tantos focos a los que debemos apuntar para mejorar; Chile ha vivido mucho tiempo bajo la sombra del conformismo, muchos ya lo han apuntado como insuficiente y están reclamando por cambios. En el deporte, la deuda sigue pendiente.



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