Ya ganó: Homenaje a Manny Pacquiao

por Camilo Espinoza Mendoza

Sobre Camilo Espinoza Mendoza

Por Camilo Espinoza Mendoza

La primera vez que me agarré a combos fue en el colegio. A un compañero lo molestábamos por su quijada prominente. Era el típico “papiche” del curso. Había oído que hacía karate y a veces se daba vuelta para encararnos. Creo que ese día lo tildé de “cajón peruano” y le imité su cara de Melame. El tipo me pescó del cuello y me tiró contra el diario mural. Nunca pensé que él tuviera tanta fuerza. Me miraba rabioso y amenazante, así que para defenderme le conecté un derechazo imposible en el pómulo. Con el impulso se echó para atrás, mientras los que miraban gritaban la alerta conocida por todos: “¡El profe, el profe!”. Olea se fue para su puesto y yo al mío. Después él echó a correr el rumor de que yo pegaba como niña. No era necesario. Nunca más lo molesté.

De niño, yo cargaba jabas de bebida, sacos de papa y un sinfín de cajones. Pero nunca tuve tanta fuerza como el cabezón. Con él peleé dos veces, pero en un ámbito festivo. La primera en la sala de clases, me dijo: “peliemos”, como quien invita a un amigo a compartir un trago. Acepté mientras recibía su primer combo. Picao, le devolví como siete, todos al cuerpo y no tan fuerte. El segundo suyo me sacó todo el aire. Le respondí con otros cinco, el último a la cara. Me miró con cara de venganza. “Paremos”, le dije, mientras apuntaba a su camisa con sangre. No era de él, sino de mis nudillos que estaban rotos.

La segunda vez, con un amigo lo desafiamos. Estábamos en la playa. El cabezón entonces practicaba Kenpo y alardeaba de su capacidad de enfrentar a varios enemigos a la vez. El López le pegó la pura patá en la raja y arrancó. El cabezón, en lugar de salir a buscarlo, se dio vuelta y se topó conmigo. Tres patadas en la zona abdominal fueron suficientes para declarar mi rendición. Mordí la arena, literalmente.

Una vez vi pelear a mis primos con el chino y el Yuri, dos vecinos del barrio. Yo tenía como 10 años y a mis primos les sacaron la chucha. Fue un día triste, porque yo pensé que nadie les ganaba. Ellos siempre me empujaban a enfrentar al Pato, el matón de la cuadra. Pero nunca me atreví hasta varios años después, cuando con el Fito lo agarramos y lo pateamos en el suelo. “Esto no va a quedar así”, se fue alertándonos. No quedó otra que levantarle el dedo del medio. Nunca más nos dirigimos la palabra.

Son entretenidas las historias de combos, porque son cotidianas. Las puedes contar tranquilamente en la hora de once. Es sano cruzar la línea de ofrecer combos a conectarlos, ya sea por rabia o por pura diversión. Ambos son partes constitutivas del boxeo, sólo que con reglas y límites. Civilizadamente. Cuando le conté a mi vieja que estaba practicando boxeo, yo esperaba un discurso contra la violencia que eso significaba. “Tienes que mover más las piernas”, me alertó y eso fue todo.

Freddie Roach, el entrenador de Manny Pacquiao, explica que hay un momento en que su púgil siente tanta rabia, que su rendimiento dentro del ring se multiplica. Roach tiene una teoría: Esos momentos ocurren cuando Manny recuerda que su perro fue asesinado por su padre, para luego cocinarlo y comérselo.

El más doloroso recuerdo, sin duda, pero que fue posible en un contexto donde la familia Pacquiao vivía en medio de una selva de cocoteros, en una casa hecha de ramas y en medio de una guerra civil que buscaba derrocar al dictador Ferdinand Marcos de Filipinas. Zona de guerra y empobrecida. Manny vio cómo su madre le daba agua a una cuadrilla de rebeldes, para que 20 minutos más tarde, esos mismos guerrilleros fueran degollados frente a sus ojos por el ejército.

El pueblo está contigo
El pueblo está contigo

Fue por las duras condiciones de vida que los Pacquiao decidieron emigrar a la ciudad. Allí Manny pasó de esconderse de los extraños objetos que la gente llamaba “automóviles” a conocer las bondades del boxeo gracias a su tío. De ahí en adelante nadie lo paró. Dejó los estudios en sexto básico y se fue a Manila cumplidos los 16, a escondidas de su madre. Allí comenzó a vivir en un gimnasio, dormía en un costado del ring.

Los relatores de la época se admiraban. Pacquiao avanzaba, como si nada le importara, sobre sus rivales. Hasta que se acabaron los desafíos en el Asia-Pacífico. Sin saber hablar inglés llegó a Estados Unidos. Presentaron a Manny con Freddy Roach, quien hasta hoy es su entrenador. Freddy se puso los focos, Manny los guantes. No eran necesarias las palabras. A las semanas disputaría ya un título mundial contra el sudafricano Lehlo “manos de piedra” Ledwaba, en la categoría supergallo (entre 53 y 55 kilos, aprox.). Pacquiao era el sexto en la lista, pero ninguno de los cinco anteriores estaba disponible. La casualidad terminó con KOT declarado por el juez Joe Cortez en el sexto round y el fin de la esperanza africana.

Lo que se viene después ya ha sido ampliamente notificado por la prensa mundial: Pacquiao fue campeón de ocho categorías de peso: mosca, supergallo, pluma, superpluma, ligero, superligero, welter y superwelter. Varias de sus peleas están en la retina de todos los amantes del boxeo: Las dos guerras frente al mexicano Erik Morales, la rabia desplegada en las peleas con Marco Antonio Barrera, el “dream match” donde se llevó la victoria frente a Óscar de la Hoya, el inolvidable KO frente al inglés Ricky Hatton en tan sólo el segundo round y la cara de Antonio Margarito que terminó totalmente desfigurada, a pesar de los 11 cms. de ventaja que tenía por su altura.

Para el cierre de esta pequeña semblanza, he querido dejar sus cuatro peleas con Juan Manuel Márquez. Todas increíbles. Un empate, dos victorias para Pac-Man y un KO a favor del mexicano en el sexto round, que dejó al filipino inconsciente en el ring en diciembre del 2012. Cada vez que uno ve las imágenes, suena un clavicordio funerario en el corazón. El más grande de la década caía desplomado.

Errar un penal en una final es duro. Pero después de la muerte de la madre, no hay dolor más grande que sufrir un KO. La vida se desploma, todos los esfuerzos se echan por la borda. Nada tiene sentido. Pero como le dijo alguna vez Rocky Balboa a su hijo: “Déjame decirte algo que ya sabes. El mundo no son amaneceres y arcoiris, sino un lugar muy malo y asqueroso. Y en realidad, no le importa lo duro que seas, te golpeará y te pondrá de rodillas, y ahí te dejará si se lo permites. Ni tú ni nadie golpeará tan fuerte como la vida. Pero no importa lo fuerte que puedas golpear. Importa lo fuerte que puedan golpearte y seguir adelante. Todo lo que puedas aceptar y seguir adelante ¡De eso se trata la vida!”.

De eso se trata la vida, queridos amigos. Los analistas que militan en las leyes del boxeo moderno les dirán que hoy la pelea es de Mayweather, por los puntos. Desde el oprobio de la comodidad intelectual, el boxeo no pasará de ser un deporte de brutos, una genialidad publicitaria o un negocio donde su resultado ya está arreglado y los jueces ya están comprados. Pero en los análisis estructurales de candidato a diputado trasnochado, pararse de un KO y enfrentarse al campeón invicto es sólo el delirio de un cristiano fanático que no tuvo la fortuna de una frondosa biblioteca en su living ni la capacidad de hablar de cualquier cosa sobre la cual no sabe nada.

Pacquiao tiene la certera posibilidad de perder, eso es cierto y lo confirman las casas de apuestas. Pero el milagro filipino no depende de las tarjetas que benefician a Mayweather, sino que vive en el joven que entrena por las tardes en el club México o en el parque Bustamante, que golpea el saco mientras se escucha la lluvia en Chiloé o golpean las olas en la playa Cavancha, que sale a trotar entre la bruma de Osorno o los restos que dejó el 27F en Talca, que enfrenta el frío de Trellew o se cría en los barrios de New Jersey, el DF o Kanagawa. Hacer deporte ¡Hacer boxeo! en un gimnasio donde el techo se cae o amarrando los sacos a los árboles de la plaza, cuando el vértigo de los tiempos exige -con desenfrenado exitismo- rendir culto al ocio improductivo, el derroche y el lujo, Manny Pacquiao pasó de recoger peces a los 10 años en Filipinas a fajarse con el campeón invicto en Las Vegas.

Manny Pacquiao ya ganó y hoy solo se parará a enfrentar a otro más en la lista.



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