2016: el año en que la violencia mató a Chile

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Imaginemos que este año en Chile nació un niño. Imaginemos que ese niño vivió toda su vida, desde el parto hasta su adelantada muerte, en este 2016. Imaginemos que ese niño se llamó Chile, imaginemos que no nació en cuna de oro, nació pobre, nunca estuvo cerca del oro, y veamos cómo le fue. Chile nunca tuvo isapre, sus padres ganaron poco más del sueldo mínimo, y las dificultades las vivió desde el día uno de su existencia. Chile nació en el Hospital San José, en el San Borja o en el Claudio Vicuña de San Antonio, y su madre sufrió violencia obstétrica, esa violación de derecho humano de la que este país se enteró este año y de la que se sigue haciendo el leso. El equipo médico quiso ahorrar tiempo y le practicó una cesárea injustificada. Antes, su mamá tuvo que rogar por anestesia, y después, tuvo que soportar frases como “tu hijo no te hará caso porque no lo pudiste tener por ti misma”. El papá de Chile no se hizo cargo, apenas le dio el apellido, desapareció del barrio y sólo lo visitaba para sus cumpleaños, nunca le dio plata, y ante la llegada de nuevos hermanos, su mamá -que desde siempre trabajó de nana- lo tuvo que mandar a un centro del Sename. No le quedó otra opción. Desde allí, Chile se escapaba, impulsivo, a recorrer las calles de la ciudad con decenas de calendarios en las manos. Cuando regresaba, se encontraba con algunas amigas, como Lissette, cuyos padres separados tampoco se pudieron hacer cargo de su crecimiento. Lissette también se escapaba. Escapaban juntos, entendiendo en secreto, sin hablar, las razones más profundas de sus ataques de ira, ataques mutuos, ataques repetidos en el silencio que encierran las paredes de los centros del Sename, donde duermen, protegidos, más de cien mil niños al amparo del Estado. Un día de 2016, Chile ya no encontró más a Lissette. Lissette había muerto. Primero dijeron que producto de unos medicamentos, pero luego se supo que las monitoras a cargo la tiraron al suelo, boca abajo, hasta asfixiarla, mientras Lissette se orinaba. Le había dado un ataque, un arrebato desconcertado, abandonado, a kilómetros de sus padres. Lissette murió en abril, tenía once años, y fue la tercera víctima en veinticuatro meses de la muerte que te encuentra en el Servicio Nacional de Menores. Luego supimos, mientras avanzaba 2016, que Lissette fue sólo una de las doscientas diez niñas y niños que murieron en custodia del Estado desde el 2005. Otros cuatrocientos seis murieron en tanto eran tratados en programas ambulatorios. Chile temía. Chile, como tantos otros niños de ojos destemplados, de movimientos asustadizos ante el tacto de un desconocido, temía mientras avanzaba el 2016.

Un día, Chile acompañó a su mamá al trabajo. Hacía mucho calor, y decidió divertirse en la piscina. Los propietarios de Ñuñoa lo miraron feo, retiraron a sus críos y lo denunciaron a la administración. Chile no volvió a acompañar a su mamá. Otro día, Chile fue a ver a su padre, el que hace meses no le daba ni un peso a su mamá. El papá estaba preso, cayó en un portonazo. El papá, como lo supimos en febrero gracias a un informe de la Corte de Apelaciones, dormía en la cárcel junto a chinches, a veces descansaba su cuerpo sobre otros internos, y comía con la mano por falta de cubiertos. “Tuve suerte”, le repetía a Chile, porque en el siguiente atraco su socio resultó muerto, en San Bernardo. Los dueños del vehículo robado lo persiguieron, y cuando encontraron el auto no se conformaron con recuperarlo; tomaron unos palos y lo masacraron hasta no dejarlo respirar. Era la justicia por las propias manos la que avanzaba cruenta con los días de 2016, esa justicia azuzada por el Tío Emilio los domingos en el trece, esa musicalizada por melodías de thriller, en Chilevisión Noticias, en la semana por las tardes.

A Chile ya no lo sorprendía la violencia. En el Sename se hizo de nuevos amigos, varios habían huido solos, de los golpes en sus casas, de la droga consumiendo a padres que golpeaban, habían huido de hombres que maltrataban hasta matar, hasta matar a más de cuarenta mujeres, otro año. Chile escuchó hablar de Nabila, la mujer a la que le sacaron los ojos en el sur, y Chile volvió a temer, por él y por su madre, recorriendo paisajes en nuevas micros, aprovechando marchas gigantes por el centro para hacerse unas monedas. Chile vendió calendarios en agosto, mientras su abuela, la mujer de los ochenta mil pesos mensuales que en las visitas le entregaba billetes escondidos, gritaba con un cartel colgado al cuello que “No más AFP”, que basta de pensiones miseria que sólo provocan hambre.

Chile intentó volver a estudiar, a ratos. En el colegio no le iba muy bien, pero se hizo de buenos amigos. Su escuela era pública y cada vez era mayor la cantidad de compañeros negros, de acentos cadenciosos. De ellos escuchó que eran distintos, porque lo decían en las noticias. De ellos escuchó que un tal Piñera relacionaba a los papás de sus nuevos compañeros con la delincuencia, de ellos escuchó que para quedarse en este país de tantas maravillas tendrían que justificar cada seis meses que están trabajando, como propusieron en un documento los partidos que respaldan al mismo Piñera, para comprobar que no andarán en malos pasos.

En el barrio de Chile también vivía Marcelo. Marcelo trabajaba como transformista en un circo, y en una noche de febrero fue baleado después de que su madre tratara de defenderlo de burlas homofóbicas. Ese mismo impulso asesino, en otros cuerpos, le avisó a Chile en diciembre, la misma semana de su propia muerte, que otro hombre había sido asesinado por ser homosexual. Esta vez fue en La Cisterna: Vicente Vera limpiaba su jardín con su pareja cuando, al tratar de espantar los ataques verbales de otros cinco hombres, recibió varias puñaladas en el cuerpo y la cabeza, a la vista de Henry, su compañero durante veintitrés años, su compañero anonadado declarando ante Carabineros aún con sangre en la polera y los anteojos quebrados.

La semana en que murió Chile, con sólo trece años, en Temuco, acusado falsamente de violar a una niña; la semana en que se supo de la tortura aplicada ante su silencio por un grupo de hombres enajenados, durante una de sus salidas del Sename para vender calendarios, fue una semana terrible, corolario de un año desconcertante, un año violento. Mientras algunos justicieros de redes sociales aún defendían la tortura a Chile, políticos celebraban con ímpetu y risa el regalo de un empresario que creyó que era simpático decir con una muñeca inflable que, para crecer, la economía debe ser estimulada, tal como las mujeres. Son los mismos políticos que hace meses rechazaron la violencia contra la mujer sumándose a la campaña #NiUnaMenos. Esa misma semana, la semana de la violencia que mató a Chile, se supo de cuatro redes de explotación sexual infantil, compuestas de por lo menos veinticinco niñas de entre trece y diecisiete años a cargo, otra vez, del Sename. Fue la misma semana en que supimos que veintidós niños a cargo del gobierno en Playa Ancha fueron torturados con golpes, llaves de artes marciales para inmovilizarlos y duchas de agua fría.

Chile no es sólo un niño. Chile no representa sólo a un niño más del Sename muerto, en manos de la brutalidad sustentada en el sentido común de una sociedad que valida la asfixia. Chile representa el extremo del destino funesto que atrapa, con más posibilidades que a los cercanos al oro, a las víctimas concretas de la desigualdad. Chile es la respuesta a José Piñera, uno de los personajes del año, quien dijo que de desigualdad no ha muerto nadie. Chile, todo lo que conoció, todos los dolores de los que supo Chile este año, es la respuesta a Eugenio Tironi, uno de los ideólogos del país que es capaz de concesionar hasta el cuidado de los niños indefensos, quien cierra la temporada diciendo que la desigualdad es un cliché. Chile, el niño de Chile que ha muerto, es la respuesta a la senadora Jacqueline Van Rysselberghe, quien dice que no cree en la igualdad a secas, pero sí en la igualdad de oportunidades y de justicia. Chile es la respuesta a la falacia de esas oportunidades, pregonadas por la representante en la UDI de personajes como Jovino Novoa, autor de los más grandes delitos económicos de esta democracia, hoy en libertad.

Lo más terrible, lo más desconcertante, es que todos los hechos descritos en esta crónica de ficción, personificada en un niño de ficción llamado Chile, con una familia de ficción y amistades de ficción, no son ficción. Porque todo lo que vivió y conoció Chile, el personaje, no es ficción. Lo más terrible, lo más desconcertante, es que todo lo que vivió Chile pasó en 2016 aquí, en Chile, el país, y le pasó en alguna medida a decenas, a miles de personas que sufren en el anonimato de esta nación que se vende al mundo como ejemplo a seguir. Como Chile, este año murió un niño en Temuco torturado por adultos que le asignaron un crimen, un niño llamado Alan, al cuidado de su padre y del Sename. Todo lo que le pasó a Chile, el personaje de ficción, a Alan, el niño de verdad, pasa y va a seguir pasando en la realidad de Chile, el país de la crisis moral que en 2016 nos dejó en el desconcierto, en el más absoluto desconcierto, mientras Joaquín Lavín dice feliz año nuevo anunciando que quiere armar a sus guardias municipales con gas pimienta y electroshock para defender a Las Condes; mientras madres primerizas se enteran -como regalo de navidad- que no pudieron comprar pañales a sus críos porque las empresas se coludieron; mientras Carabineros vuelve a disparar por la espalda a un adolescente mapuche, entregado e indefenso, tan indefenso y entregado como el bebé que Lorenza Cayuhan trajo a Chile en octubre, bebé que lo primero que encontró en esta República fue cadenas engrillando las piernas de su madre presa, su madre pariendo presa. Son los capítulos oscuros que dejó en la memoria y en la carne el 2016, el año en que la violencia mató a Chile, con tanta saña, de tantas formas.

Son los efectos y las consecuencias de vivir en un país militarizado, militarizado no sólo en la Araucanía y la reprensión estatal, militarizado en las mentes que presumen siempre como primera opción, que si un joven es acribillado por carabineros, y además es mapuche, y además es pobre, es porque algo andaba haciendo, en algo andaba metido, pidiendo a gritos que le metieran cien balines en los órganos y que le dejaran la pelvis fracturada. Un país militarizado en una prensa que ante el agonizar de un estudiante mapuche baleado por la espalda, un estudiante que al otro día comenzaba a hacer su práctica profesional, prefiere omitir la maldad en su portada y condenar a un manifestante que apedrea “maleteramente”, con un limón quizás, al empresario Andrónico Luksic. Vaya paradoja. En 2016 la violencia mató a Chile amparada en una justicia que deja libre al autor del homicidio frustrado contra un joven mapuche a menos de cuarenta y ocho horas del ataque vil, ataque “accidental”, como dijeron. Es este el Chile, el de las muertes accidentales y de los heridos graves por “fuerzas desmedidas”, al que la impregnada violencia, en este 2016, mató y desgarró. Otra vez mató.




6 comentarios sobre “2016: el año en que la violencia mató a Chile”


  1. Me dio una pena leer esta “radiografía” de $hile …Pensar que aún hay miles de personas que no ven este tipo de violencia o la naturalizan es lo que me da mas miedo, mucho odio…Cuanta claridad Richard, me emociona tu forma de escribir y de exponer estos temas, muchas gracias por el certero análisis!!

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  2. gaston roldan

    Solo decirte que vuestro articulo nos da mas fuerzas para seguir denunciando. Personas honestas como tu son las que salvaran esta sociedad marcada por la ambicion y el poder ,saludos.

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