4 de agosto de 2011, el día en que la transición pidió morir

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Por Richard Sandoval

Sabida por todos era la ineptitud política del equipo de ministros que rodea al Presidente Sebastián Piñera. Sabido es su profundo interés, arraigado en un espíritu patronal, de aplastar, esconder y desconocer los derechos y las demandas ciudadanas. Pero lo que no sabía nadie, era el favor inmenso que este 4 de agosto ha dado el ministro Rodrigo Hinzpeter al pueblo chileno.

Con su obtusa idea de no autorizar las marchas de estudiantes secundarios y universitarios, se desató una locura policial que no demoró en encontrar las respuestas de la naturaleza social. Es la respuesta de la impotencia de los oprimidos. De las generaciones que hoy le gritaron al mundo que seguimos viviendo bajo lógicas institucionales de la dictadura de Pinochet.

La represión inaudita de ciudades en estado de sitio es el mayor símbolo de un sistema político en el que el poder exclusivo del Ejecutivo funciona como dueño de la totalidad de las personas, dueño de la calle y sus tiempos, y de lo que ocurre en cada una de sus esquinas. Al aplicar la indicación constitucional (promulgada por decreto en 1983) que limita la reunión y las manifestaciones a la voluntad política del intendente de turno, el gobierno abrió las puertas a un pueblo que dio el grito de furia más fuerte desde el regreso a la democracia.

Y el fuego se tomó las calles. Barricadas en todas las esquinas, apoyadas por bocinazos incesantes de los automovilistas de paso, en puertos, plazas de armas y paseos peatonales. Los pulgares arriba de los vecinos reflejaban un triunfo que a los movimientos sociales les costó décadas lograr: el transversal apoyo ciudadano. Y las bombas lacrimógenas intentaban en vano abortar la alegría de la lucha. Una alegría en medio de lágrimas, limones y amoniaco, elementos que decoraban las calles mojadas, atoradas y a veces desiertas, esperando las batallas que hasta esta hora no se detienen en todas las ciudades del país.

El apoyo al movimiento, que según el propio gobierno supera el 70%, es el respaldo a una expresión que va mucho más allá de la educación, es el apoyo a la causa nacional que busca terminar con la imagen de un país falso. Un país que tímidamente, tras silenciosas disputas en el transcurso de los años, ha alcanzado la madurez para gritar que es uno de los más desiguales del planeta. Es el grito contra el Chile de la locura, el que gasta tres veces más en armas que en educación, seis veces más que en salud, y doce más que en viviendas. Es el Chile que quema la tienda La Polar de San Diego como consecuencia del llanto, el sufrimiento y la muerte de los explotados que ya no están, mientras empresarios y políticos del consenso lucran, se enriquecen y siguen viviendo del lujo que no baja del “sector oriente”.

El 4 de agosto quedará en la memoria de la lucha. Un día intoxicado, golpeado y a veces triste, pero que recupera la sonrisa en cada cacerola golpeada por señoras cualquiera y viejos arrugados. Este 4 de agosto reprimido con la violencia que aplican dictaduras, quedará por siempre como el día en que el pueblo chileno sacó la voz para desenmascarar al país de mentira que se ha vendido al mundo en veinte años de transición democrática. Una transición que exige morir, entre el polvo tóxico de cientos de bombas que clausuran la Alameda, paralizada por las banderas de la justicia y la libertad.




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