A Pinochet no me lo puedo sacar de la cabeza

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

A Pinochet no me lo puedo sacar de la cabeza. Es como si nunca hubiera muerto. Aparece todos los días. Al despertar con la noticia del descubrimiento de un cuerpo descuartizado y pensar, por la cresta, por lo menos la familia de ese muerto tiene huesos, pedazos que pudieron haber sido carne. Lo reconozco cuando un troll me insulta por “guatón asqueroso” que se atreve a hablar de un ídolo que murió en libertad bajo fianza. Lo veo en los disparos que me dirigen los que se molestan de mi queja, disparos afilados por palabras como “maricón, maricón culiao y reculiao”. A Pinochet lo veo en los fanáticos de las fronteras que en lugar de debatir con honestidad sobre el por qué no quieren inmigrantes en su suelo, prefieren acusar que lo que realmente pasa conmigo, que los critico, es que me gustan las “pichulas negras”. Porque el que critica es el problema, siempre y en todo. El aura de Pinochet, el aura de la violencia con que viejas y cabros jóvenes perseguían a los periodistas que cubrían sus actos de festejo –hasta golpearlos- lo veo, a diez años de su muerte, en el que usa las fallas de algún cuerpo para atacar las ideas de un ser humano. Pinochet está vivo. Y en gente que ni siquiera gozó de la supuesta paz de su reinado, de los años en que no se movía una hoja sin que él lo supiera, de los tiempos en que “estos flaites de mierda que se atreven a escuchar música en sus celulares estarían muy bien fusilados”. Destroza el alma ver a Pinochet en la bestialidad del ignorante que se pasea por las noches luciendo una pistola afuera de una disco, en el terror del transeúnte que a una pasada a llevar en el paseo Ahumada responde con un “conchetumare”, temiendo y siempre temiendo, siempre a la defensiva. Veo a Pinochet en el vacío de afectos y valores que se llena con la más pordiosera de las drogas, en la población. Pienso en él, en algunas esquinas de Los Morros, cuando veo cuerpos escuálidos, perdidos, buscando a través de la limosna consuelos inexistentes, consuelos negados por trabajadores que se bajan rápido de micros para alcanzar a estar, en el poco rato que permiten las dobles jornadas, con los hijos. Lo veo en la explotación de los trabajos tercerizados, que castigan con hambre al que osa usar la huelga. Lo veo en Sodimac, Homecenter. Pinochet nunca se fue, pernocta en las botellas rotas que marcan cuerpos homosexuales en descampados que amanecen con personas en estado de coma. Pinochet, su rostro vengativo, pícaro y vengativo, prepotente y avasallador, bajando triunfante de un avión proveniente de Londres, también creció con nosotros, los que no vivimos la dictadura. Cómo no va a haber crecido con nosotros, si su genocidio impune, por el que nunca pagó, lo alzó a vista y paciencia de nuestros democráticos presidentes, jurando como senador vitalicio, como estrella histórica que mereció el homenaje de sesenta parlamentarios de la UDI y RN a inicios de siglo, en su casa en La Dehesa. Cómo no va a haber crecido con nosotros, si un actual pre candidato presidencial –José Miguel Insulza- se jugó su carrera política trayéndolo de vuelta desde Inglaterra, el país que tuvo el coraje de tomarlo preso por primera y única vez, casi por asalto. Pinochet, el demonio que aún no deja dormir a mujeres violadas por perros y ratones, el siniestro demonio que separó matrimonios y familias, enfrentado por primera y única vez a un policía que lo prive de la libertad de la que él tanto privó y masacró.

A Pinochet, el militar traidor que mandó a matar a su antecesor en el cargo más digno de un oficial de Ejército –Carlos Prat-, lo veo en el cobarde anónimo que usa su vida como el hobby de destruir la imagen de otros, sin poner su nombre ni su apellido. Lo veo en los que se sienten cómodos, a la hora de la once, pensando en qué inventar mañana para destruir al enemigo, para hacerlo llorar. Lo veo en el que deja a inocentes traumados por el bullying para después lavarse las manos. Nadie fue nomás, y vamos avanzando, trepando, robando, coimeando a los ruines, armando a las huestes que construyen la gran red de la tiranía. Esa tiranía la veo en jóvenes, en viejos, en Jaqueline Van Rysselberghe tratada de “Coca” en un correo enviado por un dirigente de la industria pesquera, para que luego la “Coca” vote en línea con lo que va a beneficiar a ese empresariado. A Pinochet lo veo en sus empresarios, los que se enriquecieron con su obra, financiando fundaciones que rechazan derechos. A Pinochet lo veo en Piñera, responsabilizando a su familia de negocios que perjudican a Chile, y respondiendo a su baja en las encuestas -por ser calificado como un vende patria- atacando al más débil de los débiles, al que por ser extranjero solo y recién llegado, ilegal, ni siquiera cuenta con el derecho a estar. A Pinochet lo veo en el actual debate de inmigración, en el que sus defensores, los mismos que lo fueron a ver a Londres, repiten una y otra vez la imagen del migrante como una amenaza a la seguridad nacional, lo mismo que dice el corazón de la Ley que rige la migración en Chile, creación de Pinochet de 1975.

No han pasado diez años. Ha pasado menos, quizás nada. No pasa el tiempo cuando se mira al cielo, cuando todos miran al cielo buscando la Súper Luna, esa que muestran en las noticias, y algunas niñas piensan, todavía, en dónde, dónde, dónde estará mi abuelo Isamel, dónde el hermano Víctor, dónde Laura. No pasa el tiempo cuando el que cortó la cabeza a los degollados camina, entra a una tienda, al cine y se conmueve con una película. Libre los domingos. No pasa el tiempo cuando se sigue diciendo que la única salida a haber vivido la vida como una angustia, la angustia del buscar, es olvidar. A Pinochet lo veo en la injusticia, en la impotencia que causa la injusticia, en la potestad -que tiene el que está arriba- de decir “si te gusta bien, y si no, te la tienes que mamar”. Lo veo en la soberbia del poderoso, en el poder que creen tener los enardecidos, los que por insultarte o golpearte creen que están gozando o creando algo. A Pinochet lo veo en los papás que crían niños odiando el rosado porque es de mujer, en los pequeños que aún se guardan las lágrimas porque debilitarse no es de hombres. Pinochet no ha muerto, no me lo puedo sacar de la cabeza, porque me niego a verlo como el anciano que debe dar pena. Lo veo dando su última entrevista, agudo, hábil, abusador, arengando a todos los que creen que la brutalidad y la falta de respeto, la humillación y el cinismo han de ser las claves de la vida. Pinochet construyó un país así, un país de democracia rindiéndose a sus pies, un país que se sintió cómodo así, un país que nos formó así y que hasta el día de hoy no deja de formar así. Un país gobernado por mayoría de mediocres, que buscan el más mezquino beneficio personal, en lugar del colectivo; un beneficio que si es colectivo siempre devuelva votos. Un país con abuso y cobardía.

En el trance de la historia, cuando nos lean en un siglo más, nos verán con Pinochet respirando en nuestras nucas, a nuestro lado, y así explicarán, entendiendo el gen pinochetista viviendo en 2016, a diez años de su muerte, tanta crueldad aún rigiendo nuestras vidas. Tanta soberanía de la estupidez, de las golpizas más ratas, quedando siempre impunes, porque el que se salva sirve para otra guerra. A Pinochet no me lo puedo sacar de la cabeza, porque hoy vivo entre sus guerras. Vivimos entre sus guerras.




4 comentarios sobre “A Pinochet no me lo puedo sacar de la cabeza”


  1. Pensar que los que hablan de olvidar el pasado, aún hoy en día el modelo que implantó ha sido perfeccionado por la NM en consenso con la Derecha. Que lamentable haber dejado que fuera Senador y no fuese juzgado por crímenes de lesa humanidad cuando estuvo detenido en Londres en 1998…

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