Chile se quemó a lo bonzo

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

¿Cómo la humanidad entiende que una madre arriesgue la vida de su hijo, un niño de tres años, resistiendo sobre el techo al chorro de agua de un guanaco? Es difícil encontrar las palabras para describir lo que significa para nuestro país la desesperación de una mujer de un campamento de Copiapó, el Tornini, entregada al destino de un ataque policial con la única finalidad de expresar que no le quedan más recursos para solicitar la ayuda que se le ha negado por años por parte de un país en vías de desarrollo, pero cuyo abandono hoy se hace más patente que nunca.

En el fondo, lo que quizás sin proponérselo nos quiere decir esta mujer amarrada a una guagua ignorante del desastre, no es que la ayuda del gobierno se ha demorado en llegar a su sector; es que su condición de marginales nunca ha sido un asunto de primerísima prioridad para el Estado. Lo que esa mujer nos dice, fiel a su esposo que no claudica en el intento por quemarse a lo bonzo, es que los postergados por la economía social de mercado ponen en riesgo la vida de sus hijos todos los días, viviendo en mediaaguas que barro más barro menos, de todas formas se convierten en focos infecciosos en invierno. Es que ponen en riesgo a sus criaturas alimentándolos una y otra vez de puro pan y tallarines, de puro nuggets y vienesas, de pura sobra y desperdicio. Desnutrición, obesidad y polvo se han mezclado generación tras generación en esos núcleos familiares que, simbolizados en tres personajes de morbo televisivo, acusan hoy sin asco ni resguardos que el fuego y el peligro siempre han sido parte de sus vidas.

No, no importa morir calcinado ni soltar a la guagua cuando el zinc del techo ceda; más importa, en momentos en que la paciencia dice basta, aclarar a una Patria entera que las culpas no se extirpan enviando colchonetas, que el sistema político no cumple atiborrando aviones Hércules y barcazas Sargento Aldea de frazadas y abarrotes. Lo que dijeron esos gritos desesperados de lucha frente a efectivos policiales que por orden de un superior impidieron que la familia se quemara a lo bonzo, es que no seamos descarados. En este cínico país, sobre todo en los suburbios de Santiago y en los rincones más públicos de las regiones, se ha resistido una vida entera viviendo a lo bonzo. Una vida maldita, dibujada por colas eternas en consultorios, por maltratos y agarrones en la micro, por despidos por necesidades de la empresa en el trabajo, por burlas a “nanas” y discriminación a la suciedad de obreros en la tarde.

El fuego, azuzado por aluviones insólitos en la historia de la naturaleza de Atacama, ha estado encendido siempre en campamentos, poblaciones y guetos de pobreza construidos a propósito; en todas las violaciones que se callan por miedo a una tragedia en masa, en ajustes de cuentas cuyo fin no se vislumbra; en todos los abortos de casa, clandestinos, a escondidas, que terminan en depresiones incurables; en todos los talentos que llegaron a sexto básico atrapados por la pasta o arrinconados por la necesidad de madres que necesitan a un padre de familia, de doce o trece años, que cumpla el rol de otros padres idos al abrazo de otras drogras, de otros flagelos imperantes en la gran masa pobre de Chile, que según cifras oficiales llegaría al 20%, pero que todos sabemos es mucho mayor.

En ese hombre, en esa mujer y sus brazos tiritando junto a un niño, maúllan todos los que, sin medios ni contactos, no pueden manifestar el crimen, la puñalada que le encestaron a los más pobres los que hoy se jactan de la paz social construida por la transición en la medida de lo posible, con carreteras de nivel europeo y créditos de consumo que nos colapsan de tablets, pero con cientos de miles comiéndose diariamente la mierda de una vida levantada sobre el lecho de un río, sobre el cauce natural del fuego. Paredes levantadas donde no se debe por la simple razón de que el modelo de desarrollo neoliberal, dirigido a los dueños del consumo, a los que al final de la guerra le ganan a la vida; no considera a los perdedores, ese porcentaje de la clase que hasta por razones matemáticas nunca va a entrar al sistema. Esos de los que hay que preocuparse cuando se desata una catástrofe, las que maquiavélicamente disfrazamos de tragedia casi del destino.

Mentirosos los que hacen creer a un país con corazón de abuelita que el colapso de la planificación urbana inexistente, que la desaparición de las casuchas endebles de los que ganan el sueldo mínimo, estaba escrito en una épica griega.

El país ya no lo puede creer. A incendios, terremotos y erupciones volcánicas se le suman aluviones, inundaciones y quizás cuánta otra desgracia. De lo único que debemos estar seguros, para no perder el foco de la injusticia de nuestra Patria, es que el martirio que hoy azota al norte no es una catarsis de una obra de ficción. Es la consecuencia directa de hacer de las ciudades, la reproducción de un modelo de explotación que deviene en miserables a los escuálidos de bolsillo. La muerte, los damnificados y albergados –siempre pobres- son consecuencia directa de nuestro modelo de desarrollo regente: uno dirigido por y para los ricos y nuevo ricos.

Pero vivir y morir con mierda cansa, por más que el amor nos mantenga en esa resistencia reflejada en una vecina de la familia rebelde sobre el techo de su casa. “No soltís al niño, no soltís al niño”, le gritaba a su amiga otra madre desesperada. Pero hoy ya da lo mismo perderlo todo.

Ese Chile fosforescente que se prometió a sí mismo nunca apagar, con patines rollers y zapatillas con luces, hoy se quemó a lo bonzo, harto de mentiras, entregado a la muerte y al sacrificio. Por cansancio, por dignidad, por el fruto de la más aberrante desigualdad.




1 comentario sobre “Chile se quemó a lo bonzo”


  1. Lo que esa mujer nos dice, fiel a su esposo que no claudica en el intento por quemarse a lo bonzo, es que los postergados por la economía social de mercado ponen en riesgo la vida de sus hijos todos los días, viviendo en mediaaguas que barro más barro menos, de todas formas se convierten en focos infecciosos en invierno. Es que ponen en riesgo a sus criaturas alimentándolos una y otra vez de puro pan y tallarines, de puro nuggets y vienesas, de pura sobra y desperdicio.

    Ese Chile fosforescente que se prometió a sí mismo nunca apagar, con patines rollers y zapatillas con luces, hoy se quemó a lo bonzo, harto de mentiras, entregado a la muerte y al sacrificio. Por cansancio, por dignidad, por el fruto de la más aberrante desigualdad.

    Creo que me acabo de ir a la mierda…. me pondré a llorar.

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