El lucro de la muerte: el abuso de los cementerios que nadie quiere ver

por Richard Sandoval

Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Hoy se cumplieron tres años de la muerte de Felipe Camiroaga, y de paso tres temporadas de incesantes caminatas a su tumba en el Parque del Recuerdo de Huechuraba, máximo referente del estilo de los cementerios del siglo 21.

Horas antes de la llegada de un nuevo aniversario del paso del Halcón a la inmortalidad, me impactó ver a Alvaro Escobar anunciando como auspiciador del programa “Más vale tarde” a uno de estos cementerios “de lujo”. Cómo es posible que en Chile hasta la muerte sea un negocio, me pregunté, y evoqué a las captadoras de finados que en el centro de las ciudades te ofrecen tumbas de la misma forma que La Polar o Corona te convidan a endeudarte.

Pero la captación es sólo la punta del iceberg que ha hecho naufragar en el país la nobleza de los ritos funerarios, ceremonias fundacionales de toda cultura. Lo peor es lo que pasa después de haber enterrado a tu muerto. Porque ni en el “descanso eterno” las garras de los sinvergüenzas que se hacen ricos a costa del sufrimiento del pueblo, dejan de acorralar sin escrúpulos.

Es el caso de las miles de familias que reciben cada día llamados telefónicos desde las oficinas de cobranza instaladas por los camposantos-parques, esa irrisoria forma gringa de dar dignidad a la muerte con pasto, remolinos y flores artificiales. O al menos así lo entendió la sociedad chilena del boom económico, que de la noche a la mañana se olvidó de nichos y tumbas de cemento, y las cambió por los colores de una explanada que en su verde infinito parecía acercarte más a dios en la era del mall.

Esa es la paz que mi familia abrazó por años visitando un pedazo de hierba bajo el cual residen los restos de mi padre. Desde 1998, la placa de mármol se ha hundido y reflotado decenas de veces, se ha resquebrajado y llenado de incontables placas compañeras, que no dejan ese espacio de vacío que uno busca inconscientemente para no “pisar” a los difuntos. Se han puesto, grises, una encima de otra. La invasión ha sido tal que en una visita en el día del padre o el día de todos los santos, uno se debe ir cambiando de posición en pleno ave maría mientras llegan y se van familias enteras de los vecinos. Coches con guaguas borran el nombre de Héctor Manuel Sandoval San Martín remarcado con plumón permanente minutos antes; palitos de helado caen desde la mano de un niño, y viejas en silla de ruedas que resultan ser la madre del muerto de al lado se convierten en tus amigas tras media hora de hacinamiento. Es el negocio de la muerte, que tal como achica departamentos para profesionales jóvenes, reduce los metros cuadrados del descanso de trabajadores viejos.

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Pero eso no sería nada sin los llamados telefónicos de los cobradores, que usan las mismas tácticas de un cobrador de retail para amedrentar a los deudos de cuerpos que se atrasan en el pago de la mantención “anual”, consistente en algo así como una UF. Pero eso aún sería nada si no se hiciera de la forma inmoral que cobran a mi madre la mantención de la tumba que compró al contado, amenazándola con sacar el cadáver de su esposo para llevarlo a una fosa común, sin ningún criterio jurídico y con nulo cuidado de la emocionalidad del “cliente”, quien se desespera tratando de conseguir 100 o 200 lucas fijadas arbitrariamente por el agente para no mezclar los huesos de su muerto con miles de cráneos de desconocidos, en un pozo que probablemente ni siquiera existe. La ofensiva mercantil que apunta directamente a la moral del deudor se hace completamente al lote, y con el único objetivo de amarrar una repactación, como si de una lavadora se tratara. De no pagar, jamás entregarán el título de dominio de la tumba, advierten. Y si se vuelve a atrasar en la cuota, dejan un papel sobre la lápida restregando en el mismo muerto la “calilla”. Infelices, que hacen fortuna intimidando bajo la excusa de “si no paga no hay plata para sembrar el pasto, regar el pasto, ni cortar el pasto”.

El cementerio en cuestión es el Parque Jardín Sacramental de San Bernardo, destino mortuorio común de la periferia de la comuna, donde llegan todos los días ataúdes llenos de lágrimas y de la ilusión del consuelo, tras vidas seguramente endeudadas y estafadas mil veces por el mismo espíritu del lucro que no los dejará descansar como lo hicieron sus padres y abuelos, yacientes en abandonadas criptas de provincia, sin el brillo de carteles publicitarios ni “constante renovación de pasto”, pero por lo menos ignorantes de la sed del dinero que amenaza con quitarles lo único que se piensa libre de abuso tras el último suspiro: los huesos, hoy convertidos en carteras de clientes potenciales. Hasta cuándo, Chile, hasta cuándo.




7 comentarios sobre “El lucro de la muerte: el abuso de los cementerios que nadie quiere ver”


  1. Por eso mismo la cremación es la mano. Dejas la urna como recuerdo en tu living, o desparramas las cenizas en algún lugar y así te liberas de esa culpa tan cristiana de tener que andar manteniendo bonita la tumba de tus muertos. Hay que asumir que algunas mierdas en nuestra vida son culpa del modelo económico, pero otras son mucho más difusas y multicausales: la sobrepoblación por ejemplo. Con esta última, ya casi nadie tiene la posibilidad de meter a su familia en tumbas de grandes lápidas como las de antaño. Con cuea hay suelo para los vivos y va a haber pa los muertos.

    Porsiaca a ellos, los muertos, les importa una raja si los echan a una fosa común.

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  2. diego alonso

    Camiroaga?

    Creo que la problemática no debiese apuntar a una denuncia en particular, si bien, es mas que cuestionable la forma de operar de estas empresas, el verdadero culpable de estas situaciones (y otra vez) es la ausencia del Estado en el tema.

    “ES UN TRABAJO COMO CUALQUIER OTRO”, maldita frase empleada para justificar trabajos de mierda en donde la ética no es compatible con la eficiencia laboral. Y otra vez lo mismo, si suceden estas situaciones es porque el Estado no se compromete con nadie mas que los empresarios.

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  3. Por lo menos mi mismo hermano mayor quería ser cremado al morir e hicimos cumplir lo que quiso en vida cuando falleció. Ahorrarse los metros cuadrados en el cementerio gracias al horno es lo mejor.

    Mandar a incinerar a alguien es salado, pero es como pagar de una al contado.

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  4. Lamentablemente mis sobrinas están en ese “Parque” Jardín sacramental de San Beca. donde el mantenimiento de las tumbas es horribles, donde el camión que arregla o corta el pasto pasa de manera indiscriminada sobre las placas, en consecuencia se rompen los floreros, rompen y mueven las placas de su lugar. Al alegar a la administración no te la acepta el reclamo porque lo tiene que hacer el dueño del lugar(lamentablemente el dueño esta enfermo y con demencia senil). Por favorr, pero para pagar la mantención o las cuotas lo puede ser cualquiera

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  5. Janis Janis

    La última vez no encontraba el camino para llegar a la tumba de mi abueli, cuando de pronto veo una franja de pasto más oscuro que el resto: claro, se necesitaron más metritos para rellenar con más muertitos.
    Así que vamos caminando sobre doña juana y otros cuántos, nomas, que las lucas lo ameritan.

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