El mito de la dama y el obrero

por Fran Valenzuela

Sobre Fran Valenzuela

Por Fran Valenzuela

 

En la comuna de La Florida -sí, esa que tiene shopping y avenida- se concentra esta historia: Era mitad de la década de los 90 y en el paradero 17 se había inaugurado un condominio que prometía la llegada de nuevas familias. Los/as recién llegados se instalaban mientras hacían evidentes arreglos en sus casas, por las montañas de ripio en la vereda.

La Pepa tenía una familia tradicional, algo enchapada a la antigua: su mamá no trabajaba, su papá proveía -por su pega pasaba muy poco tiempo en la casa-, tenía una hermana dos años mayor y sabían que dentro de poco llegaría un/a tercero/a. No se cuestionaban muchas cosas, eran felices, sobre todo cuando la Pepa podía salir a jugar con los nuevos vecinos/as y su mamá les preparaba leche con chocolate y pan con queso derretido a la hora de la once.

La vecina del frente tenía una nana que se llamaba Kekita, y su hijo Carlitos iba con ella a veces, así que se sumaba al grupo para jugar al menos una vez a la semana. Cuando se es chico/a, las brechas sociales poco se notan, sobre todo en una década donde aún se jugaban cosas en las que lo material era poco importante. Se iban las horas corriendo al ritmo del paco-ladrón, la pinta y la escondida (tradicional o sardina). La plata no importaba, los chicos creaban un mundo para pasarlo bien y así lo hacían.

La Pepa y el Carlitos se hicieron amigos y se querían mucho. Una vez él le declaró su amor y con tan sólo 7 años se dieron un piquito. Siempre se juntaban y a la Pepa le encantaba como hablaba su amigo: ella encontraba genial que pronunciara distinto la “sh”, algo arrastrada. El Carlitos decía “shansho” y la Pepa pronunciaba una “ch” corta y definida. Esa simple característica hizo que la niña comenzara a imitar a su amigo y creer que esa nueva forma de hablar era bacán.

Cuando la mamá de la Pepa la escuchó hablar, comenzó a decirle que “así no se habla”, “que eso era de rotos” y ante tanta reprimenda, la niña abandonó el hábito. Ella era muy chica para comprender ciertas diferencias de clase que en esta sociedad tanto peso y daño hacen. Lo cierto es que el Carlitos y la Pepa se sentían como iguales: niños que jugaban y lo pasaban bien.

Por temas de trabajo de su papá, la niña se fue al sur por siete años junto a su familia. Volvió a la capital a los 16 y tenía muchas ganas de reunirse con amigos/as que no veía hace mucho tiempo. El retorno a la casa fue emocionante, especialmente cuando se enteró que la Kekita seguía trabajando donde la vecina. Esperó algunas veces ver al Carlitos, pensando que seguía amigo de los vecinos, pero se enteró que hace muchos años no visitaba el sector.

La Pepa, al volver a La Florida, aprendió cosas que cuando chica no sabía: en la comuna había bastante desigualdad en lo que respecta al poder adquisitivo. Estaba el sector que era bien clase media y otro que era muy pobre. Algunas personas floridanas usaban como parámetro el “vivir hacia la cordillera o hacia la costa”: si eras de la costa, lo más probable es que fueras flaite. La línea divisora se encuentra, específicamente, en la calle Vicuña Mackenna: una especie de límite de discriminación que te ubica en la supuesta decencia de ser clase media emergente o ser un pobre que deberá asumir su periferia.

La Flower
Down Town of The Flower

La Pepa ya entendía diferencias de clase a esa edad, pero su impacto fue vivir el reflejo de dicha situación en una comuna donde pasó su infancia. Así, en la comodidad de ciertos privilegios a los que pudo acceder (aún siendo de una comuna que no se caracteriza por ser rica), terminó sus estudios en un colegio considerado “bueno” (es decir, pagado), preparó su PSU en un preuniversitario caro y entró a una universidad del Estado.

Un día, luego de llegar de la U, se tiró en su cama a intentar descansar un rato y sonó el timbre. Se levantó, abrió y vio a un flaite que, acomodándose un gorro Nike, le dijo “Hola Pepa, no hay nadie al frente ¿Sabes si la Kekita ya se fue?” ¡Era el Carlitos! La Pepa se puso contenta y después de ayudarlo le pasó sus datos para que siguieran chateando.

Ella se quedó pensando en él (lo encontró mino) y decidió escribirle. El Carlitos tenía una ortografía pésima, no había terminado el colegio, tenía un hijo y trabajaba descargando cajas y acomodando cosas en un negocio. La Pepa se juraba progre y social, así que no importándole en lo absoluto la plata, le pidió que salieran. Se juntaron en el único lugar que la gente de La Florida se junta cuando no quiere hacer un viaje infinito en metro: el shopping del 14.

Ella estaba sentada en una banca cuando lo vio venir: Tenía esa caminata particular de periferia, usaba ropa de marcas deportivas, zapatillas algo brillantes, gorro y cejas notoriamente depiladas. A la Pepa no le gustaba el estilo, pero sus recuerdos del Carlitos eran geniales y, en un intento de revivir cariño e infancia, se alegró cuando llegó.

El Carlitos usaba todas esas palabras y entonación que a la Pepa le habían enseñado que eran “de poca educación”, “de flaite”, “de pobre”. Sus preocupaciones eran la plata, la pichanga que salía cada semana, su hijo y tener una moto. Ella, por su parte, le comentaba de algunos viajes que había hecho por Perú y Bolivia en el verano y que estaba chata de la U (ahí el Carlitos pensó que estaba cansada del equipo de fútbol y ella le especificó que cuando decía “la U” se refería a su universidad).

Luego de la segunda vez que salieron, la Pepa se fue caminando hacia su casa reflexionando sobre lo diferentes que eran, sobre lo imposible que le resultaba pensar al Carlitos como pareja. Viviendo en la misma comuna, compartiendo incluso ciertos espacios (el mall), la plata le había dado a ella algo que a su amigo se le había sido negado: una oportunidad. La Pepa pudo pagar por educación, por una casa que no estuviera en un barrio vulnerable, un buen preuniversitario y una universidad. El Carlitos no había terminado ni el colegio, porque la plata le empezó a hacer mucha falta teniendo sólo 15 años.

Lo más crudo de su reflexión no fue darse cuenta de la desigualdad en sí (eso era claro), sino de cómo ella fue educada para rechazarlo, para menospreciar su condición de joven padre sin educación que ganaba el mínimo. El Carlitos ya no era su par de infancia, era un flaite que no compartía su lenguaje, sus intereses, sus gustos ni sus expectativas futuras. La Pepa pensaba seguir estudiando y postular a becas en el extranjero. ¿Y el Carlitos qué?

Muchas personas afirman que el amor puede ser inesperado o estar en cualquier parte, pero la Pepa aprendió que la clase social cruza este tipo de relaciones y que por algo los pobres se casan generalmente con las pobres y los cuicos con las cuicas. La clase te da acceso a espacios similares, a gustos, incluso a tus visiones sobre el futuro. La lección más dura fue darse cuenta del rechazo que le dijeron debía tener con “la mala clase”, de la marginación social casi naturalizada, de hacer prevalecer esas diferencias al punto que resulta inconcebible pensar en amor con la pobreza, de no sentirse un par, sólo porque ella tuvo más y él tuvo menos.

La Pepa hizo muchos trabajos y actividades sociales con gente de escasos recursos (como hacen los/as universitarios/as de izquierda), pero el dolor de sentir la diferencia con otra persona que en una sociedad ideal debiese ser un par, es una emoción que la acompaña cada día. Finalmente, en un mundo neoliberal, los/as únicos que pueden sonreír con inocencia -sin haber quizás aún interiorizado esta discriminación- son los/as niños/as.




3 comentarios sobre “El mito de la dama y el obrero”


  1. Luis Hernández

    Estoy de acuerdo con la crónica, me hace pensar en cómo crecí: con los caminos no pavimentados y con la migración campo-ciudad a flor de piel. Porque ¡ojo! que La Florida no sólo tiene la calle “Vicuña Mackenna” como segregación, sino que viene una segunda calle que es “Santa Raquel” esa parte de La Florida que está al lado de La Pintana y La Granja, donde dirían muchos “pica la jaiba pue’ oiga”. Hoy estudio en FEN y me doy cuenta de lo segregador del modelo, no sólo en el acceso a la universidad sino que además, la frase cliché “donde todas las verdades se tocan” se convierte en una tolerancia miope, que siempre incluye un grado de hiprocresia en la “no mezcla”. Osea, se genera un discurso que tiene su tope cuando hay que comprometerse, porque respetar a todos en la facultad es fácil, la problemática está cuando hay que involucrarse con otras realidades con tu voluntad y fuerzas.

    PD: Creo que hay que erradicar “la resignación” de nuestras prácticas, pues sólo representa la rebeldía domesticada.

    Abrazos!

    Homenaje o Repudio: Thumb up 0 Thumb down 0

Deja un comentario